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Toxicología

Carlos, el portero

De como a veces las banalidades trascienden y se pueden tomarse nuestro destino.

Cuando tenía trece o catorce años de edad, vivía con los amigos del barrio la fiebre del fútbol y, por supuesto, acompañaba con mi aliento al equipo local, el más ganador de la época.

Carlos, no recuerdo su apellido y tampoco viene al caso, era el portero de la urbanización en donde yo vivía, y como todo portero de unidad residencial (o conjunto, como dicen en otras partes de Colombia), era bien conocido por todos y con todos se relacionaba.

Pues un día, en medio de conversaciones de fútbol con mis amigos, le pregunté al portero: “Carlos, ¿y tú de cuál equipo eres hincha?” Y él, con mucha serenidad y tal vez con mucha sabiduría me contestó: “del primer equipo que me lleve el mercado a la casa”. No recuerdo mi sensación o reacción en ese preciso momento, pero lo que sí sé es que esa respuesta que me quedó fija hasta el presente. Y también sé que más tarde, ese mismo día, le conté a mi hermano mayor acerca de mi conversación con Carlos, y creo que algo me dijo acerca de lo razonable que fue. A decir verdad, tengo en mi memoria más lo que me dijo Carlos y el sentimiento que me quedó, que lo que me explicó mi hermano acerca de ello.

No sé si alguna vez volví a hablar de ese tema con Carlos, probablemente no, considerando la volatilidad de los pensamientos de un preadolescente. Luego pasó el tiempo, yo crecí y mi mente fue cambiando, y Carlos finalmente se fue de la unidad y no volví a saber nada más de él.

Ahora pienso en esa historia porque me recuerda que las banalidades de la vida a veces se apoderan de nuestro pensamiento, ocupan nuestro tiempo, gastan nuestras energías o incluso generan conflictos. Todo ello a pesar de que sabemos que son sólo eso, banalidades. Y es que ciertas conductas y costumbres nos sobrepasan, no podemos dejar de hacerlas a pesar de que en el fondo nosotros mismos sabemos que no valen la pena, pero ahí estamos, fieles a esos comportamientos que incluso pueden llegar a ser autodestructivos. La pregunta es, ¿cuál es la motivación para persistir en algo que sabemos que sería mejor no hacer? Difícil saberlo.

La realidad es que para muchos resulta difícil dejar de hacer algunas cosas a pesar de las problemáticas potenciales o reales que esto les genere, lo cual no es fácil de explicar, pero ciertamente los humanos somos seres de hábitos, de rutinas o incluso de compulsiones, lo que hasta cierto punto da un entendimiento del asunto. En el caso de las actividades que nos generan un placer, pero que acarrean riesgos o daños, siempre está la creencia de que en algún momento se pueden controlar para que no lleguen hasta ese desenlace indeseado. Se hacen todo tipo de esfuerzos para moderar o incluso para contenerse, pero el resultado siempre es el mismo. Y si en algún momento algo funciona, se cree que aplicando esa estrategia se podrá hacer eso que tanto gusta sin que haga daño. Pero luego viene el fracaso, otra vez.

Ahora, aprovechando la historia de Carlos, hago la analogía con el fútbol, que pareciera ser algo trivial, y de hecho puede llegar a serlo en una historia tan inocente como la que conté al principio. Pero no olvidemos que existen personas que ponen toda su pasión en un equipo, que gastan su tiempo, energía, atención e incluso dinero en este deporte y todo lo que le rodea, y hasta pueden llegar a pelearse con desconocidos por ello o, incluso, entrar en discusiones con amigos y familiares. Y algo similar pasa con otras actividades humanas que generan radicalismos como la política o la religión. ¿Vale la pena todo esto? Viéndolo así, probablemente no. Pero no llegamos hasta aquí para hablar de fútbol, ni tampoco de política o de religión.

Las sustancias, las apuestas y otros comportamientos, como banalidades destructivas

El consumo de sustancias, e incluso otras conductas como por ejemplo el juego o las apuestas (agrupadas en el concepto de ludopatía), son condiciones que cumplen con esa característica de ser comportamientos autodestructivos, pero que por su naturaleza a las personas les cuesta abandonar, incluso aún conociendo sus riesgos o habiendo experimentado ya sus consecuencias negativas a nivel personal, familiar, parental, de pareja o en cualquiera de las dimensiones de la vida humana.

Para el observador externo es fácil llegar a la conclusión de que al ser algo tan negativo, simplemente hay que dejar de hacerlo. Es muy lógico, y hasta cierto punto ese observador tiene razón. Pero la realidad es que es muy fácil visualizar el punto final ignorando el recorrido que hay que hacer para alcanzarlo, lo cual es lo más complejo del proceso.

Un consumidor o un ludópata no llegan a serlo sólo por inercia o por capricho. Si bien las sustancias y ciertas conductas generan recompensas, es decir, sensaciones placenteras difíciles de comparar con otras actividades recreativas, hay en la historia de cada persona factores que favorecen el desarrollo de los impulsos de consumo o de juego compulsivo, incontrolable y reiterativo. Retomar esa historia para tener un punto de partida que dé inicio al camino que lleve a corregir comportamientos actuales, no es tan sencillo como parece. A veces son problemáticas enquistadas en la profundidad de un individuo, y esas mismas han ido estructurando su personalidad a lo largo de su vida. Y mientras más tiempo pase, más complicado es recomponerla.

Tampoco se trata entonces de que ante la dificultad es mejor dejar el asunto así y simplemente entender, aceptar y por ende renunciar a los esfuerzos para ayudar a una persona, porque de pronto ya no vale la pena. Claro que no. Pero sí hay que reenfocar el asunto y visualizar todo el contexto para armar un plan que logre abarcar todas las aristas del problema, y ello sería una estrategia mucho más apropiada. Pero viene el punto que define el éxito final del proceso y es, en contraposición, lo que está al inicio: la voluntariedad de la persona de hacer algo por su problema.

Los propósitos como punto clave para no perder el control de nuestro destino

Carlos, el portero, de acuerdo con su promesa, será hincha del equipo que le empiece a llevar el mercado a la casa. Eso justificará la banalidad del fútbol en su vida. Igual, en el fondo, Carlos sabe que eso no va a pasar, pero eso no lo trasnocha. Sólo es una respuesta que indica que para él hay algo más importante para su vida y es el poder alimentar mes tras mes a su familia, que a juzgar por sus palabras, son su prioridad. Y ya que ningún equipo de fútbol le llevará el mercado a la casa, en su lugar debe trabajar para lograr ese propósito y en favor de ello sus beneficios no solo serán el mercado, sino también el poder satisfacer otras necesidades de su familia, y por qué no, algunos momentos de diversión con sus hijos.

Son entonces los propósitos los que justifican un esfuerzo que en otras circunstancias tal vez, como Bartleby, “preferiría(mos) no hacerlo”. Pero la idea es que esos propósitos sean algo más grande, más productivo y más satisfactorio que el consumo mismo. Que no signifiquen un esfuerzo indeseable, lo cual, por supuesto, es más fácil decirlo que hacerlo, pero vale la pena. Lograrlo implica un trabajo constante e intenso que se impulsa a sí mismo por los resultados que se van obteniendo. Son los pequeños avances lo que va justificando la tarea de ir fomentándolos día a día. La verdad es que no hay ningún proceso de rehabilitación que sea exitoso si no conlleva a que la persona utilice su tiempo en lograr metas que lo satisfagan y que lo metan de nuevo en una dinámica personal y socio familiar productiva.

Trabajar por los propósitos

Cuando se habla de estos propósitos y sus logros, no necesariamente es referirse a las cosas grandes o metas admirables que de pronto se nos presentan en redes sociales o en los manuales de autoayuda. Las grandes metas no son fáciles de alcanzar, y así debe ser. Pero si un día se alcanza algo grandioso, pues qué bueno. Y si no se da, tampoco debe ser una fuente de frustración existencial . Más bien esto debe ser un motivo para seguir avanzando.

Lo cierto es que, en el fondo, los propósitos y logros son algo más terrenal, más cercano a la realidad, pequeños pero constantes, que se alcanzan paso a paso, como ladrillos que sumados van conformando una pared, que luego hará parte de una casa. La idea es que esos avances conformen una vida que muestre la integralidad de los propósitos, pues los logros a los cuales nos referimos son amplios y abarcan diversos aspectos de la vida de una persona. Se pueden poner ladrillos que evidencien progresos en la salud física, espiritual, académica, laboral, económica, familiar, parental y de pareja, entre otros. Es importante entender que ese tiempo, esa energía, ese dinero y ese impulso que se dilapidaban en los consumos, se inviertan ahora en el crecimiento personal en todos esos aspectos mencionados. Y, como se dijo previamente, la satisfacción de sentir el progreso impulsa el esfuerzo requerido para llegar más adelante.

En conclusión, es bueno entender que las banalidades son precisamente eso, banalidades. Pueden llegar a ser simples divertimentos que no superan esa condición y como tales llegan solo a distraer y a ser el ocio que drena el estrés de la rutina. Nunca se convierten en lo prioritario ni en lo que comanda la vida de una persona, ni tampoco son fuente de problemas que incluso llegarían a ser peores que los del día a día. Claro que la posibilidad de que una banalidad conserve esas características, dependerá de la naturaleza de la misma y también está la estructura del individuo que permite que una banalidad se vuelva algo destructivo.

¿Y qué habrá sido entonces de Carlos? Como ya lo dije previamente, no lo sé. Seguramente siguió adelante afrontando sus propias problemáticas. Ya sabemos que la vida tiene vaivenes para todos, pero nada nos impide imaginar para él lo mejor, y dar por hecho que algún equipo de fútbol escuchó su llamado silencioso y que haya empezado a enviarle el mercado a su casa. Así, con absoluta certeza, habrán sumado un fiel seguidor más a su hinchada.

Declaración de uso de IA: sólo para las imágenes usé herramientas de IA, todo el texto es creación original .

© Todos los textos de http://www.venenodelbueno.net son de la autoría de José Julián Aristizábal Hernández 

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Arte Toxicología

Tres obras sobre la absenta

La pintura y la toxicología juntas, en una mezcla de arte y academia, esta vez para aprender un poco sobre los efectos de la absenta y de la inspiración que generó en artistas de los siglos XIX y XX.

El ajenjo (L’Absinthe) o «La bebedora de absenta», por Edgar Degas (1876).

La absenta (también conocida como ajenjo), es una bebida alcohólica que se prepara con varias hierbas, entre ellas y como componente principal, está la Artemisia absinthium (ajenjo mayor), una planta medicinal nativa de regiones templadas de Europa, Asia y del norte de África. El nombre absinthium proviene del latín (y a su vez del griego apsinthion), y se traduce como «no bebible», debido a su gusto amargo. La mezcla contiene además hinojo y anís, que junto con el ajenjo conforman la composición principal de la bebida y juntas se conocen como «la santa trinidad». No obstante, según la receta con la cual se elabore, puede incluir también menores cantidades de otras plantas aromáticas, lo cual le da la identidad particular a las diferentes preparaciones.

La bebedora de absenta, de Edgar Degas

El pintor impresionista Edgar Degas retrata a la actriz Ellen Andrée y al también pintor Marcellin Desboutins modelando como comensales del Café de la Nouvelle Athenes en Paris, él bajo los efectos de vino y ella, de la absenta. En la obra (que es la presentada al inicio de este artículo), llama la atención la dama que se percibe obnubilada por la embriaguez inducida por la absenta, que fue una bebida espirituosa muy de moda en Europa a finales del siglo XIX, y que se conocía también (y aun hoy en día), como «el hada verde», debido a su color y a los efectos alucinógenos que podía inducir. Estos efectos y también los problemas sociales que generaba su consumo, llevó a que luego en muchos países de Europa fuera prohibida.

Para la década de 1860, la absenta se había vuelto tan popular en Francia que cafés y cabarets anunciaban a las 5 p.m. l’heure verte o la hora verde, que se convirtió con el tiempo en un evento atractivo sobre todo para escritores y pintores, y por ello la bebida se asoció a la bohemia y a la inspiración artística, e incluso llegó a ser considerada la bebida nacional de este país. Dos de los atractivos adicionales que tenía este trago, solían ser las etiquetas con las cuales se promocionaba, a menudo exquisitamente elaboradas, y las exóticas cucharillas con las cuales se servía.

El efecto alucinógeno de la absenta se deriva de un principio activo que se conoce como tujona (o tuyona), el cual proviene del ajenjo. Como estrategia de control, en los países en los que la bebida aún es permitida, la cantidad de tujona en miligramos es regulada según el porcentaje de alcohol de la bebida (usualmente entre 45% y 74%). Sin embargo, el ajenjo no es que sea tampoco un componente absolutamente prohibido, puesto que corresponde también a un ingrediente que se usa comúnmente para saborizar bebidas alcohólicas, como por ejemplo el vermut, inventado en Italia a finales del siglo XVII, y que recibe su nombre de la palabra Wermut, que en alemán significa ajenjo.

En cuanto a la manera de consumo, la absenta se debe servir en una copa a la que se le pone en los bordes una bonita cucharilla agujereada (mencionada previamente), y encima de ella, un cubo de azúcar sobre el cual se deja caer un chorro de agua fría en una cantidad que suele ser entre un tercio y un quinto del total del líquido en la copa. Al líquido resultante, que tiene un tono verde blancuzco, se le llama louché. Este estilo de preparación completa el ritual de consumo de la bebida, que se complementa con la elegancia de las botellas y de las cucharillas, y del entorno bohemio en el cual se suele beber.

La obra La bebedora de absenta de Edgar Degas se encuentra exhibida en el Musée d’Orsay de París (https://g.co/arts/KByCJ9GYQE8wrLLL6).

El bebedor de absenta, de Édouard Manet

El bebedor de absenta, de Édouard Manet (1859)

El bebedor de absenta es una obra del pintor francés Édouard Manet y corresponde a un óleo sobre lienzo creado entre los años 1858 y 1859. Su autor la postuló para ser exhibida en el Salón de pintura y escultura de París de 1859, pero fue rechazada al parecer por su temática, pues representaba a un personaje elegante, con traje y sombrero de copa, y lo resaltaba como si se tratara de una figura importante para la sociedad, cuando en realidad se trataba de un borracho tomador de absenta, que a su vez aparecía representada en forma de una copa a la izquierda del sujeto y una botella vacía tirada en el suelo. Esta pintura en la actualidad se expone en la Gliptoteca Ny Carlsberg de Copenhague, Dinamarca (https://glyptoteket.com/about).

Como se dijo previamente, la absenta era una bebida muy de moda en la Europa de los siglos XIX y principios del XX, y estaba muy relacionada con el ambiente artístico. De hecho, numerosos artistas fueron reconocidos usuarios de esta bebida, entre ellos figuran Vincent Van Gogh, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Paul Gauguin, Henri de Toulouse-Lautrec, Oscar Wilde y Alesteir Crowley. Pero como a esta bebida se le atribuían conductas antisociales, los gobiernos impulsaron la prohibición en Estados Unidos y gran parte de Europa, exceptuando Inglaterra. Un hecho representativo de los problemas atribuidos a la bebida, fueron los homicidios cometidos en 1905 por el suizo Jean Lanfray, quien mató a su esposa y a sus dos hijas al parecer bajo el efecto de este trago. No obstante, luego se reconoció que Lanfray estaba bajo el efecto de diversas bebidas, pero como para la época existía mucho temor alrededor del consumo específico de la absenta, esta fue la razón que finalmente generó la prohibición.

Por otra parte, otras fuentes consideran que la prohibición de la absenta estuvo en realidad presionada por empresarios del vino y del coñac, quienes vieron una especie de competencia desleal puesto que los costos de la absenta eran inferiores, y esto les afectaba las ventas sobre todo en épocas en que las cosechas de uva se afectaban por plagas. Así mismo, algunas investigaciones, poco estructuradas en realidad, le atribuían toxicidades letales a los aceites de ajenjo, pero estas mismas estaban en realidad más orientadas a mantener y garantizar el orden social, al inducir un pánico desmedido sobre la bebida.

En la actualidad, la absenta retomó la legalidad desde principios del siglo XXI en varios países de Europa. Sin embargo, su comercialización se restringe de acuerdo a las concentraciones de etanol y de tujona, como también se mencionó previamente. No es extraño toparse en algunos países de Europa bares en los que se ofrezca esta bebida en la carta de licores, o incluso se pueden bares algunos especializados en el ritual de consumo de esta bebida, aunque ya no en el mismo contexto bohemio y artístico del pasado.

La bebedora de absenta, de Pablo Picasso

La bebedora de absenta, de Pablo Picasso (1901)

La bebedora de absenta, de Pablo Picasso, es una obra que actualmente se encuentra en el museo Hermitage, en San Petersburgo, Rusia (https://www.hermitagemuseum.org/?lng=en). A un estilo muy de Gaugin, Picasso crea esta obra como una de sus primeras pinturas antes de desarrollar su estilo en el cubismo. En ella se observa a una mujer pensativa de figura alargada, quien en su soledad y al parecer abrazándose a sí misma, toma una copa de absenta de tantas que podrían caber en la botella azul que la acompaña.

Se dice que Picasso frecuentaba bares parisinos en donde se sirviera esta bebida, quizá en busca de inspiración, y no es descabellado pensar en que alguna vez se tomó algunas copas. Para la época, era común encontrar solitarios bebedores de absenta en los bares, seguramente ensimismados e inmersos en los pensamientos que les generaba esta bebida mágica.

La tujona, es el principal principio activo de la absenta, así como del aceite de ajenjo (wormwood oil), y a lo largo de la historia se le han atribuido propiedades medicinales como analgésica o antihelmíntica (para el control de parásitos intestinales), o incluso, como insecticida. Al comportarse como compuesto tóxico, puede bloquear algunas funciones inhibitorias del cerebro y desde este punto de vista, tiende a favorecer el desarrollo de convulsiones.

La absenta como trago además de su principio activo tujona, contiene también una concentración alta de etanol (entre un 70 y 80%), que comparativamente con otros licores, es una cantidad alta (como referencia podemos tener que el aguardiente tiene 29% de etanol). Esta mezcla de los efectos estimulantes de la tujona con los depresores del licor, induce las respuestas comportamentales vistas en los bebedores del “hada verde”.

Hoy en día la regulación de la absenta en cuanto a la concentración de tujona, permite que en consumos moderados los efectos psicoactivos o la toxicidad aguda sean más improbables, sin embargo, el consumo de grandes cantidades sí puede inducir los cuadros que históricamente se conocían como “abstintismo”, con alteraciones del estado de conciencia, alucinaciones y, además, temblores, espasmos y convulsiones, a lo que tanto se le temía en el pasado y que llevó a la época de su prohibición.

La absenta es, entonces, una bebida que a pesar de ser una sustancia joven en comparación con otras bebidas que han acompañado a la humanidad, tiene una significancia histórica y artística que resulta bastante interesante. Más allá de las problemáticas por su consumo y por su toxicidad, es bonito saber todo lo que ha acontecido a su alrededor y también los regalos que le ha dejado a la humanidad a través del arte. Este escrito, por ejemplo, es una muestra de ello.

“Después del primer vaso, uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que te puede ocurrir” Oscar Wilde

© Todos los textos de http://www.venenodelbueno.net son de la autoría de José Julián Aristizábal Hernández 

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El consuelo de los tontos

La parábola de los ciegos, de Pieter Brueghel el Viejo (1568)

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, refrán popular. 

Si a uno le preguntaran ¿a quién admiras?, no sería raro pensar al instante en alguien famoso, a quien de pronto por sus cualidades físicas, artísticas, empresariales, intelectuales o deportivas, por mencionar algunas, cualquiera desearía parecerse pues quizá se añore tener algo similar que brinde poder, belleza o reconocimiento. Nadie niega que tal vez la vida así sería mucho más fácil y entretenida, libre de esfuerzos y de sacrificios, con las necesidades ya resueltas, sin tantos problemas ni afanes. 

Si luego sugiera la pregunta ¿a quién sigues?, se podría indagar primero en qué sentido se hace la pregunta, si en sentido religioso, político, deportivo o si se indaga por quién se sigue en redes sociales, como Instagram, Tik Tok o X, entre otras. Tal vez uno siga personas, organizaciones, comunidades o entidades, ya sea por algún interés particular o solo lo hace por curiosidad. 

Pero surge luego una pregunta un poco más íntima y específica, y es ¿con qué te conformas? Este planteamiento es, a su vez, mucho más desafiante, porque de entrada la palabra “conformarse” dicta una especie de sentencia definitiva pues sugiere que no hay nada más allá, y que ese conformismo se puede dar por desinterés o porque en realidad no es posible alcanzar algo más. No obstante, conformarse no es equivalente a estar tranquilo y en paz con lo que se tiene. Puede ser un reflejo de la mediocridad o un enmascaramiento de la incapacidad o desmotivación por luchar por algo mejor. 

Proverbios Flamencos, de Pieter Brueghel el Viejo (1551-9)

Las drogas y el conformismo 

En materia de adicciones, no es complicado notar como a nivel mundial el panorama va siendo peor en la medida en que pasa el tiempo. Comparando con épocas pasadas, los jóvenes de ahora tienen un mayor conocimiento acerca de las drogas, pero no en sentido académico, sino más bien en cuanto a su diversidad, efectos y formas de uso, y también tienen un mejor acceso a las mismas, en términos de disponibilidad y costo. La globalización, en este sentido, juega en contra de la inocencia de la niñez y de la juventud, y ello complica aún más el desafío que genera el impacto social por el consumo de sustancias. 

Lo más triste de todo esto, es que debido a la expansión del conocimiento y de la disponibilidad de las drogas, ciertas conductas y tendencias se van normalizando y así, se transforman en costumbres implícitamente aceptadas en la comunidad. Es por ello que para la gente es normal que se consuma en ciertas épocas o circunstancias específicas: es “normal”, por ejemplo, que la gente en diciembre consuma licor. Es “normal” que en las fiestas las personas se emborrachen o se droguen. Es “normal” que las personas que sufren de estrés fumen. Es “normal” que los estudiantes o los trabajadores usen estimulantes para poder rendir. Es “normal” que los deportistas se dopen para poder ganar. Es “normal” que en ciertos barrios se fume marihuana. Es “normal” tomar cerveza para soportar el calor y para quitarse la sed. Y así muchas situaciones relacionadas con sustancias se van normalizando, se acostumbran, se van volviendo paisaje. Eso hace que sea algo que todos hacen y, por ende, es aceptable. 

Y viene nuevamente el cuestionamiento, ya en este sentido y más personalizado: ¿con qué te conformas? De pronto, con que sea “mal de muchos”, pues siendo así, algo tan común y nada raro, genera tranquilidad y calma la consciencia. Todos lo hacen y, por tanto, debe ser aceptado. Se vuelve, a través de una voltereta argumentativa, en algo natural. Automáticamente deja de ser un problema y con eso estamos bien. El complique es de los demás que lo critican porque no lo aceptan como algo normal: “son unos amargados”.  

Pero llega el momento de la vida en que algunas personas se cuestionan si esa tendencia a normalizar estas conductas es algo aceptable. Se preguntan si en realidad eso es lo que quieren para su vida y para la de su familia. Y, una vez llega esta inquietud, no estarán tranquilos en medio de la multitud que no le ve problema a esos asuntos que realmente sí son problemáticos. Con seguridad esas personas se darán cuenta que salirse del molde no es tan fácil como parece. Es necesario renunciar a muchas cosas que se habían vuelto costumbre, tanto individual como popular, y ello incluye rutinas, lugares, entornos y hasta personas, que pueden llegar a ser amigos, familiares o incluso, la pareja. 

Es por ello que son importantes esas preguntas que se hacían al inicio: ¿a quién admiramos y a quién seguimos? Porque eso sea tal vez una pequeña muestra de lo que queremos en la vida para nuestro futuro. ¿Quién es nuestro modelo a seguir? Y si para responder hay que levantar la mirada y ver a quienes están un poco más arriba, quizá esté bien. No se puede mirar para los lados, a los que están a nuestro mismo nivel y mucho menos hacia abajo, a aquellos que, por las razones que sea y sin el ánimo de generar juicios morales, no se han esforzado por subir o no han podido hacerlo. 

Una analogía para entenderlo mejor

Haciendo el símil con una escalera que represente los avances en la vida, tendríamos personas paradas en diferentes niveles, unos arriba y otros abajo. Si esa escalera simboliza el trabajo necesario para subir en aras de lograr algo diferente y mejor, serviría entonces como representación de los referentes a emular de acuerdo al deseo que se tiene. Como se dijo, no sería bueno mirar a los que están en nuestro mismo nivel, pues significaría optar por seguir en las mismas, en aquella zona de confort en la que se asume que en donde estamos, estamos bien, tranquilos “porque hay otros que están peor”. Tampoco sería bueno mirar a los que están escalas abajo, pues sería aspirar por un retroceso y así dificultar aun más el llegar escalas arriba. Es mejor entonces mirar a aquellos que están más adelante, más arriba, pues estos demuestran que sí hay algo mejor a lo que ya tenemos.  

Relatividad, de Maurits Cornelius Escher (1953)

Ahora bien, se debe tener claro que los avances se van dando paso a paso y por ello es mejor mirar a los más cercanos, que están solo un escalón arriba y que plantean una meta más factible, menos compleja, que requiere de compromiso mas no de una labor titánica. Seguramente hay otros mucho más arriba y si bien es un logro ideal, no se debe levantar demasiado la mirada para observarlos, porque llegar allá es difícil y puede ser frustrante pensar en el esfuerzo que habría que hacer si es que no se tiene en cuenta que en realidad ese logro es fruto de un trabajo acumulado. Es mejor pensar entonces que paso a paso se puede ir avanzando, incluso para llegar hasta la cima. 

Volviendo a las adicciones, los que estén en el mismo escalón son los que sufren las mismas situaciones que la persona que los mira, con sus dificultades y problemáticas. Aquellos que no han decidido un cambio para mejorar y que creen que como están, están bien. Viven conformes con lo que tienen. Y qué decir de los que están más abajo, aquellos que miramos sobre los hombros. Nos hacen pensar que en realidad estamos muy bien, y por ello no deben ser una referencia. Nos genera una falsa tranquilidad saber que hay otros peores, y eso nos permite regodearnos en la cómoda mediocridad. Sin embargo, esto es una trampa, un espejismo. Infortunadamente esta situación se ve mucho en los grupos de apoyo, cuando una persona nueva llega y al enterarse de las circunstancias peores de otros, asumen que antes están muy bien y que pueden seguir tranquilamente como van. 

Los que están un escalón arriba son aquellos que se han apropiado de la problemática y la han visto como tal. Han decidido empezar a hacer algo y así lleven muy poco, van avanzando. Cuando menos piensan, han logrado lo suficiente como para estar muy adelante. No se preguntan por los que siguen atrás, ni siquiera por los que están más arriba. Ya no les preocupan. Siguen adelante, convencidos de que han tomado una buena decisión. 

Procurar por el buen ejemplo 

La habilidad para detectar referentes apropiados viene de la mano de la autocrítica. En la medida en que seamos capaces de reconocer las propias falencias, podremos ver las fortalezas en los demás, ya que la introspección permite hacer lecturas adecuadas de lo bueno que acontece alrededor nuestro. No quiere decir tampoco que el buen ejemplo esté encarnado en un único individuo. Seguramente no vamos a encontrar a un nuevo mesías. El buen ejemplo en realidad está disperso en varias personas, de manera que cada uno de los que nos rodean puede aportar información útil de acuerdo a sus vivencias. Es uno, con los ojos y los oídos adecuados, el que puede detectar qué le sirve y qué no, según sus propias circunstancias y necesidades. Hay que dejarse permear por la realidad que nos rodea, dudar de nuestras propias convicciones, tener la capacidad de desaprender conductas y decidir no quedarse en la zona de confort. 

¿Con qué te vas a conformar entonces? ¿Con empeorar? ¿con quedarte a la par de tus semejantes? Si este es el pensamiento, estarás estancado definitivamente en tu cómodo escalón, considerando ciegamente que como estás, estás bien, y entrando en conflicto con toda aquella persona que te lleve la contraria o que te confronte diciéndote que en realidad las cosas no van tan bien como crees. Por el contrario, si tus referentes son aquellos que van adelante, convencidos de su camino de recuperación, así sea que no lleven mucha ventaja, es mucho mejor. Tras sus pasos tendrás un avance firme y, sobre todo, inmune a las críticas implacables que lloverán de parte de quienes no estan tranquilos viendo a los que decidieron escalar. Esas personas, en el fondo, viven incómodos con los cuestionamientos silenciosos que les generan las personas que progresan sin dudar.

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Toxicología

Un niño malcriado

El cerebro del adicto es como un niño malcriado

al que sí o sí hay que complacer

Todos conocemos esa situación característica de aquellos que llaman “niños malcriados”. El contexto usual es el del niño que hace el “berrinche” o la “pataleta” porque no le dan gusto con algo que quiere. Es, al menos en principio, una reacción natural a un deseo irreductible que se tiene sobre un objeto que genera curiosidad o que augura entretenimiento o placer. La estrategia más básica y primaria para adquirir eso que tanto se quiere, pero que por los propios medios no se puede obtener, es lograrlo a través de otra persona que, ya sea por lástima o porque no le queda de otra, se lo otorgue. Entonces, si ese niño reconoce que la “pataleta” resulta ser una estrategia efectiva para este propósito, pues la aplicará cada vez que quiera conseguir su objeto deseado, que inicialmente serán juguetes o golosinas, y luego, con el tiempo, bienes más costosos u otros intangibles como permisos o libertades.

El “niño malcriado”, con el tiempo, se va volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, y ello significará un problema gradualmente más complejo para sus tutores. Los intentos de hacer que este niño entienda la situación, se modere y sea más racional y comprensivo, serán infructuosos cuando el asunto se ha dejado evolucionar más allá de un punto de no retorno. Y si se reta al “niño malcriado” con el incumplimiento de lo que desea, éste aplicará la estrategia que mejor conoce, inicialmente contra sus padres o acudientes y, más adelante en su vida, contra su pareja, amigos, compañeros de trabajo, jefes o incluso contra la sociedad en general.

En el caso de un consumidor de sustancias de abuso, el cerebro se le comporta a veces como ese “niño malcriado” que hay que satisfacer siempre, so pena de sufrir sus “berrinches” traducidos en cuadros de ansiedad y de abstinencia. Con el tiempo, al igual que pasa con el “niño malcriado”, su cerebro se irá volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, hasta llegar al punto de controlar casi por completo la voluntad de su dueño, ahora convertido en el esclavo que satisface sus propios deseos de consumo.

El cerebro es un órgano bastante complejo y mientras más evolucionado es, como en el caso del ser humano, más difícil es predecir las respuestas que desde allí se generan ante diferentes estímulos. Son tantas las variables que influyen en la manera en cómo se actúa en determinadas situaciones que ni siquiera su mismo dueño es capaz de saberlo con antelación. A veces los instintos de protección y de autoconservación son tan imponentes, que es común escuchar a las personas que estuvieron sometidas a una situación extrema, decir: “no sé por qué reaccioné así”. Sólo podemos decir, por ende, que hay unas conductas primitivas que en ocasiones dominan la voluntariedad de una persona y que la manera en que se manifiestan y se desarrollan son impredecibles para el mismo sujeto, incluso aunque haya vivido antes circunstancias similares. Sólo un entrenamiento adecuado puede frenar esos impulsos en situaciones específicas, y de esa forma, la persona podría actuar de una manera mucho más cautelosa y racional.

Volviendo a lo anterior, decíamos que el cerebro de un consumidor se comporta como un niño malcriado al que hay que darle gusto sí o sí, y la manera en que ese niño malcriado hace la “pataleta” es a través del llamado síndrome de abstinencia, que genera síntomas que pueden ir desde molestias muy sutiles, hasta situaciones más graves de salud física y mental que obligan, a quien lo sufre, a consultar a un servicio de urgencias.

En el día a día de un usuario de sustancias de abuso, la abstinencia hace parte normal de su rutina, tanto que ni siquiera la concibe como un problema de salud sino mas bien como el anuncio de necesidad de consumo. Lo que sucede es que cuando el efecto de una sustancia va disminuyendo por el curso normal de su metabolismo y eliminación del cuerpo, empiezan a aparecer los síntomas desagradables (la abstinencia “pataleta”), y, para compensar su ausencia, la persona vuelve a consumir para así mantener el efecto. La intensidad de la sensación de necesidad y la celeridad con la que esta se desarrolle dependerá de algunas variables como por ejemplo la sustancia misma, pues unas u otras tienen diferente capacidad de generar este fenómeno, y también la manera en que esta sea usada, sobre todo en términos de cantidad y de frecuencia. Mientras más se consuma una sustancia (en cantidad y frecuencia), más rápido va a aparecer la abstinencia y peor va a ser.

Así, la necesidad de consumo se va transformando con el tiempo en un asunto recurrente en la historia de un adicto. Es algo inherente a esa condición y, aunque es algo esperable, no necesariamente es evidente, pues ni el mismo consumidor se percata de que su propia vida se va adaptando a la necesidad de usar una sustancia con cierta regularidad. El fumador, por ejemplo, se despierta en la mañana y lo primero que hace es encender un cigarrillo y luego después de desayunar, de almorzar, de cenar, antes de dormir, y así según los vaivenes de su necesidad de consumo. El fumador de marihuana, por su parte, manifiesta que debe fumar para poder sentir apetito y sueño y que, si no lo hace, pues no le da hambre y no puede dormir, y por ello su consumo casi que es una necesidad. Parece que fuera lógico para este individuo el tener que fumar para poder satisfacer necesidades que de por sí son fisiológicas, como si su vida estuviera condicionada a ello desde el nacimiento, lo cual, por supuesto, no es cierto.

¿Qué pasa entonces si no hay consumo? Pues que se manifiesta la “pataleta” del cerebro (o la abstinencia), y ésta, como se dijo previamente, puede ser en principio muy sutil, con sensaciones vagas de malestar físico y emocional, pero si no se satisface a ese cerebro-niño-malcriado, su furia se va acrecentando en una efervescencia “berrinche”, “pataleta”, que no se contiene hasta que su deseo sea satisfecho: el de sentir el efecto de esa sustancia que por sus características farmacológicas y por su presencia constante, ha generado un fenómeno neuroadaptativo conocido técnicamente como dependencia.

¿Y cómo se puede controlar eso sin necesidad de consumo? una buena opción es lo que se hace en la atención de urgencias: tratar de “engañar” a ese cerebro malcriado con otra sustancia que sea similar a la que hace falta, pero ya en forma de medicamento y no de sustancia de abuso. Esta sustancia se suministra de manera controlada y programada en aras de “calmar” a ese niño malcriado, sin inducir el efecto placentero que generaría una droga. Luego, si hay una buena consciencia de la enfermedad por parte del adicto, se iniciará un proceso de manejo integral de esa problemática que apunte al cese del consumo y a la rehabilitación. Para ello, será de utilidad que el adicto entienda para qué le sirve saber eso de que su cerebro se comporta como un “niño malcriado”.

En el momento en que el adicto entiende por qué su cerebro lo controla de manera imperceptible, es cuando puede considerar que asumir conductas similares a las que se siguen con la educación de un niño “pataletoso” o “berrinchudo” puede ser una estrategia a considerar. Si bien, el ajuste de las conductas de un “niño malcriado” es un asunto bastante complejo para el cual no existe una única fórmula infalible que se pueda aplicar, sí podríamos tomar algunos elementos que podrían servirle al “papá” o a la “mamá” de ese cerebro “malcriado”. El propósito último es tan claro como llegar a no permitirle al cerebro que a punta de rabietas obtenga lo que quiere, y generar entonces conductas menos lesivas con las cuales se irá reemplazando el consumo de sustancias. Suena fácil, pero, de nuevo, hay cosas que es más fácil decirlas, que hacerlas.

El adicto puede empezar asumiendo que en realidad no necesita de esas sustancias, y de lograrlo, alcanzaría un hito fundamental de su rehabilitación ya que ello puede significar un quiebre en la manera en que asume su propio consumo. Entenderlo así, llevará a que las razones con las que usualmente se justifican los consumos dejen de ser argumentos válidos e irrefutables que transformaron el consumo en algo inevitable, para empezar a asumirlas como lo que son: simples excusas que buscan evitar las abstinencias y que se usan para justificar los esfuerzos que implica la búsqueda constante de las sustancias para obtener sus efectos y el tiempo que lleva consumirlas y recuperarse de sus efectos.

Una vez ello se logre, el consumidor puede empezar a ejercer el papel de tutor de su propio cerebro. Así como se evita darle gusto al niño pataletoso para que no siga aplicando esta estrategia, también se reeduca al cerebro para que no siga generando deseos automáticos cuando hay algún factor que estimula el consumo. Así como el cerebro alguna vez se acostumbró a que una sustancia le iba a seguir llegando periódicamente y, de acuerdo a algunos momentos o estímulos, también puede desacostumbrarse en la medida en que se le reeduque. Es por ello, por ejemplo, que a un fumador se le sugiere que en los momentos en que solía sentir el antojo por fumar, haga otra actividad, como por ejemplo escuchar música, leer una revista, salir a caminar, hablar con alguien o cualquier otra cosa que pueda reemplazar el momento de consumo. Su cerebro terminará por entender que el estímulo que esperaba ya no va a llegar, y en su lugar, llegará otra actividad que la reemplazará progresivamente.

Obviamente, para que esto funcione debe haber un interés firme en cesar el consumo de una sustancia y debe tenerse un propósito más grande a perseguir, que lo que le aportan las drogas a la vida del consumidor.  El proceso de reeducar al cerebro no es algo sencillo, pero es un paso fundamental en el abandono de alguna conducta que favorece el trastorno adictivo. La intención empieza a ser exitosa cuando hay una buena consciencia de enfermedad, lo cual es importante más no suficiente, porque dejar las adicciones, además de introspección, requiere de mucho esfuerzo y compromiso para sacar adelante el proceso de manera exitosa. Es claro que no es sencillo abandonar una conducta que se ha venido consolidando por años, y que crear hábitos que las sustituyan incluye un proceso que es doloroso y difícil.

Lo bueno del asunto, es que los esfuerzos que se hagan por algo mejor siempre van a valer la pena. Cuando esa persona mire hacia atrás, verá todo el camino que ha recorrido, que usualmente es cuesta arriba, y sabrá lo valioso de sus avances, pero también del peligro que implica perder la estabilidad y caer. Una caída desde esa altura seguramente generará un golpe bastante fuerte, del cual sería bien difícil recuperarse. Y si mejor en su lugar se sigue adelante, el terreno se va volviendo más llano y fácil de recorrer, lo que permite avanzar más, con mayor estabilidad y con toda la satisfacción que trae el progreso.

 

 

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Toxicología

El espejo de lo que pudo ser

Tengo un paciente que dice tener la costumbre de salir por su barrio a mirar a las personas alcohólicas para contemplarse en el espejo…en el espejo de lo que pudo ser.

Dice un viejo adagio: “Nadie aprende por cabeza ajena”, como refiriéndose a que muchas de las situaciones de la vida deben experimentarse personalmente para poder lograr un aprendizaje que, tal vez, no podría alcanzarse de otra forma. El problema es que algunas de esas situaciones pueden ser determinantes en la vida de una persona y, de darse, generarían desenlaces de tal impacto que harían que ese aprendizaje no sirva ya para nada. Por fortuna, hay otra máxima que dice: “El que no conoce la historia está condenado a repetirla”. Y pues, para el propósito de esta entrada, es mejor basarse en ésta, ya que admite el mantener la esperanza de poder forjarse un futuro mejor, al ser posible aprender de la historia propia y también de la de los demás.

Una buena manera de aprender es abriendo los ojos y los oídos al entorno. Es sorprendente la cantidad de cosas que se pueden detectar si se mantienen atentos la visión, la audición y los demás sentidos a lo que nos rodea. No obstante, no es al azar lo que se puede lograr captar del ambiente, pues cada quien maneja sus propios intereses y es, basados en estos, que a una persona le llaman la atención unas cosas sobre otras. Desde luego, no todos percibimos de igual manera lo que a nuestro alrededor acontece. Pero si uno desarrolla la habilidad de afinar los sentidos, se pueden encontrar perspectivas diferentes para las preguntas que tenemos y así se pueden descubrir nuevas maneras de enfocarlas. A ello se refirió alguna vez Louis Pasteur, aquel microbiólogo francés que rebatió la teoría de la generación espontánea, cuando dijo que “la suerte tiende a favorecer a las mentes preparadas”.

Y es que la suerte de encontrar detalles trascendentales en la cotidianidad sólo la aprovechan quienes conocen lo que están viendo o percibiendo. Para los demás, esos detalles pasan desapercibidos y son, precisamente, cotidianidad. Un individuo alcoholizado que está durmiendo en una acera para muchos es un “vicioso” más, que infortunadamente se dejó llevar por las mieles de una droga. Para otros, es un ejemplo de vida (uno negativo, seguramente), y aquellos que así lo perciben, por una razón u otra, lo miran como un punto al que no quieren llegar o al que eventualmente pudieron haber llegado. Estas personas quizá tienen claro que para sus vidas es tan importante saber lo que quieren, como lo que no quieren. Como los demás no tienen esa misma pregunta, el borracho abandonado no significa nada en particular. Tendrán sus intereses puestos en otro lado y eso está bien.

Si bien cada problemática de consumo tiene particularidades de índole orgánico, mental y sociofamiliar, sí hay una secuencia de acontecimientos que podríamos llamar “el curso natural de la enfermedad”, que es un concepto que se maneja de manera transversal cuando se habla de cualquier condición de salud humana. Y ese “curso natural”, independientemente de los vaivenes que puedan darse en una situación particular, se puede decir que es común para una misma problemática de salud. Por ejemplo, en el paciente alcohólico se puede esperar que con el tiempo de consumo vayan dándose algunas alteraciones clínicas y comportamentales que lo llevarán a desenlaces comunes, como las enfermedades, la malnutrición, los accidentes, las problemáticas familiares, el abandono del trabajo o del estudio, y las dificultades económicas, entre otros.

No es descabellado entonces considerar que es posible vislumbrar un futuro propio a través de una “cabeza ajena”. Si el curso natural de una enfermedad es algo que de cierta manera puede establecerse, ¿qué resultado diferente podemos esperar? Siguiendo con el ejemplo del alcoholismo, si una persona empieza la carrera del consumo de licor, pues no sería extraño que llegue a situaciones adversas de salud, a problemáticas sociales y familiares, a dificultades económicas o incluso al abandono. El gran problema es que cada consumidor siempre piensa que tiene el control de su consumo y que eso nunca les va a pasar. Es hasta irónico para los demás que, sabiendo a lo que llevan los consumos de sustancias, igual haya tanta gente que “inocentemente” caiga. ¿Será simple ingenuidad? O hay otras variables que empiezan a intervenir para generar ese resultado. Seguro que sí.

Entonces, ¿se puede evitar ese destino? De pronto para poder salirse de ese juego de pérdidas habrá que hacer algo diferente. Como lo dijo alguna vez Albert Einstein, “no se puede esperar un resultado distinto, si siempre se hace lo mismo”. Existen entonces caminos que se pueden recorrer. Nadie dice que para todos debe ser el mismo, pero por alguno hay que empezar. Sí se puede “aprender por cabeza ajena”, o al menos, podemos mirar a donde lo pueden llevar a uno las decisiones que tome según lo que vea en los demás, y cualquiera puede ser un mentor como reflejo vida, aun sin siquiera proponérselo. Total, es el que mira quien le atribuye esa capacidad de ser mentor a aquel que algo me enseña simplemente por su condición, su estilo de vida o su comportamiento. Es quien mira, como Pasteur, el que aprende algo del otro, y eso se da porque existe una intención de entender algo que quizá su yo interior todavía no comprende, pues aún cae en los engaños del subconsciente que lo invitan a seguir en un consumo.

En este principio se basan los grupos de apoyo, aquella estrategia que complementa los tratamientos para salir adelante de la problemática por consumo de licor o de otras sustancias. Cada integrante es un espejo para el otro, tanto para lo bueno como para lo malo. Un paciente se puede ver reflejado en el testimonio de otra persona, ya sea como una muestra de su futuro o también de su pasado. Es por eso que es tan importante ese componente en un proceso terapéutico. Hablar de las vivencias y escucharlas también es algo terapéutico y fortalece. Después de cada reunión, los pacientes con sentidos abiertos saldrán con nuevas perspectivas de vida y dándose cuenta de cosas que quizá no habían considerado. A veces son detalles pequeños. Pero estos son semillas que luego germinan y cambian la manera de pensar. Así que estar en grupos de apoyo no solo es un sanador para un persona, sino también un acto terapéutico con los demás asistentes, sin olvidar que la continuidad de un proceso es responsabilidad de quien lo lleva. Es importante de todas maneras mantener una mente abierta y tener claro hacia dónde es que se quiere llegar con el asunto del consumo.

Como un espejo del destino son entonces aquellos testimonios de vida que pueden cambiar el futuro de aquel que decida verse reflejado en el mismo. Es ese que ayuda a entender situaciones propias del pasado para poder conocer quién se es el día de hoy, y aceptando lo duro que eso pueda resultar. Cualquiera puede sufrir un impacto destructivo cuando se percata de la realidad de lo que es y de lo que ha hecho. Pero es aquel que también muestra a dónde se puede llegar si se toman decisiones diferentes, asumiendo las responsabilidades que correspondan y enfrentando las consecuencias que haya que enfrentar, lo cual también es duro de asumir, pero con seguridad llevará por un camino de mayor sensatez, racionalidad y serenidad.

Sí que se puede entonces mirar hacia atrás y hacia adelante. Sólo hay que saber hacerlo y qué hacer con lo que se vea. Se pueden captar imágenes en el retrovisor de la vida, pero no para seguir sufriendo recuerdos, sino para resignificarlos y tenerlos como lo que no se quiere repetir. Se puede ver también lo que pudo ser en función las decisiones que se fueron tomando, malas o buenas. Y también se puede ver el cristal de lo que se espera del futuro, que podrá ser más promisorio si se asumen responsabilidades, se acepta el destino y se es constante en un proceso terapéutico en pro de evitar los desenlaces comunes de un historial de consumo .

Es entonces ese espejo de los otros el que permite “aprender por cabeza ajena” en donde sí podemos ver el reflejo de lo que fue, de lo que pudo ser y de lo que esperamos que sea, para no estar condenados a repetir una historia que de hecho ya se conoce.

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Literatura

Tirano Banderas. Novela de tierra caliente, de Ramón María del Valle-Inclán (reseña).

Santa Fe de Tierra firme –arenales, pitas, manglares, chumberas– en las cartas antiguas, Punta de las Serpientes.

Llegué a este libro procurando el origen del subgénero llamado “novela de dictador”, el cual pretendo explorar más después de haber leído El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, y El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias. En el caso de Tirano Banderas, la edición de Alianza Editorial tiene una introducción de Margarita Santos Zas que considero muy adecuada para entender bien el contexto de la novela, así como su estructura y el por qué de su lenguaje. En mi opinión, creo que es una buena manera de prepararse para la lectura de esta compleja obra sin perecer en el intento.

Personalmente me gustan los textos bien elaborados, con lenguaje amplio y expresiones que aprovechen la riqueza del castellano, eso sí, sin que caigan en un exceso de adornos que no aporten al sentido de una frase o a la descripción de una situación, lugar o personaje. Esta obra de Valle-Inclán cumple con este gusto personal y por ello le doy una buena calificación. Creo que un buen escritor se caracteriza, entre otras cosas, por ser capaz de manejar con magistralidad y habilidad el lenguaje, ya que ello es reflejo de una buena destreza con las palabras (con sus significados y acepciones de acuerdo al contexto), las cuales deben usarse con precisión como herramientas para la construcción de un texto.

Al revisar las críticas negativas que tiene Tirano Banderas en su perfil de GoodReads (aquellas en las que el lector le asignó una sola estrella), encuentro que una queja común es lo difícil del lenguaje, lo cual, sin entrar a juzgar la pericia del lector, refleja que algunas personas se sienten más cómodas tal vez con un lenguaje corriente y más contemporáneo lo que, pienso, va en detrimento de la riqueza del idioma español.

Es entendible que la comodidad es mejor y que el lenguaje común permite que una lectura sea más fluida. Pero si esto se vuelve tendencia, ¿entonces muchas palabras del español pronto se volverán arcaísmos? y, ¿las posibles variantes de una expresión entrarían en desuso limitándonos a unas pocas? Creo que en el lenguaje hay palabras que describen algo con más exactitud que otras de uso más corriente, ya que implícitamente incluyen detalles que son importantes para entender el contexto de una expresión o para precisar características particulares de algo o de alguien. La idea es que el escritor exprese a su satisfacción lo que quiere decir y no que el lector se sienta más cómodo por el hecho de entender sin el esfuerzo extra de ir al diccionario. Pero bueno, esto es una opinión personal.

Más allá de ello, y volviendo a la obra, junto con El otoño del patriarca y El señor presidente, en Tirano Banderas se percibe el entorno del Caribe que al parecer era propicio para el surgimiento de los caudillos que luego se transformarían en los dictadores que inspiraron este subgénero literario muy propio de latinoamérica. Con solo leer estos libros, se siente el calor, la humedad y el olor a sal de los países caribeños, y tal vez por ello Valle-Inclán le haya puesto el subtítulo Novela de tierra caliente. No obstante, los caudillos no sólo surgían en el Caribe, sino también en el resto de Centro y Suramérica. De hecho, antes de Tirano Banderas existía Amalia, de José Mármol, que si bien no es propiamente una novela de dictador, sí trata de un romance que se da en el contexto de una de las dictaduras argentinas, que es un trasfondo fundamental de esa novela.

La obra tiene una estructura particular, y está construida con vaivenes temporales en los que se relatan alternadamente hechos que se están dando al mismo tiempo y que ocurren en un periodo de poco más de dos días en un país ficticio (Santa Fe de Tierra firme). Aunque por momentos es confuso, me parece una buena manera de enmarcar bien todo el contexto de la historia sin que queden detalles no explicados. Es llamativa también la arquitectura del texto, que según la introducción, está construido alrededor de asuntos de numerología (3, 7, 27) y de simetría, y ambientado en un contexto muy mágico-religioso de fiestas de difuntos, teosofía y nigromancia.

No obstante, y a pesar de la genialidad de la obra, considero que algunas buenas historias paralelas quedan en el tintero ya que no se profundizan lo suficiente, como por ejemplo la de Zacarías El cruzado, que es un personaje que me pareció lo suficientemente interesante como para haberlo abordado mucho más profundamente, o la del origen del tirano, que someramente se explica, así como de las motivaciones de Filomeno Cuevas y de Domiciano de la Gándara. Este último, en particular, me hubiese gustado conocer mejor acerca de su cambio de mentalidad. En términos generales, creo que algunos de sus sucesos no se tenían que haber dado tan a la ligera o sin un trasfondo emocional o filosófico más notorio.

Mi idea es seguir adelante con las historias, reales o ficticias, de los dictadores latinoamericanos, con La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, Conversación en la catedral y La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, El recurso del método, de Alejo Carpentier, y Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos.

Para culminar, dejo el enlace en YouTube de la película de esta novela, filmada en Cuba y México en 1993 y dirigida por José Luis García Sánchez.

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Toxicología

El himno de los coadictos

Nota: recomiendo leer esta entrada escuchando esta canción de fondo.

«…y por más drogas que uses

y por más que nos abuses,

la familia y yo tenemos que atenderte.»

Rubén Blades, en Amor y control.

Dijo alguna vez el novelista francés André Maurois que «una familia feliz es una conversación que siempre parece demasiado corta», y tal vez así lo sea, pues pareciera que de las familias felices no hay nada que decir. Funcionan como todo el mundo y la sociedad espera que funcionen. Y quizá así deba ser.

Pero no todo es tan ideal. El mundo no siempre es así y la sociedad de vez en cuando nos golpea con sus realidades. Lo cierto es que las familias son a veces el germen de ciertas problemáticas y es la entereza de sus miembros la que puede ser la base sobre la cual se puede salir adelante en situaciones adversas. Pero la verdad es que eso es más fácil decirlo que hacerlo, como pasa con frecuencia.

La responsabilidad de la familia es más grande de lo que inicialmente se cree y, sin querer caer en tradicionalismos, pues no importa la manera en que esta esté conformada, es posible afirmar que la base de una buena sociedad es, precisamente, la familia. Personalmente considero que muchos de los problemas que vivimos hoy en día, incluyendo el del consumo de licor o drogas, surgen de la disfunción familiar.

A simple vista y de una manera muy romántica podemos decir y pensar que la familia tiene la responsabilidad de sustentar y acoger a sus miembros sin importar lo que estos hagan, lo que queda muy bonito para la canción de Blades. Pero, ¿qué tal si consideramos a la permisividad extrema también como un tipo de disfuncionalidad familiar? Ahí la cosa se va tornando un poco más compleja. Y pasa que el límite entre la condescendencia y un control adecuado es difícil de identificar y por ende, de establecer, por lo que revolotear entre un lado y otro de la frontera es muy fácil y usualmente pasa desapercibido.

A los ojos de los observadores externos la cosa es fácil de resolver, como pasa siempre con aquellos que, como dicen, “ven la corrida desde la barrera”, y sencillo es para estos espectadores emitir juicios de valor. Otra cosa se siente y se vive cuando se está inmerso en la rutina del día a día de un hogar que sufre las consecuencias del consumo de licor o de drogas de abuso, donde todo prospecto de vida tranquila se derrumba de manera repetitiva. Es un castillo de naipes al viento.

Se dice que las decisiones de un consumidor deben ser respetadas en aras de su autonomía. La pregunta entonces es, ¿queda por ello exonerado de las consecuencias de su consumo? Sobre todo de aquellas consecuencias que se dan en el seno de una familia, de una relación de pareja o en el entorno paterno filial. La mejor realidad a asumir es que la libertad del consumidor llega hasta donde empieza la del resto de su familia y que la autonomía que se defiende implica también asumir las consecuencias de las decisiones que este tome.

“Cuánto control y cuánto amor hay que tener en una casa”, dice la canción. Ese control se traduce en la normatividad que rige un hogar y que está determinada por sus miembros. La idea es que todos le sean leales a la misma, de manera que el que transgreda esas normas deba asumir ciertas consecuencias. Y no es que una familia deba funcionar entonces con un régimen militar, pero sí deben existir unos acuerdos que permitan una armonía y tranquilidad en aras del afrontamiento de los avatares de la vida con los recursos que una familia funcional permite.

De todas maneras no hay que negar que tomar una decisión con respecto a un miembro de la familia que transgrede las normas no es para nada fácil. Eso es cierto. Pero hacer respetar el seno del hogar sí es una buena manera de empezar a dejar en claro cuál es la línea que debe seguir cada miembro en pro de la armonía. Y es claro también que la situación de cada familia en particular tiene muchas aristas, y que las decisiones que se tomen también van a generar consecuencias. No es fácil entonces generalizar, pero por algún punto de partida se debe iniciar y la firmeza, el respeto y el interés por el bienestar del otro, son unas buenas maneras de empezar.

Cada quién debe entonces responder a la pregunta si acolitar el consumo en el seno de la familia es o no adecuado. Si poner límites va en contra del amor ciego que debe haber en un hogar o si en cambio, aquellos (los límites), son necesarios para que todo transcurra mejor. No hay que olvidar que el afecto y el respeto son recíprocos, deben ir en doble sentido, de acá para allá y de allá para acá, y, que como se dijo previamente, “mi libertad termina en donde empieza la del otro”.

Soportar el consumo de un miembro de una familia puede favorecer una conducta anormal en este sentido, la cual se conoce como coadicción.

La coadicción es esa situación en la que se es permisivo completamente con el consumidor, a tal punto de permitirle sin consecuencias los vejámenes que este ejerce contra la estabilidad de la familia. Va en línea con eso que se dice en la canción de que “aunque tú seas un ladrón y que no tienes razón, yo tengo la obligación de socorrerte”, y sigue diciendo “y por más drogas que uses y por más que nos abuses, la familia y yo tenemos que atenderte”…¿será que debe ser así?

O será que en este orden de ideas “amor y control” es entonces lo que podríamos llamar “el himno de los coadictos”. Tal vez si la escuchamos de forma acrítica y romantizamos el asunto del sufrimiento de una abnegada familia, entonces sí, es el “himno de los coadictos”. No obstante, “mi obligación de socorrerte” debe corresponderse con tu intención real de salir de una problemática, y en ese esfuerzo, ahí sí, “familia es familia y cariño y es cariño”.

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Literatura

Vicio: Todos somos proclives a ser adictos, de Carlos Sánchez Ortiz (reseña)

Sencillamente me convencí de que por algún misterioso motivo yo era invulnerable y no me engancharía. Pero la adicción no negocia y poco a poco se fue extendiendo dentro de mí como la niebla.

Eric Clapton

En el asunto de las adicciones, una cosa es cierta: aquel que se rehabilita ni es un redentor ni es moralmente superior a los que no lo han logrado. Y no es que el autor de este texto así lo refleje, sólo que me parece un buen momento para expresarlo.

Dejar atrás el mundo de las adicciones no es para nada sencillo, si es que eso se pueda dejar atrás así, literalmente y tan fácil. Y con esperanza pienso que a través del arte es posible encontrar una puerta de salida, o al menos un camino. Quiero creer que el arte es una tabla de salvación para la humanidad en la lucha contra sus males, y la escritura, particularmente, creo que puede servir de estrategia terapéutica para afrontar los vaivenes de algunas de las problemáticas que, como las adicciones, atormentan al espíritu del ser humano.

No conozco la experiencia individual del autor, y por ello no puedo opinar específicamente de su problemática, pero pienso que su manera de exorcizar sus demonios a través del testimonio escrito es una estrategia que igualmente podrían considerar muchos de los que no han encontrado una manera de hacerlo. Y más allá del beneficio propio, y entendiendo que cada experiencia es individual, los episodios puntuales de un proceso de alguien que luego son divulgados a través de la palabra escrita, pueden iluminar segmentos del camino de cualquiera que esté en una situación semejante. De ahí que la escritura no solo beneficia al escribiente, sino también y por extensión, a sus lectores.

Como profesional que trabaja con adicciones, muchas cosas del libro me gustaron pero hay otras con las que discrepo, como por ejemplo con un pasaje en el que el autor expresa que «es muy difícil entender a un adicto si ese problema no se vive en carne propia». No estoy de acuerdo porque esta afirmación va en línea con la de decir, por ejemplo, que sólo las mujeres podrían ser ginecólogas, y no los hombres, pues éstos al no tener mamas, útero, vagina ni vaivenes de estrógenos o progestágenos, no podrían entender lo que las mujeres sienten. Si bien hasta cierto punto es entendible y hasta puede parecer lógico, es reducir el conocimiento o la capacidad de ayudar y de ser empático, a un mero asunto de experiencia personal. La posibilidad de comprender algo no se da sólo porque se ha vivenciado directamente. Y entiendo lo que quiere decir el autor, pero esto es una falacia. Ver la situación desde la ciencia y la academia, con un genuino interés en aprender y en ayudar, da una visión muy amplia y global, y suficiente.

Es preciso tener en cuenta que lo que cada persona vive es una experiencia individual que no se puede generalizar, y por ello, el solo hecho de haberlo vivido no me hace dueño de la verdad. Sólo me da un punto de vista, que finalmente está sesgado por mi propia vivencia. Es sabido incluso, y el mismo autor en el desarrollo del capítulo lo reconoce, que las intervenciones que pueden ayudar a un adicto en particular no son efectivas en todos los casos. Así como la experiencia de cada persona es individual, también lo es la respuesta a los tratamientos. Lo que a una persona le funciona, puede que no le sirva a otra. Lo importante es reconocer la problemática y entender que se necesita ayuda para poder salir de allí, si eso es lo que se quiere. Y esto es sólo un punto de partida de un proceso que es complejo, lleno de aciertos y de fracasos, de abstinencia y recaída, de expectativas y decepciones, pero mantenerse es lo que salva al individuo porque si persiste en la convicción de salir adelante, llegará el momento en que encuentre la estrategia que mejor se le acomode, como le pasó al autor.

Lo otro, aunque suene crudo pero no deja de ser una realidad, es que no tener el antecedente de consumo da objetividad en el abordaje, y así mismo se está exento del riesgo de recaer. Es triste decirlo, pero así es: la posibilidad de recaída condiciona la firmeza del soporte que puedan dar los ex consumidores. ¿Qué pasará con sus apadrinados si su padrino recae? La idea obviamente es que esto no pase, pero puede pasar. Y lo dicho no corresponde a un juicio de valor, y no pretende demeritar las capacidades del ex consumidor de ser un buen soporte. Sólo que no son dueños de la verdad ni tienen un conocimiento ilimitado solo por su vivencia. Son la academia y la experiencia las bases que cimientan y le dan firmeza al propósito de ayudar a los adictos y a sus familias, aún para los ex consumidores.

Del texto me parecen fuertes los conceptos de los «pensamientos vacuna», que puede referirse a la resignificación de las experiencias. Cambiar los pensamientos negativos por unos positivos. «Quitar ideas enquistadas», como el autor lo expresa. Así mismo, la correlación que hace con el cerebro, que va en línea con la teoría de la adicción como enfermedad cerebral. Que «El universo envía mensajes que hay que saber captar», que «somos hechos para la inteligencia», la importancia de «trascender a través de las ideas» y que «no necesitamos atajos a través de las sustancias», son algunas de las ideas que expresa el autor en este sentido. Esas afirmaciones rompen con algunas de las tendencias que se han ido esparciendo en el mundo, sobre todo a través de las redes sociales, justificando y hasta aprobando el uso de algunas sustancias que en realidad no tienen ningún fin terapéutico, sino mas bien un propósito recreativo enmascarado. Hay mensajes que divulgan ciertas organizaciones y colectivos que, pienso yo, bordean también la irresponsabilidad (como por ejemplo el del «consumo adulto», que no es otra cosa sino un mero eufemismo).

Me llama también la atención la idea de que hay una frontera entre el consumo por diversión o por adicción, y que cuando se pierde el sentido de lo lúdico, la persona ya no puede controlar lo relacionado con el consumo. El problema es que esta frontera es por lo general engañosa y difícil de identificar, y es más, tiende a mimetizarse con la idea ficticia de la persona de tener siempre el control de su propio consumo. Lo triste de esto, es que cuando la persona se percata del problema es porque ya está muy metido en él, como pasa con las personas en el mar que se confían en exceso de sus capacidades, hasta que se dan cuenta que están rodeados de agua y no pueden ver la playa.

Otra idea importante es aquella de que el consumo puede ser un mecanismo de defensa para huir de situaciones emocionales, problemáticas o conflictivas que generan intolerancia o sufrimiento, y la persona no es capaz de enfrentarlas y resolverlas. Y he aquí un reto para las personas que trabajamos con adicciones: ¿cómo puede ayudar uno a los adictos y a sus familias? Una posibilidad es explorar bien el problema del consumo. Cuál es su origen en particular en una persona. Identificarlo y así manejarlo, lo cual va más allá de simplemente con medicamentos buscar la solución mágica, y confieso que en medicina a veces caemos en ello, aunque también los pacientes y sus familias desearían que la cosa se resolviera fácil y sin tanto esfuerzo. Es “el milagrito” que menciona el autor. Tanto pacientes como personal de salud quieren resolver fácil del problema sin mirar bien qué es lo que se los está generando. Personalmente me parece difícil eso. Es uno de los retos más fuertes de este tipo de atención en salud: ¿Cómo identifica uno bien los problemas del consumidor? Es la respuesta a esta pregunta la que da las luces en el camino a seguir.

Culmino mi reseña con una de las citas del autor: «Cuando no nos queremos es muy complejo que las cosas fluyan. Es como si pusiéramos un candando a nuestro corazón para que nadie ni nada positivo entre y nos enfrascamos en nuestra tragedia, porque es tan poco lo que queremos nuestra vida que es mejor huir de la realidad a través de los vicios».

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Literatura

Notas de suicidio (reseña)

Recientemente leí Notas de suicidio, del escritor español Marc Caellas, y esta es mi impresión de la obra.

Primero dejo un enlace a la biografía del autor, de Wikipedia:

https://es.m.wikipedia.org/wiki/Marc_Caellas

…y el link de la obra en GoodReads:

https://www.goodreads.com/book/show/60861346

Del suicidio se puede hablar de muchas maneras, y romantizarlo puede que sea una de ellas. No obstante, creo que no es la más conveniente. Tampoco quiero decir que el suicidio deba ser un tabú o un tema prohibido, pero hay que tener algo claro, y es que no todos los suicidas son famosos, ni todos los famosos se suicidan, ni tampoco todo el que se suicida, se vuelve famoso. De hecho, la gran mayoría de los suicidas, quizá el 99.9%, no dejarán de ser una simple estadística o una noticia que se da en forma de número en algún diario y que puede sorprender de forma fugaz a quien casualmente la lea. Luego, el mundo seguirá girando igual, salvo para los deudos de aquel que decide terminar con su vida por mano propia.

Del libro de Caellas rescato la compilación y clasificación que hizo de las notas de suicidio de algunos personajes ilustres que así dejaron este mundo. Se nota un ejercicio juicioso de búsqueda y de orden, y también me gusta el complemento que hizo a algunas de las notas con textos y frases de otros autores que se acoplan bien al contexto (al final agrego algunas de ellas). Sin embargo, en mi opinión, sobran los intentos que hace el autor de análisis de las notas. Creo que la esencia literaria se pierde en divagaciones y no se sabe si intenta ser entonces un texto académico o reflexivo. La realidad es que esos agregados no pasan de ser percepciones subjetivas, a veces hasta cursis, que dañan de cierta manera lo bueno de la obra. La nota de suicidio de un artista no es necesario que sea interpretada (o al menos eso que mejor lo haga cada quien). Cuando mucho se puede explicar el contexto y también se puede dar uno que otro dato histórico que aporte más al entendimiento de lo que pensaba o sentía el suicida. Así, pienso yo como lector, hubiese sido mejor.

Más allá de ese elemento de forma, mi crítica se basa también en el apartado llamado Antecedentes, que es lo que me lleva a rechazar la romantización del suicidio, y que infortunadamente es la parte que abre el texto. A pesar de mi desacuerdo con muchas de las ideas que se plantean en ese apartado, decidí seguir adelante y lo que me encontré, bueno y malo, ya lo he mencionado.

En mi labor como profesional de la salud en el área de la toxicología, tengo permanente contacto con personas con intentos suicidas a través de envenenamientos autoinfligidos. Y ello, considero, me da autoridad para decir que el suicidio (o al menos el intento), de romántico no tiene nada. De hecho, puedo concluir que la gran mayoría de personas que se intentan suicidar en realidad no pretenden morir, y que el intento lo ejecutan en actos impulsivos, sin premeditación alguna, y con notas que, si existen, muestran más el desespero por una problemática específica, que un pensamiento reflexivo alrededor de la muerte autoimpuesta. No todo es tan bonito o tan artístico o tan trascendental. El suicida que ya tenía un plan estructurado es una excepción, y sus notas, en estos casos, tienen mucho valor desde lo médico y lo psicológico, pero también desde lo humanista y, por supuesto, desde lo literario. Pero eso no quiere decir que sea algo a generalizar puesto que no es el caso de todos aquellos que no ven otra solución.

La enfermedad mental existe, y exaltar al suicidio como “el comodín de juego de cartas de la vida” (y otras analogías hechas por el autor), es negar su existencia o restarle importancia. Como médico pienso, entonces, que romantizar el suicidio es desacertado, y la verdad es que la mayoría de las notas anónimas de suicidio, como objeto de esta obra, en realidad sólo servirán para ser analizadas por los médicos legistas y abogados, y luego quedarán como un recuerdo doloroso en las memorias de alguna familia. No saldrán publicadas en ningún libro la notas suicidas de los don nadies, aunque estas sean literariamente buenas. Las de los personajes ilustres podemos entonces disfrutarlas, sin romantizarlas, pero dejémosle entonces los análisis a los psicólogos, a los médicos, a los religiosos o a los humanistas, y la necesidad de leer esos análisis, a los que directamente estén buscando o necesitando este tipo de textos, sea cual sea la razón.

Algunas máximas extraídas del libro, que a mi juicio son bastante valiosas:

«La naturaleza humana tiene sus límites; puede soportar, hasta cierto grado, la alegría, la pena, el dolor; si pasa más allá, sucumbe.»

Goethe, Werther


«Quienes se apean no necesariamente están locos, ni siquiera están ‘perturbados’ en esas circunstancias. La tendencia al suicidio no es una enfermedad de la que haya que curarse como el sarampión. El suicidio es un privilegio de lo humano.»

Jean Amery


«Alguien dijo que el suicidio era una solución permanente a un problema temporal, pero la vida también se puede contar como la suma de una serie de percepciones erróneas que conducen a una montaña de decisiones equivocadas. Errar es humano y el suicidio puede ser visto como el gran error final.»

Del autor, Marc Caellas


«No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía.»

Albert Camus

«… Dejo algo de obra y muero tranquilo. Este acto ya estaba premeditado. Tú premedita tu muerte también. Es la única forma de vencerla.»

Andres Caicedo

«A la pregunta ¿cuánto has amado?

responde como si el lenguaje, mejor aún,

como si el vino se hubiera acabado.

Di que has de ir por más.»

Mario Montalbetti 

…y finalmente, un poema del escritor español Manuel Vilas:

EL ÚLTIMO ELVIS

Respeta siempre la destrucción de las mujeres y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara, las entrañas y las venas y el hígado y el buen corazón, respeta todos los sagrados y los más humildes hundimientos de los seres humanos.

Respeta a quienes se suicidaron.

Respeta a quienes se arrojaron a los océanos.

No hables mal de ellos, te lo ruego, te lo pido de rodillas.

Ama a toda esa gente, esa muchedumbre, ese río amarillo de la historia de todos cuantos perdieron tan injustamente, o tan justamente, da igual.

Gente que aceleró en una curva.

Gente que escondía botellas en los rincones de su casa.

Gente que lloraba en los parques de las afueras de las ciudades.

Gente que se envenenaba con pastillas, con alcohol, con insomnios aterradores, con veinte horas de cama todos los días.

Lo intentaron, pero no lo consiguieron.

Gente a quien le sobraba tres cuartas partes de su pequeño frigorífico.

Gente que no tenía con quién hablar semanas enteras.

Gente que no comía por no comer sola.

Son hermosos igualmente, te lo juro.

Resplandecerán un día.

Nombremos todo aquello que nos convirtió en seres humanos.

Para que no haya miedo, ni envidia, ni maldad.

Amo, celebro, y exalto todos los hundimientos de todos los seres humanos que pisaron este mundo.

Porque el fracaso no existió jamás, porque no es justo el fracaso y nadie merece fracasar, absolutamente nadie.

Manuel Vilas

Referencia del libro:

Caellas, Marc. Notas de suicidio. Tercera edición. Ediciones La uÑa RoTa. España, 2023.

Categorías
Toxicología

Cuestión de decisiones

“Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”

Refrán.

(foto original tomada en Salento, Quindío, Colombia)

Tengo un amigo que me contó la historia de su nombre. Llamémosle “Óscar”. Óscar me contó que su padre lo llamó Óscar porque él, su padre, también se llama Óscar, y así mismo su padre, o sea el abuelo de Óscar, y el padre de su padre, es decir, el bisabuelo de Óscar. A su vez, el padre de Óscar se había separado de la mamá de Óscar, y en otro matrimonio tuvo un hijo al cuál llamó también Óscar. Así que Óscar, mi amigo, tiene un hermano medio que también se llama como él, Óscar. Recientemente Óscar, mi amigo, tuvo un bebé, un niño. Y pues lógicamente su familia esperaba que siguiera la inercia de los nombres de los varones de esa línea. Era su ineludible destino. Ese bebé estaba condenado por los númenes a llamarse Óscar, pero Óscar, mi amigo, como un ser que puede tomar decisiones distintas, optó por un nombre diferente. Él y su esposa decidieron llamar a su hijo (digámosle) Juan Camilo. Y así, con Juan Camilo, acabó la dinastía de los Óscar y nadie pudo evitarlo. Y con ello y con su hijo Juan Camilo, Óscar y su esposa, están felices.

La base genética es importante en muchas enfermedades del ser humano. Incluso puede “destinarnos” a sufrir de alguna dolencia y por ello, si eso ya se sabe, es que las personas pueden establecer estrategias para tratar de evitar o retrasar la aparición de tales condiciones. Si yo tengo una base genética de diabetes, pues ajusto mi dieta y hago ejercicio. Si tengo herencia de cáncer, pues me hago los seguimientos periódicos necesarios y los exámenes que la evidencia científica actual sugiera. Es el destino, al parecer, de todo aquel que tenga familiares, sobre todo de primer grado, que hayan sufrido alguna enfermedad de base genética, y por ello los médicos al diligenciar la historia clínica preguntamos por los famosos “antecedentes familiares”.

Así como las vidas, los árboles también generan su reflejo (foto original tomada en el Jardín Japonés de Buenos Aires, Argentina).

Las adicciones a drogas, cigarrillo o alcohol no son ajenas a esta situación. Existen publicaciones que afirman que los factores genéticos pueden asociarse con el 40 a 60% del riesgo de desarrollar trastornos por uso de sustancias y también con la facilidad con la que una sustancia con potencial adictivo pueda generar efectos placenteros intensos en una persona, lo cual favorecerá el desarrollo de una adicción. En este orden de ideas, una persona que es hijo o hija de padre o madre con historia de consumo de sustancias de abuso, puede esperarse que tenga entonces genes que le favorezcan esta problemática, y aun más, si tiene hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, tíos o tías con esta condición. Y por ello, idealmente, esa persona debería evitar exponerse en la medida de sus posibilidades y deseos a esa sustancia a la cual puede adaptarse tan fácilmente.

No obstante, en el contexto de las adicciones, la genética no es un factor de riesgo único. Ni siquiera es el más preponderante, si es que hay alguno que lo sea. En la diversidad de historias de vida que involucran algún trastorno adictivo, se pueden encontrar aquellas familias funcionales y sin situaciones de consumos de sustancias, al menos problemáticos, en las que por alguna razón alguno de sus vástagos se convierte en el primer caso de la línea y desarrolla una adicción. El “hijo calavera” le llamarían algunos. Y también puede estar la persona que no tiene trastornos adictivos, y que de hecho les rehuye, que proviene de una familia en donde el consumo problemático de licor o drogas es una situación transversal en todos sus integrantes. ¿Qué hace entonces la diferencia?

Existen muchos otros factores que se relacionan con el riesgo de que una persona cualquiera desarrolle un consumo problemático de alguna sustancia. Algunos de ellos son factores de riesgo, es decir, que facilitan el desarrollo de la adicción o allanan el terreno para que ésta se presente. Y otros son factores protectores, que en otras palabras corresponden a aquellas circunstancias que fortalecen la capacidad del individuo para evitar esa problemática o incluso para salir de ella si es que resultó inmerso en algún momento de su vida. Estos factores, de riesgo o protectores, son de diferentes clases y provienen, ya sea del individuo, como su personalidad o su resiliencia, de su familia, o de la comunidad en la que se desenvuelven diferentes aspectos de su vida (relaciones interpersonales, estudio, trabajo, afectividad, hobbies, etc).

Los árboles, testigos silenciosos de episodios difíciles de olvidar (foto original tomada en el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín, Alemania)

Un niño o una niña pueden nacer, por los azares del destino, en una familia en donde el consumo de alguna sustancia (licor, cigarrillo o drogas), sea algo habitual y que se haya venido normalizando con el paso del tiempo. Incluso puede llegar a ser visto como algo “bueno”. Es “normal” que en épocas de fiesta, como por ejemplo diciembre, se tome licor; “es que el tío es un borracho y así es él”; “es que el primo tiene que fumar marihuana para dormir porque si no fuma no duerme en toda la noche”; “es que si la mamá no fuma, la matan el estrés o la ansiedad”. Y así, el asunto del consumo pasa a ser algo implícito en la historia de esa familia. Y ese niño o esa niña que crecen en ese hogar, van entrando en sintonía con esa forma acrítica de concebir el consumo de sustancias. Ello corresponde a un importante factor de riesgo para que desarrolle ese mismo consumo en el futuro, más si hay falta de un control parental efectivo.

A circunstancias similares se pueden ver enfrentados un niño o una niña en el barrio en el que crece y en el que consigue sus primeros amigos(as) o en el colegio en donde empieza a estudiar y forma vínculos estrechos con compañeros(as) de clase. Si en esos entornos el consumo es algo normal y que pobremente se vigila y se controla, también será visto por ese niño o esa niña, en la medida en que van creciendo, como una dinámica a la cual también se puede integrar sin mayor resistencia. Se mete entonces, a ciegas y sin pensarlo mucho, a ese carrusel que va girando constantemente, y que para todos los que lo o la rodean, es lo normal.

Ya en la adolescencia es cuando un joven o una joven son el blanco de la presión social, y aquí es cuando son más vulnerables al consumo. Es por eso que cuando se habla de factores de riesgo para el desarrollo de un trastorno por uso de sustancias, esta población es usualmente la más mencionada. Dependerá de los recursos psicológicos que el adolescente tenga para contener la presión de sus pares, la cual será más intensa si el círculo del que se rodea es de consumo de sustancias. Así mismo, si el o la adolescente se encuentra en un entorno de fácil accesibilidad y de pobre control, y a ello se suma el poco respaldo de la familia desde lo educativo, seguramente la resultante de ese juego de factores es que este joven o esta joven terminará permitiéndose el experimentar la sustancia ofrecida.

De la corteza del árbol pueden surgir nuevas historias (foto original tomada en el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice, Croacia)

Sin embargo, el hecho de que se cumplan algunas de esas variables, no es una sentencia a la adicción, aun si la genética no juega a favor. Existen también factores protectores, como lo son el control parental, las políticas de prevención al consumo de drogas en la escuela y en la comunidad, la educación, y la capacidad que tengan los y las jóvenes de responder a la presión social y al matoneo que provenga de sus pares. Esta capacidad, que es muy importante, estará fundamentada, al menos en lo que tiene que ver con el consumo de sustancias, en la información de base que ese joven traiga de respaldo, y que haya sido brindada por sus padres o por sus tutores. También se respalda de la prospección que el adolescente tenga en su vida, lo cual irá muy en línea con la diversidad de actividades curriculares y extracurriculares que realice, y el avance que tenga en las mismas. Una mente ocupada y que tenga proyectos es más difícil que se deje permear por estos impulsos. Los propósitos de vida tienden a seguir su curso y evitan todo aquello que los entorpezca, sobre todo si son exitosos.

Pero digamos que una persona X o Y expuesta factores de riesgo y a pesar de los factores protectores, termina cediendo al consumo de sustancias y ello, con el paso del tiempo y ya en la adultez, se le va volviendo un problema en su vida. A los ojos de la lógica, mientras más tiempo pase en el consumo y en la medida en que diferentes aspectos de su vida se vayan deteriorando, será más difícil que se recupere y tome la decisión de dejar el consumo, más si el consumo se inició desde la niñez o la adolescencia. La familia y la comunidad que rodean a esta persona a manera de sentencia dirá que ya su rehabilitación es imposible, porque “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”, como dice el viejo adagio.

¿Esta persona entonces de acuerdo a ese refrán está condenada al abismo de las adicciones? Quizá la sabiduría popular nos lo afirma y muchos dirán que así es. No obstante, es una mirada que niega de tajo la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su futuro. Independientemente de los avatares entre los factores de riesgo y protectores, una persona puede tomar la decisión de hacer algo por resolver aquello que considere un problema y un escollo para su vida. Parte esa posibilidad de ahí, precisamente, de considerar esto un problema, porque nadie buscará una solución a algo que no considera problemático. Una vez se cumpla ello, y si la persona así lo desea y lo decide, puede iniciar un camino de regreso a la superficie, desde el fondo, y quizá en ese retorno se de cuenta que necesita ayuda y que individualmente, no podrá hacerlo.

Es bueno creer entonces en la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su vida. Tal vez, nunca es tarde para volver a empezar. El árbol que nació torcido puede también elevar sus ramas hacia el cielo. En cualquier momento una persona puede tomar la decisión de dejarse de llamar Óscar.

…elevar las ramas hacia el cielo (foto original tomada en el Parque de los Salados, en El Retiro, Antioquia, Colombia).