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Toxicología

Un placer real. Una condena incomprendida.

“No se deje engañar por lo que aparezca en la superficie.

En las profundidades es donde todo se vuelve ley”

Rainer María Rilke
Altar a San Antonio en el barrio Alfama de Lisboa
Altar a San Antonio en el barrio Alfama de Lisboa, Portugal.

El café activa a una persona que está trabajando y hasta le ayuda a hacer digestión si acaba de almorzar. Algo similar le puede ofrecer a un estudiante el cigarrillo o el vaping. El licor le abre la posibilidad al tímido de bailar, de hablar y hasta de coquetear. La cocaína le ayuda a los que toman licor a superar la borrachera y les induce una activación energética que los despierta y los pone en acción. La marihuana relaja a la persona que va camino a su trabajo o, en la noche, le ayuda a conciliar un sueño agradable. La heroína induce una sensación de euforia que otro estímulo difícilmente podría igualar… y así sucesivamente. Esto es sólo una muestra de efectos que a las personas les pueden resultar útiles o agradables de las drogas o el alcohol. No sabemos si esto es bueno o malo, adecuado o inadecuado, aceptable o inaceptable, moral o inmoral. Solo saberlo podemos considerarlo, por ahora, un primer paso para alcanzar un mejor entendimiento de la realidad del consumo de sustancias. Pero, a decir verdad, el asunto es más complejo de lo que parece.

Un placer real

El alcohol y las drogas inducen en las personas un placer que se puede demostrar científicamente desde la neurobiología del cerebro. Es innegable y es mejor reconocerlo como tal, que tratar de ocultarlo debajo de justificaciones artificiosas. Si los usuarios de sustancias están considerando la posibilidad de dejar el consumo, deberían empezar por desenmascarar este hecho: admitir que encuentran un placer en la sustancia y que les gusta sentirlo. Por otro lado, las personas que no consumen pueden también partir desde ese punto de vista para entender en principio a quienes sí consumen, lo cual no significa validar su uso. Entender no significa ser permisivo. Comprender no es acolitar.

Fisiológicamente hablando, los seres humanos tenemos la capacidad de sentir placer cuando llevamos a cabo alguna actividad de nuestro gusto, como puede ser comer, practicar deporte, escuchar música, ver películas, conversar con un amigo, hacer el amor, bailar, viajar, producir arte, dormir, etc. Al sentir placer queremos repetir eso que nos gusta. Hacemos reiteradamente aquello que produce satisfacción para tener esa sensación cuantas veces que sea posible. A esa sensación agradable se le llama recompensa. Y para la naturaleza humana, las recompensas son normales. No tienen nada de malo. Pueden hacer que la vida sea más llevadera y bonita. Son aquello que balancea la obligación que se tiene de hacer otras actividades que quizá sean obligadas y no tan placenteras. En ese orden de ideas incluso las recompensas son útiles evolutivamente hablando pues permiten el progreso del ser humano en la realización de diferentes actividades. Según el individuo, una cosa le puede generar más recompensa que otra. A una persona le puede gustar más hacer deporte y bailar que a otra, y a esa otra le puede gustar más leer y ver cine, que la actividad física. Y esa diferencia está bien, es natural, ¿qué tal que a todos nos gustara lo mismo?

Vista de Lisboa desde el Miradouro do recolhimento (Lisboa, Portugal)

Pero pasa que algunas sustancias también tienen ese potencial, y mucho, de inducir efectos placenteros y recreativos. El alcohol y las drogas son compuestos que en el individuo generan recompensas extrafisiológicas que son bastante intensas, no equiparables a aquellas que llamamos naturales. En ocasiones las personas las usan para reforzar el placer sentido en otras actividades, como por ejemplo tomar y bailar, fumar y leer, drogarse y tener actividad sexual, no obstante, el consumo va desplazando paulatinamente las cosas que no tienen la capacidad de inducir una recompensa tan intensa.

Y es que el alcohol y las drogas producen placeres que al ser tan intensos superan las recompensas de las actividades que no involucran el consumo de sustancias, y por ende lo demás, como se dice coloquialmente, “pierde la gracia”. No será lo mismo pasear que consumir. No valen la pena las salidas, las amistades, los vínculos familiares o de pareja, el deporte o hasta el sexo, si hay otra fuente artificial e inmediata de un placer mucho más potente y efectivo. ¿Para qué salir con la familia si eso no me genera la satisfacción que espero? ¿Qué sentido tiene esforzarme estudiando o trabajando si los réditos no son instantáneos? ¿El sexo? antes era agradable pero ya hay algo mejor, podría decir alguien.

Una condena incomprendida.

Los que rodean al consumidor no lo entienden. Si la persona antes gustaba de hacer deporte, leer, ver películas, etc. ¿por qué ya no lo disfruta? Pareciera que sólo le interesa consumir. La triste realidad es que así es. Su cerebro ahora no genera las mismas recompensas con actividades que no tienen el potencial de inducirlas con tal intensidad. Para esa persona ya esas salidas, esos juegos, esos encuentros que otrora disfrutaba, ya no valen la pena, lo cual es muy triste porque impacta negativamente una relación filial o de pareja. De ahí parte de los conflictos familiares que surgen en aquellos hogares en los que hay un consumidor. Empieza un tira y afloje, una tensión que resulta entre el deseo de la familia de que la persona vuelva a ser la misma de antes y la preferencia de aquel que quiere es estar consumiendo, pues si deja de hacerlo, empezará a sentirse mal.

Vista del Ponte 25 de Abril desde el malecón del río Tajo, en Lisboa, Portugal.

Ese “empezar a sentirse mal” es otro aspecto que es necesario entender. El alcohol y las drogas tienen el potencial de inducir cambios cerebrales y orgánicos como adaptaciones al efecto constante de una sustancia que modifica la bioquímica de las neuronas y otras células. El cerebro trata de conservar su estabilidad y funcionalidad aun en la presencia de ese (o esos) nuevo(s) invitado(s). Después de un tiempo de consumo repetitivo, es decir, cuando ello se va volviendo un hábito, el cerebro finalmente logra tolerar la presencia de ese extraño compuesto en un fenómeno que precísamente se conoce como tolerancia, y ahí es cuando el individuo deja de percibir la sensación que busca con la cantidad que corrientemente usaba de la sustancia. Como esa dosis ya no le induce lo que espera, procede entonces a progresivamente ir incrementando el consumo, ya sea en términos de tamaño de la dosis o de su frecuencia…¡o de ambos!

Lo contradictorio del asunto es que aunque el cerebro y el cuerpo tienen que acomodarse a la presencia de este nuevo invitado molecular, ya no pueden vivir sin la presencia del mismo. Una literal relación tóxica. Por ello si el individuo por algún razón no consume, desarrollará una enfermedad que se conoce como síndrome de abstinencia, que a veces puede ser tan severo que obliga al afectado a tener que consultar al médico o incluso llegar a requerir tratamientos hospitalarios. En ese orden de ideas el adicto “debe” consumir para poder sentirse bien, lo cual es bueno que la familia sepa en aras de comprender el por qué el consumidor no puede simplemente dejar de consumir y ya, que sería lo más lógico y esperable que haga cuando asegura que va a dejar de hacerlo. El asunto no es tan fácil. No es sólo cuestión de “fuerza de voluntad”. Si el adicto no consume se va a sentir enfermo de la abstinencia, la cual, mientras mas tiempo tenga de progresar, más grande, más problemática y más insoportable se va haciendo. Y, parafraseando la popular máxima, “quien lo vive es quien lo sufre”.

Padrão dos descobrimentos (Lisboa, Portugal).

Ir más allá en un esfuerzo para entender.

En definitiva, las personas que no consumen sustancias pueden aprender de todo lo relacionado con los trastornos adictivos, y a través de ese ejercicio pueden entender a aquel que padece esa condición. Deben saber que las drogas generan un placer que supera los placeres naturalmente inducidos, y que no es tan fácil para aquel que lo experimenta, renunciar al mismo u olvidarlo definitivamente. Deben entender que el consumo habitual va induciendo cambios en la bioquímica del cerebro y de otros órganos de manera en que éstos se ven obligados a adaptarse a la presencia constante de la sustancia, y que si por alguna razón la misma deja de llegar, aparecerá el síndrome de abstinencia con todos sus síntomas desagradables y eventualmente, peligrosos. Por ello, al consumidor con tolerancia inducida se le dificulta dejar de consumir, así lo esté considerando. No es cuestión de que no tenga fuerza de voluntad.

Saber todo ello es necesario para entender y comprender las situaciones derivadas del consumo de sustancias, sin caer en juicios de valor. Y si se teme llegar a la condescendencia, ya se dijo previamente que entender no significa ser permisivo y comprender no es acolitar. Saber esto es un buen principio para reconocer al consumidor como un enfermo, y no como un “vicioso”. Es sólo un principio. Trascender al juicio moral para entender desde el conocimiento: esa es una mejor actitud. Un buen punto de partida.

Arte en azulejos en el barrio Alfaba de Lisboa, Portugal.
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Literatura

Mario Escobar Velásquez (fragmentos)

De los buenos escritores pueden extraerse fragmentos que pueden perdurar aislados de la obra como máximas. En este caso, del escritor antioqueño Mario Escobar Velásquez, fallecido en 2007 en Medellín. Uno de esos escritores que vale la pena disfrutar por la perfección de su estilo y la riqueza de su lenguaje.

De la novela Toda esa gente (1985):

«(…) no querer ser sabio es ya serlo, no querer tener riquezas es ya disfrutarlas, no ambicionar nada es tenerlo todo». 

«Porque hay cosas que no se entienden bien sino hasta que se viven: la sabiduría de los humanistas viene del mucho vivir» 

«No era un mal bagaje: las penas y las carencias se acrecientan con la no aceptación, y no quejarse y no lamentarse conceden fortalezas insospechadas por quienes gimen o gañen. Las lágrimas debilitan, las quejas erosionan. La fortaleza consiste en aguantar»

«Su niñez estuvo rodeada de mimos que pudieron haber hecho de ella una de esas mujeres abominables que creen que todo les es debido»

«Era simpática y era femenina, y como tuvo siempre las mejores ropas, cuando anduvo por los quince años hasta los dieciocho atrajo a los pretendientes como un plato de miel a las moscas. En esa edad las mujeres tienen la gracia de las cosas inacabadas: son todo promesas de perfección que las más de las veces no cristalizaban, pero que ya en su promesa son de algún modo la perfección»

«…pocas cosas son más desoladoras que un viejo llorando» 

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Toxicología

Toxicología para no toxicólogos

Este texto está dirigido para los que no son médicos. Pero también para los que lo son, porque dicen, así como con respecto a otras especialidades, que la toxicología es una «ciencia oculta». Valga entonces empezar desde lo básico, usando un lenguaje igualmente básico. Llamémoslo entonces también: Toxicología para dummies, usufructuando el nombre de esa popular serie de libros.

Una intoxicación es la condición en salud que se genera como consecuencia del contacto agudo o crónico con una o varias sustancias, que según la dosis o su peligrosidad, pueden inducir alteraciones orgánicas o psíquicas como consecuencia directa del efecto de las mismas sobre los procesos moleculares normales del organismo o sobre la integridad celular. Estas alteraciones pueden darse a corto, mediano o largo plazo, según las características toxicodinámicas de la o las sustancias y según el tipo de contacto que tenga la persona a las mismas. El contacto con animales venenosos no se considera una intoxicación y por ello el problema de salud consecuencia de picaduras, mordeduras o contacto con los mismos se denomina mejor envenenamiento

Intoxicaciones según el contexto

En la atención general existen diferentes pacientes propios de la toxicología clínica, a los cuales puede verse enfrentado el personal de la salud. Al servicio de urgencias pueden llegar pacientes con intoxicaciones voluntarias (intentos suicidas o sobredosis de drogas), involuntarias (intoxicaciones accidentales, víctimas de intoxicaciones delincuenciales y envenenamientos por plantas o animales), y finalmente, los síndromes de abstinencia, como causa primaria de ingreso a urgencias. En servicios ambulatorios, es decir, en consulta externa, pueden verse pacientes con exposiciones ocupacionales a tóxicos, con efectos crónicos y tardíos de sustancias o medicamentos, multimedicados, con uso prolongado de medicamentos y pacientes con adicción a sustancias de abuso.  En el contexto hospitalario se pueden encontrar pacientes con problemas relacionados con medicamentos (reacciones adversas, interacciones medicamentosas y errores en la administración de medicamentos), aquellos con antecedentes de consumos y que durante una estancia hospitalaria desarrollan síndromes de abstinencias. 

Intoxicaciones según el grupo de edad

Si bien los eventos toxicológicos pueden darse a cualquier edad, sí hay algunos grupos de edad que son más propensos a sufrir algunos tipos de intoxicaciones, lo cual no significa que éstas sean exclusivas de esos grupos, o viceversa. Si hablamos, por ejemplo, de intoxicaciones accidentales, pues son los niños en los que primero pensamos, pues por su actitud exploratoria y su tendencia de llevarse objetos a la boca, son un grupo especialmente susceptible a este tipo de contactos. No obstante, los ancianos también pueden serlo en situaciones como por ejemplo errores en la medicación, como serían por tomar medicamentos en la oscuridad, que es un riesgo para tomar un fármaco en lugar de otro, o por olvido de la dosis de un medicamento el cual ya el paciente tomó, entre otros eventos propios de este grupo.

Si nos referimos a las adicciones y a los intentos suicidas, pensaremos más en los adolescentes y adultos jóvenes, que probablemente serán la población más numerosa afectada por este tipo de eventos.

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Literatura

Un mundo feliz

Las utopías parecen ser mucho más alcanzables de lo que se creía anteriormente.  Y actualmente nos enfrentamos a una pregunta aterradora muy diferente: ¿Cómo evitar su realización final…?  Las utopías son alcanzables.  La vida camina hacia las utopías.  Y quizás está comenzando un nuevo siglo, un siglo en el que los intelectuales y la clase educada volverán a los medios para evitar las utopías y regresar a una sociedad no utópica, menos «perfecta» y más libre. 

Nicolas Berdiaeff

Las distopías son un género literario bien interesante. ¿Cómo se imaginó algún autor el futuro? Hoy encontramos que algunas de aquellas ideas imaginadas, guardando las proporciones, son reales.

A continuación comparto una reseña personal de mi lectura de Un mundo feliz, de Aldoux Huxley

Después de la guerra de los nueve años, en el mundo se desarrolla una sociedad perfecta, libre de conflictos, de enfermedades y de cualquier miseria humana. Funciona como un mecanismo sin fallas, puesto que cada miembro de la población tiene unas tareas muy específicas, sencillas y repetitivas, a las cuales se está predestinado, ya que el control de las personas se ejerce desde el periodo embrionario en este futuro en el que hombres y mujeres se producen en especies de fábricas que sustituyen la naturaleza de la procreación humana.

Quizá como una alegoría a la producción en masa, la historia de la humanidad en Un mundo feliz está partida en antes de Ford y después de Ford (o mejor, “de nuestro Ford”), y si bien nunca se hace una referencia directa a Henry Ford, es imposible no imaginárselo así. No obstante, no es que Ford sea un dios o algo parecido, pues la religión fue uno de los rasgos de humanidad que se queda atrás en la historia, relegada a un comportamiento no civilizado. Ford es mas bien una figura fundamental que cambió la historia y como tal, es un modelo de admiración casi celestial, y cuyo nombre se usa para exaltar personalidades al denominarlas como Su Fordería, o incluso haciendo parte del lenguaje coloquial cuando se quiere expresar sorpresa (¡oh Ford! o ¡por Ford!). 

Los seres humanos desde el momento del nacimiento (o más específicamente, de la decantación), harán parte de cada una de las castas que conforman la población, según el tipo de desarrollo al que fueron sometidos durante el periodo embrionario. De esta forma los más inteligentes (los llamados alfa mas y los alfa menos, seguidos por los beta), serán los que ocupen los cargos más importantes o las tareas más especializadas, y quienes gozarán también de más privilegios, y luego de ahí para abajo vienen los gamma, los delta y finalmente los épsilon, que son los seres que desempeñan las labores mas básicas y que incluso son producidos repetitivamente, como grupos numerosos de gemelos idénticos (llamados grupos Bokanovski), que surgen de las repetidas divisiones a las que se somete un mismo óvulo.

Lo curioso es que independientemente de la tarea que se desempeñe, ya sea una tarea especializada o una sencilla, cada persona es feliz con lo que hace, y mas allá de eso, no desearía, y hasta le desagradaría, desempeñar las labores que ejerce otra persona, así sean las labores más productivas y admirables (tal vez de ahí el nombre traducido de Un mundo feliz). Esto se logra hábilmente al predestinar a cada uno a su tarea, gracias a las avanzadas técnicas de fecundación in vitro y de desarrollo de los embriones, y así mismo de la “crianza” de los niños y niñas en los sectores correspondientes de la fábrica, en la que se les estimulan las conductas específicas de su casta y se les controlan las sensaciones que irán enfrentando en el futuro, incluyendo al erotismo, que puntualmente a través de juegos se permite que se desenvuelva en completa libertad.

Muchas otras conductas se les inculcan a través de lo que llaman hipnopedia, que es una técnica que se menciona varias veces en la novela, y que corresponde a los discursos cortos y repetitivos a los que se exponen los niños y los adolescentes durante las horas de sueño, y que es una estrategia de enseñanza. Sin embargo, no es el aprendizaje técnico el que se imparte de esta forma, sino mas bien el aprendizaje de comportamientos y de actitudes humanas que en el futuro determinarán las decisiones de cada uno en favor del funcionamiento adecuado de la sociedad. El resultado es que algunas respuestas que los “hipnopedizados” emiten ante ciertas situaciones, son casi que discursos automáticos e idénticos que surgen espontáneamente, producto de ese guion aprendido a punta de repeticiones.

La vida de los seres humanos en ese mundo feliz se reduce a cumplir con sus labores en horarios de oficina, y a tener luego horas de esparcimiento en su tiempo libre, en las que satisfacen todos sus deseos de diversión y de placer de cualquier índole, incluyendo el placer sexual. No existen relaciones afectivas. De hecho, la filosofía de las relaciones humanas se basa en que “todo el mundo pertenece a todo el mundo”, y en ese orden de ideas no se ve bien (ni se siente bien), que una mujer o un hombre se dediquen a una sola pareja, y por ello la promiscuidad, que no se percibe tan mal como suena en nuestra realidad, es normal, y para la tranquilidad de todos, y aunque ni siquiera piensen ya en ello, no hay enfermedades de transmisión sexual ni riesgo de embarazos, porque respectivamente las personas son inmunizadas desde la “gestación” a diferentes enfermedades y las mujeres permanentemente llevan a cabo sus ejercicios anticonceptivos, además de que hay seres hermafroditas que ya de entrada son infértiles.

Las diversiones son muy básicas. El golf con obstáculos o el electromagnético, el tenis, las visitas al sonorama, que es un cine multisensorial en el que se proyectan (y se sienten) películas con unos guiones bastante sosos pero al parecer entretenidos. La música sintética que permanentemente suena en todos lados, los grifos de perfume y de agua de colonia, y las sustancias que sustituyen las sensaciones (o las camuflan), como el “soma” (una especie de droga), el sucedáneo de embarazo y el sucedáneo de pasión violenta. Cualquier emoción que sea natural en el ser humano, pero que por el contexto y el estilo de vida que se vive en el mundo feliz ya no existe, es perfectamente reemplazada por alguna sustancia, y de ahí la denominación de “sucedáneos”.

Los humanos simplemente son felices. No tienen aspiraciones, ni sentimientos propios, ni soledad, ni Dios. Toda su vida discurre entre el trabajo en el que son felices haciendo lo que le corresponde, y con el elemental entretenimiento que se les ofrece en sus ratos de ocio. Y así hasta que envejecen sin envejecer, pues sólo se van desgastando orgánicamente sin que en el aspecto exterior se note, y mueren con un cuerpo lozano y bello en el llamado Hospital de moribundos, en donde son hipnotizados con programas de TV e inundados de soma, y siendo objeto de aprendizaje de los grupos de niños a los que llevan a que se familiaricen con la muerte. Es así que aun los moribundos son útiles, no solo por ésto, sino también porque una vez fallecen son cremados en hornos adaptados para conservar el fósforo corporal que se recupera de este proceso.

Entonces todo funciona bien, y la rueda permanentemente está (y estará) girando. Todos hacen lo que les corresponde hacer y son felices haciéndolo, sin envidias, sin competencias, sin egos. Cada quien está satisfecho con lo que hace y no aspira a nada más. No hay literatura y no hay arte, porque literatura y arte son revolucionarios. No hay política y no hay religión, y tampoco se necesitan. Igual hay líderes (alfa mas), quienes garantizan que todo siga así. De hecho Mustafá Mond, uno de ellos, y que es un personaje que hace recordar al O’Brien de 1984 o incluso al Gran Hermano, censura cuando tiene que censurar, y determina el destino de todo aquel que empiece a pensar diferente, a preguntarse o a comportarse en contravía de lo aceptable. Tiene acceso a obras literarias del pasado y a la Biblia, y aunque sabe que todo eso es valioso, no permite su publicación, y no tanto porque sea revolucionario, sino porque simple y sencillamente nadie lo entendería, ya que ni siquiera el concepto de madre e hijo es comprensible, e incluso genera risa y hasta desagrado.

Toda esta historia, así como en 1984, discurre en Londres. ¿Y qué pasa con el resto del mundo? Pues esa sociedad evolucionada está en muchos países a los cuales no se hace referencia, pero sí se menciona a América, o al menos una parte de ella, en donde está “La reserva”, que es donde viven “los salvajes”, unos seres humanos primitivos que siguen reproduciéndose a la antigua, teniendo relaciones familiares y maritales, valorando la fidelidad afectiva y venerando dioses. Aquí se deja ver de nuevo el odioso cliché de los países desarrollados, de ver a los latinoamericanos como aborígenes, ya que geográficamente la reserva se ubica en Nuevo México (y de ahí para abajo). Adicionalmente los rasgos de sus habitantes son descritos como aindiados, y ese mundo feliz tiene viviendo a los salvajes en un amplio territorio rodeado de cercas electrificadas (como una especie de Jurassic Park), al cual se puede acceder solo con permisos especiales emitidos por las Forderías más elevadas.

De ahí surge el personaje de John el salvaje, quien representa ese curioso comportamiento que es objeto de admiración, sorpresa e interés por parte de los civilizados habitantes de Londres. John el salvaje no entiende de Forderías, de sonorama, de música sintética, de soma, de sucedáneos, de grupos bokanovski ni de eso de “todo el mundo pertenece a todo el mundo”. John viene siendo, a la postre, mas humano que todos esos seres producidos en masa. Si bien tiene comportamientos extraños, se parece más a nuestra actualidad y a nuestra realidad, que lo que se parecerían los habitantes de Londres. Es John el salvaje quien reta la realidad de los civilizados, aunque esta resulta ser irrompible. Al fin y al cabo los civilizados son seres producidos en masa, ya predestinados e incapacitados para pensar diferente, y el que por alguna razón pueda hacerlo, será enviado a una isla muy alejada, en donde no pueda poner a tambalear el funcionamiento perfecto de la sociedad.

Supuesta mente es entonces un mundo feliz el tal mundo feliz. Pero, ¿es feliz en realidad? Mas bien es un mundo funcional libre de problemas. El título original de la obra es Brave new world, frase que surge de una línea Shakesperiana. La traducción más correcta al castellano sería Espléndido nuevo mundo, pero bueno, quedémonos con el Mundo feliz. Y es feliz porque todos están satisfechos haciendo lo que hacen y disfrutando de los más elementales entretenimientos. Pero la verdad es que la felicidad es lo que menos hay, y si surgen sentimientos contrarios, está el soma, y todos los demás sucedáneos que amortiguan lo desagradable. ¿Será este el futuro de la humanidad? O no es más que una distopía. Tal vez la felicidad plena no es la esencia del ser humano, o al menos no esa felicidad. Las pasiones y los vaivenes emocionales parecen ser parte inherente del ser humano, al igual que el arte y la religión. Al fin y al cabo eso es lo que nos hace humanos, y esas son las huellas que vamos dejando en la historia.