Sencillamente me convencí de que por algún misterioso motivo yo era invulnerable y no me engancharía. Pero la adicción no negocia y poco a poco se fue extendiendo dentro de mí como la niebla.
Eric Clapton
En el asunto de las adicciones, una cosa es cierta: aquel que se rehabilita ni es un redentor ni es moralmente superior a los que no lo han logrado. Y no es que el autor de este texto así lo refleje, sólo que me parece un buen momento para expresarlo.
Dejar atrás el mundo de las adicciones no es para nada sencillo, si es que eso se pueda dejar atrás así, literalmente y tan fácil. Y con esperanza pienso que a través del arte es posible encontrar una puerta de salida, o al menos un camino. Quiero creer que el arte es una tabla de salvación para la humanidad en la lucha contra sus males, y la escritura, particularmente, creo que puede servir de estrategia terapéutica para afrontar los vaivenes de algunas de las problemáticas que, como las adicciones, atormentan al espíritu del ser humano.

No conozco la experiencia individual del autor, y por ello no puedo opinar específicamente de su problemática, pero pienso que su manera de exorcizar sus demonios a través del testimonio escrito es una estrategia que igualmente podrían considerar muchos de los que no han encontrado una manera de hacerlo. Y más allá del beneficio propio, y entendiendo que cada experiencia es individual, los episodios puntuales de un proceso de alguien que luego son divulgados a través de la palabra escrita, pueden iluminar segmentos del camino de cualquiera que esté en una situación semejante. De ahí que la escritura no solo beneficia al escribiente, sino también y por extensión, a sus lectores.
Como profesional que trabaja con adicciones, muchas cosas del libro me gustaron pero hay otras con las que discrepo, como por ejemplo con un pasaje en el que el autor expresa que «es muy difícil entender a un adicto si ese problema no se vive en carne propia». No estoy de acuerdo porque esta afirmación va en línea con la de decir, por ejemplo, que sólo las mujeres podrían ser ginecólogas, y no los hombres, pues éstos al no tener mamas, útero, vagina ni vaivenes de estrógenos o progestágenos, no podrían entender lo que las mujeres sienten. Si bien hasta cierto punto es entendible y hasta puede parecer lógico, es reducir el conocimiento o la capacidad de ayudar y de ser empático, a un mero asunto de experiencia personal. La posibilidad de comprender algo no se da sólo porque se ha vivenciado directamente. Y entiendo lo que quiere decir el autor, pero esto es una falacia. Ver la situación desde la ciencia y la academia, con un genuino interés en aprender y en ayudar, da una visión muy amplia y global, y suficiente.
Es preciso tener en cuenta que lo que cada persona vive es una experiencia individual que no se puede generalizar, y por ello, el solo hecho de haberlo vivido no me hace dueño de la verdad. Sólo me da un punto de vista, que finalmente está sesgado por mi propia vivencia. Es sabido incluso, y el mismo autor en el desarrollo del capítulo lo reconoce, que las intervenciones que pueden ayudar a un adicto en particular no son efectivas en todos los casos. Así como la experiencia de cada persona es individual, también lo es la respuesta a los tratamientos. Lo que a una persona le funciona, puede que no le sirva a otra. Lo importante es reconocer la problemática y entender que se necesita ayuda para poder salir de allí, si eso es lo que se quiere. Y esto es sólo un punto de partida de un proceso que es complejo, lleno de aciertos y de fracasos, de abstinencia y recaída, de expectativas y decepciones, pero mantenerse es lo que salva al individuo porque si persiste en la convicción de salir adelante, llegará el momento en que encuentre la estrategia que mejor se le acomode, como le pasó al autor.

Lo otro, aunque suene crudo pero no deja de ser una realidad, es que no tener el antecedente de consumo da objetividad en el abordaje, y así mismo se está exento del riesgo de recaer. Es triste decirlo, pero así es: la posibilidad de recaída condiciona la firmeza del soporte que puedan dar los ex consumidores. ¿Qué pasará con sus apadrinados si su padrino recae? La idea obviamente es que esto no pase, pero puede pasar. Y lo dicho no corresponde a un juicio de valor, y no pretende demeritar las capacidades del ex consumidor de ser un buen soporte. Sólo que no son dueños de la verdad ni tienen un conocimiento ilimitado solo por su vivencia. Son la academia y la experiencia las bases que cimientan y le dan firmeza al propósito de ayudar a los adictos y a sus familias, aún para los ex consumidores.
Del texto me parecen fuertes los conceptos de los «pensamientos vacuna», que puede referirse a la resignificación de las experiencias. Cambiar los pensamientos negativos por unos positivos. «Quitar ideas enquistadas», como el autor lo expresa. Así mismo, la correlación que hace con el cerebro, que va en línea con la teoría de la adicción como enfermedad cerebral. Que «El universo envía mensajes que hay que saber captar», que «somos hechos para la inteligencia», la importancia de «trascender a través de las ideas» y que «no necesitamos atajos a través de las sustancias», son algunas de las ideas que expresa el autor en este sentido. Esas afirmaciones rompen con algunas de las tendencias que se han ido esparciendo en el mundo, sobre todo a través de las redes sociales, justificando y hasta aprobando el uso de algunas sustancias que en realidad no tienen ningún fin terapéutico, sino mas bien un propósito recreativo enmascarado. Hay mensajes que divulgan ciertas organizaciones y colectivos que, pienso yo, bordean también la irresponsabilidad (como por ejemplo el del «consumo adulto», que no es otra cosa sino un mero eufemismo).

Me llama también la atención la idea de que hay una frontera entre el consumo por diversión o por adicción, y que cuando se pierde el sentido de lo lúdico, la persona ya no puede controlar lo relacionado con el consumo. El problema es que esta frontera es por lo general engañosa y difícil de identificar, y es más, tiende a mimetizarse con la idea ficticia de la persona de tener siempre el control de su propio consumo. Lo triste de esto, es que cuando la persona se percata del problema es porque ya está muy metido en él, como pasa con las personas en el mar que se confían en exceso de sus capacidades, hasta que se dan cuenta que están rodeados de agua y no pueden ver la playa.
Otra idea importante es aquella de que el consumo puede ser un mecanismo de defensa para huir de situaciones emocionales, problemáticas o conflictivas que generan intolerancia o sufrimiento, y la persona no es capaz de enfrentarlas y resolverlas. Y he aquí un reto para las personas que trabajamos con adicciones: ¿cómo puede ayudar uno a los adictos y a sus familias? Una posibilidad es explorar bien el problema del consumo. Cuál es su origen en particular en una persona. Identificarlo y así manejarlo, lo cual va más allá de simplemente con medicamentos buscar la solución mágica, y confieso que en medicina a veces caemos en ello, aunque también los pacientes y sus familias desearían que la cosa se resolviera fácil y sin tanto esfuerzo. Es “el milagrito” que menciona el autor. Tanto pacientes como personal de salud quieren resolver fácil del problema sin mirar bien qué es lo que se los está generando. Personalmente me parece difícil eso. Es uno de los retos más fuertes de este tipo de atención en salud: ¿Cómo identifica uno bien los problemas del consumidor? Es la respuesta a esta pregunta la que da las luces en el camino a seguir.
Culmino mi reseña con una de las citas del autor: «Cuando no nos queremos es muy complejo que las cosas fluyan. Es como si pusiéramos un candando a nuestro corazón para que nadie ni nada positivo entre y nos enfrascamos en nuestra tragedia, porque es tan poco lo que queremos nuestra vida que es mejor huir de la realidad a través de los vicios».

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One reply on “Vicio: Todos somos proclives a ser adictos, de Carlos Sánchez Ortiz (reseña)”
Gracias mi doc por acompañarme en este camino de la adición que no a sido fácil.
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