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Toxicología

El consuelo de los tontos

La parábola de los ciegos, de Pieter Brueghel el Viejo (1568)

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, refrán popular. 

Si a uno le preguntaran ¿a quién admiras?, no sería raro pensar al instante en alguien famoso, a quien de pronto por sus cualidades físicas, artísticas, empresariales, intelectuales o deportivas, por mencionar algunas, cualquiera desearía parecerse pues quizá se añore tener algo similar que brinde poder, belleza o reconocimiento. Nadie niega que tal vez la vida así sería mucho más fácil y entretenida, libre de esfuerzos y de sacrificios, con las necesidades ya resueltas, sin tantos problemas ni afanes. 

Si luego sugiera la pregunta ¿a quién sigues?, se podría indagar primero en qué sentido se hace la pregunta, si en sentido religioso, político, deportivo o si se indaga por quién se sigue en redes sociales, como Instagram, Tik Tok o X, entre otras. Tal vez uno siga personas, organizaciones, comunidades o entidades, ya sea por algún interés particular o solo lo hace por curiosidad. 

Pero surge luego una pregunta un poco más íntima y específica, y es ¿con qué te conformas? Este planteamiento es, a su vez, mucho más desafiante, porque de entrada la palabra “conformarse” dicta una especie de sentencia definitiva pues sugiere que no hay nada más allá, y que ese conformismo se puede dar por desinterés o porque en realidad no es posible alcanzar algo más. No obstante, conformarse no es equivalente a estar tranquilo y en paz con lo que se tiene. Puede ser un reflejo de la mediocridad o un enmascaramiento de la incapacidad o desmotivación por luchar por algo mejor. 

Proverbios Flamencos, de Pieter Brueghel el Viejo (1551-9)

Las drogas y el conformismo 

En materia de adicciones, no es complicado notar como a nivel mundial el panorama va siendo peor en la medida en que pasa el tiempo. Comparando con épocas pasadas, los jóvenes de ahora tienen un mayor conocimiento acerca de las drogas, pero no en sentido académico, sino más bien en cuanto a su diversidad, efectos y formas de uso, y también tienen un mejor acceso a las mismas, en términos de disponibilidad y costo. La globalización, en este sentido, juega en contra de la inocencia de la niñez y de la juventud, y ello complica aún más el desafío que genera el impacto social por el consumo de sustancias. 

Lo más triste de todo esto, es que debido a la expansión del conocimiento y de la disponibilidad de las drogas, ciertas conductas y tendencias se van normalizando y así, se transforman en costumbres implícitamente aceptadas en la comunidad. Es por ello que para la gente es normal que se consuma en ciertas épocas o circunstancias específicas: es “normal”, por ejemplo, que la gente en diciembre consuma licor. Es “normal” que en las fiestas las personas se emborrachen o se droguen. Es “normal” que las personas que sufren de estrés fumen. Es “normal” que los estudiantes o los trabajadores usen estimulantes para poder rendir. Es “normal” que los deportistas se dopen para poder ganar. Es “normal” que en ciertos barrios se fume marihuana. Es “normal” tomar cerveza para soportar el calor y para quitarse la sed. Y así muchas situaciones relacionadas con sustancias se van normalizando, se acostumbran, se van volviendo paisaje. Eso hace que sea algo que todos hacen y, por ende, es aceptable. 

Y viene nuevamente el cuestionamiento, ya en este sentido y más personalizado: ¿con qué te conformas? De pronto, con que sea “mal de muchos”, pues siendo así, algo tan común y nada raro, genera tranquilidad y calma la consciencia. Todos lo hacen y, por tanto, debe ser aceptado. Se vuelve, a través de una voltereta argumentativa, en algo natural. Automáticamente deja de ser un problema y con eso estamos bien. El complique es de los demás que lo critican porque no lo aceptan como algo normal: “son unos amargados”.  

Pero llega el momento de la vida en que algunas personas se cuestionan si esa tendencia a normalizar estas conductas es algo aceptable. Se preguntan si en realidad eso es lo que quieren para su vida y para la de su familia. Y, una vez llega esta inquietud, no estarán tranquilos en medio de la multitud que no le ve problema a esos asuntos que realmente sí son problemáticos. Con seguridad esas personas se darán cuenta que salirse del molde no es tan fácil como parece. Es necesario renunciar a muchas cosas que se habían vuelto costumbre, tanto individual como popular, y ello incluye rutinas, lugares, entornos y hasta personas, que pueden llegar a ser amigos, familiares o incluso, la pareja. 

Es por ello que son importantes esas preguntas que se hacían al inicio: ¿a quién admiramos y a quién seguimos? Porque eso sea tal vez una pequeña muestra de lo que queremos en la vida para nuestro futuro. ¿Quién es nuestro modelo a seguir? Y si para responder hay que levantar la mirada y ver a quienes están un poco más arriba, quizá esté bien. No se puede mirar para los lados, a los que están a nuestro mismo nivel y mucho menos hacia abajo, a aquellos que, por las razones que sea y sin el ánimo de generar juicios morales, no se han esforzado por subir o no han podido hacerlo. 

Una analogía para entenderlo mejor

Haciendo el símil con una escalera que represente los avances en la vida, tendríamos personas paradas en diferentes niveles, unos arriba y otros abajo. Si esa escalera simboliza el trabajo necesario para subir en aras de lograr algo diferente y mejor, serviría entonces como representación de los referentes a emular de acuerdo al deseo que se tiene. Como se dijo, no sería bueno mirar a los que están en nuestro mismo nivel, pues significaría optar por seguir en las mismas, en aquella zona de confort en la que se asume que en donde estamos, estamos bien, tranquilos “porque hay otros que están peor”. Tampoco sería bueno mirar a los que están escalas abajo, pues sería aspirar por un retroceso y así dificultar aun más el llegar escalas arriba. Es mejor entonces mirar a aquellos que están más adelante, más arriba, pues estos demuestran que sí hay algo mejor a lo que ya tenemos.  

Relatividad, de Maurits Cornelius Escher (1953)

Ahora bien, se debe tener claro que los avances se van dando paso a paso y por ello es mejor mirar a los más cercanos, que están solo un escalón arriba y que plantean una meta más factible, menos compleja, que requiere de compromiso mas no de una labor titánica. Seguramente hay otros mucho más arriba y si bien es un logro ideal, no se debe levantar demasiado la mirada para observarlos, porque llegar allá es difícil y puede ser frustrante pensar en el esfuerzo que habría que hacer si es que no se tiene en cuenta que en realidad ese logro es fruto de un trabajo acumulado. Es mejor pensar entonces que paso a paso se puede ir avanzando, incluso para llegar hasta la cima. 

Volviendo a las adicciones, los que estén en el mismo escalón son los que sufren las mismas situaciones que la persona que los mira, con sus dificultades y problemáticas. Aquellos que no han decidido un cambio para mejorar y que creen que como están, están bien. Viven conformes con lo que tienen. Y qué decir de los que están más abajo, aquellos que miramos sobre los hombros. Nos hacen pensar que en realidad estamos muy bien, y por ello no deben ser una referencia. Nos genera una falsa tranquilidad saber que hay otros peores, y eso nos permite regodearnos en la cómoda mediocridad. Sin embargo, esto es una trampa, un espejismo. Infortunadamente esta situación se ve mucho en los grupos de apoyo, cuando una persona nueva llega y al enterarse de las circunstancias peores de otros, asumen que antes están muy bien y que pueden seguir tranquilamente como van. 

Los que están un escalón arriba son aquellos que se han apropiado de la problemática y la han visto como tal. Han decidido empezar a hacer algo y así lleven muy poco, van avanzando. Cuando menos piensan, han logrado lo suficiente como para estar muy adelante. No se preguntan por los que siguen atrás, ni siquiera por los que están más arriba. Ya no les preocupan. Siguen adelante, convencidos de que han tomado una buena decisión. 

Procurar por el buen ejemplo 

La habilidad para detectar referentes apropiados viene de la mano de la autocrítica. En la medida en que seamos capaces de reconocer las propias falencias, podremos ver las fortalezas en los demás, ya que la introspección permite hacer lecturas adecuadas de lo bueno que acontece alrededor nuestro. No quiere decir tampoco que el buen ejemplo esté encarnado en un único individuo. Seguramente no vamos a encontrar a un nuevo mesías. El buen ejemplo en realidad está disperso en varias personas, de manera que cada uno de los que nos rodean puede aportar información útil de acuerdo a sus vivencias. Es uno, con los ojos y los oídos adecuados, el que puede detectar qué le sirve y qué no, según sus propias circunstancias y necesidades. Hay que dejarse permear por la realidad que nos rodea, dudar de nuestras propias convicciones, tener la capacidad de desaprender conductas y decidir no quedarse en la zona de confort. 

¿Con qué te vas a conformar entonces? ¿Con empeorar? ¿con quedarte a la par de tus semejantes? Si este es el pensamiento, estarás estancado definitivamente en tu cómodo escalón, considerando ciegamente que como estás, estás bien, y entrando en conflicto con toda aquella persona que te lleve la contraria o que te confronte diciéndote que en realidad las cosas no van tan bien como crees. Por el contrario, si tus referentes son aquellos que van adelante, convencidos de su camino de recuperación, así sea que no lleven mucha ventaja, es mucho mejor. Tras sus pasos tendrás un avance firme y, sobre todo, inmune a las críticas implacables que lloverán de parte de quienes no estan tranquilos viendo a los que decidieron escalar. Esas personas, en el fondo, viven incómodos con los cuestionamientos silenciosos que les generan las personas que progresan sin dudar.

© Todos los textos de http://www.venenodelbueno.net son de la autoría de José Julián Aristizábal Hernández 

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Toxicología

Un niño malcriado

El cerebro del adicto es como un niño malcriado

al que sí o sí hay que complacer

Todos conocemos esa situación característica de aquellos que llaman “niños malcriados”. El contexto usual es el del niño que hace el “berrinche” o la “pataleta” porque no le dan gusto con algo que quiere. Es, al menos en principio, una reacción natural a un deseo irreductible que se tiene sobre un objeto que genera curiosidad o que augura entretenimiento o placer. La estrategia más básica y primaria para adquirir eso que tanto se quiere, pero que por los propios medios no se puede obtener, es lograrlo a través de otra persona que, ya sea por lástima o porque no le queda de otra, se lo otorgue. Entonces, si ese niño reconoce que la “pataleta” resulta ser una estrategia efectiva para este propósito, pues la aplicará cada vez que quiera conseguir su objeto deseado, que inicialmente serán juguetes o golosinas, y luego, con el tiempo, bienes más costosos u otros intangibles como permisos o libertades.

El “niño malcriado”, con el tiempo, se va volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, y ello significará un problema gradualmente más complejo para sus tutores. Los intentos de hacer que este niño entienda la situación, se modere y sea más racional y comprensivo, serán infructuosos cuando el asunto se ha dejado evolucionar más allá de un punto de no retorno. Y si se reta al “niño malcriado” con el incumplimiento de lo que desea, éste aplicará la estrategia que mejor conoce, inicialmente contra sus padres o acudientes y, más adelante en su vida, contra su pareja, amigos, compañeros de trabajo, jefes o incluso contra la sociedad en general.

En el caso de un consumidor de sustancias de abuso, el cerebro se le comporta a veces como ese “niño malcriado” que hay que satisfacer siempre, so pena de sufrir sus “berrinches” traducidos en cuadros de ansiedad y de abstinencia. Con el tiempo, al igual que pasa con el “niño malcriado”, su cerebro se irá volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, hasta llegar al punto de controlar casi por completo la voluntad de su dueño, ahora convertido en el esclavo que satisface sus propios deseos de consumo.

El cerebro es un órgano bastante complejo y mientras más evolucionado es, como en el caso del ser humano, más difícil es predecir las respuestas que desde allí se generan ante diferentes estímulos. Son tantas las variables que influyen en la manera en cómo se actúa en determinadas situaciones que ni siquiera su mismo dueño es capaz de saberlo con antelación. A veces los instintos de protección y de autoconservación son tan imponentes, que es común escuchar a las personas que estuvieron sometidas a una situación extrema, decir: “no sé por qué reaccioné así”. Sólo podemos decir, por ende, que hay unas conductas primitivas que en ocasiones dominan la voluntariedad de una persona y que la manera en que se manifiestan y se desarrollan son impredecibles para el mismo sujeto, incluso aunque haya vivido antes circunstancias similares. Sólo un entrenamiento adecuado puede frenar esos impulsos en situaciones específicas, y de esa forma, la persona podría actuar de una manera mucho más cautelosa y racional.

Volviendo a lo anterior, decíamos que el cerebro de un consumidor se comporta como un niño malcriado al que hay que darle gusto sí o sí, y la manera en que ese niño malcriado hace la “pataleta” es a través del llamado síndrome de abstinencia, que genera síntomas que pueden ir desde molestias muy sutiles, hasta situaciones más graves de salud física y mental que obligan, a quien lo sufre, a consultar a un servicio de urgencias.

En el día a día de un usuario de sustancias de abuso, la abstinencia hace parte normal de su rutina, tanto que ni siquiera la concibe como un problema de salud sino mas bien como el anuncio de necesidad de consumo. Lo que sucede es que cuando el efecto de una sustancia va disminuyendo por el curso normal de su metabolismo y eliminación del cuerpo, empiezan a aparecer los síntomas desagradables (la abstinencia “pataleta”), y, para compensar su ausencia, la persona vuelve a consumir para así mantener el efecto. La intensidad de la sensación de necesidad y la celeridad con la que esta se desarrolle dependerá de algunas variables como por ejemplo la sustancia misma, pues unas u otras tienen diferente capacidad de generar este fenómeno, y también la manera en que esta sea usada, sobre todo en términos de cantidad y de frecuencia. Mientras más se consuma una sustancia (en cantidad y frecuencia), más rápido va a aparecer la abstinencia y peor va a ser.

Así, la necesidad de consumo se va transformando con el tiempo en un asunto recurrente en la historia de un adicto. Es algo inherente a esa condición y, aunque es algo esperable, no necesariamente es evidente, pues ni el mismo consumidor se percata de que su propia vida se va adaptando a la necesidad de usar una sustancia con cierta regularidad. El fumador, por ejemplo, se despierta en la mañana y lo primero que hace es encender un cigarrillo y luego después de desayunar, de almorzar, de cenar, antes de dormir, y así según los vaivenes de su necesidad de consumo. El fumador de marihuana, por su parte, manifiesta que debe fumar para poder sentir apetito y sueño y que, si no lo hace, pues no le da hambre y no puede dormir, y por ello su consumo casi que es una necesidad. Parece que fuera lógico para este individuo el tener que fumar para poder satisfacer necesidades que de por sí son fisiológicas, como si su vida estuviera condicionada a ello desde el nacimiento, lo cual, por supuesto, no es cierto.

¿Qué pasa entonces si no hay consumo? Pues que se manifiesta la “pataleta” del cerebro (o la abstinencia), y ésta, como se dijo previamente, puede ser en principio muy sutil, con sensaciones vagas de malestar físico y emocional, pero si no se satisface a ese cerebro-niño-malcriado, su furia se va acrecentando en una efervescencia “berrinche”, “pataleta”, que no se contiene hasta que su deseo sea satisfecho: el de sentir el efecto de esa sustancia que por sus características farmacológicas y por su presencia constante, ha generado un fenómeno neuroadaptativo conocido técnicamente como dependencia.

¿Y cómo se puede controlar eso sin necesidad de consumo? una buena opción es lo que se hace en la atención de urgencias: tratar de “engañar” a ese cerebro malcriado con otra sustancia que sea similar a la que hace falta, pero ya en forma de medicamento y no de sustancia de abuso. Esta sustancia se suministra de manera controlada y programada en aras de “calmar” a ese niño malcriado, sin inducir el efecto placentero que generaría una droga. Luego, si hay una buena consciencia de la enfermedad por parte del adicto, se iniciará un proceso de manejo integral de esa problemática que apunte al cese del consumo y a la rehabilitación. Para ello, será de utilidad que el adicto entienda para qué le sirve saber eso de que su cerebro se comporta como un “niño malcriado”.

En el momento en que el adicto entiende por qué su cerebro lo controla de manera imperceptible, es cuando puede considerar que asumir conductas similares a las que se siguen con la educación de un niño “pataletoso” o “berrinchudo” puede ser una estrategia a considerar. Si bien, el ajuste de las conductas de un “niño malcriado” es un asunto bastante complejo para el cual no existe una única fórmula infalible que se pueda aplicar, sí podríamos tomar algunos elementos que podrían servirle al “papá” o a la “mamá” de ese cerebro “malcriado”. El propósito último es tan claro como llegar a no permitirle al cerebro que a punta de rabietas obtenga lo que quiere, y generar entonces conductas menos lesivas con las cuales se irá reemplazando el consumo de sustancias. Suena fácil, pero, de nuevo, hay cosas que es más fácil decirlas, que hacerlas.

El adicto puede empezar asumiendo que en realidad no necesita de esas sustancias, y de lograrlo, alcanzaría un hito fundamental de su rehabilitación ya que ello puede significar un quiebre en la manera en que asume su propio consumo. Entenderlo así, llevará a que las razones con las que usualmente se justifican los consumos dejen de ser argumentos válidos e irrefutables que transformaron el consumo en algo inevitable, para empezar a asumirlas como lo que son: simples excusas que buscan evitar las abstinencias y que se usan para justificar los esfuerzos que implica la búsqueda constante de las sustancias para obtener sus efectos y el tiempo que lleva consumirlas y recuperarse de sus efectos.

Una vez ello se logre, el consumidor puede empezar a ejercer el papel de tutor de su propio cerebro. Así como se evita darle gusto al niño pataletoso para que no siga aplicando esta estrategia, también se reeduca al cerebro para que no siga generando deseos automáticos cuando hay algún factor que estimula el consumo. Así como el cerebro alguna vez se acostumbró a que una sustancia le iba a seguir llegando periódicamente y, de acuerdo a algunos momentos o estímulos, también puede desacostumbrarse en la medida en que se le reeduque. Es por ello, por ejemplo, que a un fumador se le sugiere que en los momentos en que solía sentir el antojo por fumar, haga otra actividad, como por ejemplo escuchar música, leer una revista, salir a caminar, hablar con alguien o cualquier otra cosa que pueda reemplazar el momento de consumo. Su cerebro terminará por entender que el estímulo que esperaba ya no va a llegar, y en su lugar, llegará otra actividad que la reemplazará progresivamente.

Obviamente, para que esto funcione debe haber un interés firme en cesar el consumo de una sustancia y debe tenerse un propósito más grande a perseguir, que lo que le aportan las drogas a la vida del consumidor.  El proceso de reeducar al cerebro no es algo sencillo, pero es un paso fundamental en el abandono de alguna conducta que favorece el trastorno adictivo. La intención empieza a ser exitosa cuando hay una buena consciencia de enfermedad, lo cual es importante más no suficiente, porque dejar las adicciones, además de introspección, requiere de mucho esfuerzo y compromiso para sacar adelante el proceso de manera exitosa. Es claro que no es sencillo abandonar una conducta que se ha venido consolidando por años, y que crear hábitos que las sustituyan incluye un proceso que es doloroso y difícil.

Lo bueno del asunto, es que los esfuerzos que se hagan por algo mejor siempre van a valer la pena. Cuando esa persona mire hacia atrás, verá todo el camino que ha recorrido, que usualmente es cuesta arriba, y sabrá lo valioso de sus avances, pero también del peligro que implica perder la estabilidad y caer. Una caída desde esa altura seguramente generará un golpe bastante fuerte, del cual sería bien difícil recuperarse. Y si mejor en su lugar se sigue adelante, el terreno se va volviendo más llano y fácil de recorrer, lo que permite avanzar más, con mayor estabilidad y con toda la satisfacción que trae el progreso.

 

 

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El himno de los coadictos

Nota: recomiendo leer esta entrada escuchando esta canción de fondo.

«…y por más drogas que uses

y por más que nos abuses,

la familia y yo tenemos que atenderte.»

Rubén Blades, en Amor y control.

Dijo alguna vez el novelista francés André Maurois que «una familia feliz es una conversación que siempre parece demasiado corta», y tal vez así lo sea, pues pareciera que de las familias felices no hay nada que decir. Funcionan como todo el mundo y la sociedad espera que funcionen. Y quizá así deba ser.

Pero no todo es tan ideal. El mundo no siempre es así y la sociedad de vez en cuando nos golpea con sus realidades. Lo cierto es que las familias son a veces el germen de ciertas problemáticas y es la entereza de sus miembros la que puede ser la base sobre la cual se puede salir adelante en situaciones adversas. Pero la verdad es que eso es más fácil decirlo que hacerlo, como pasa con frecuencia.

La responsabilidad de la familia es más grande de lo que inicialmente se cree y, sin querer caer en tradicionalismos, pues no importa la manera en que esta esté conformada, es posible afirmar que la base de una buena sociedad es, precisamente, la familia. Personalmente considero que muchos de los problemas que vivimos hoy en día, incluyendo el del consumo de licor o drogas, surgen de la disfunción familiar.

A simple vista y de una manera muy romántica podemos decir y pensar que la familia tiene la responsabilidad de sustentar y acoger a sus miembros sin importar lo que estos hagan, lo que queda muy bonito para la canción de Blades. Pero, ¿qué tal si consideramos a la permisividad extrema también como un tipo de disfuncionalidad familiar? Ahí la cosa se va tornando un poco más compleja. Y pasa que el límite entre la condescendencia y un control adecuado es difícil de identificar y por ende, de establecer, por lo que revolotear entre un lado y otro de la frontera es muy fácil y usualmente pasa desapercibido.

A los ojos de los observadores externos la cosa es fácil de resolver, como pasa siempre con aquellos que, como dicen, “ven la corrida desde la barrera”, y sencillo es para estos espectadores emitir juicios de valor. Otra cosa se siente y se vive cuando se está inmerso en la rutina del día a día de un hogar que sufre las consecuencias del consumo de licor o de drogas de abuso, donde todo prospecto de vida tranquila se derrumba de manera repetitiva. Es un castillo de naipes al viento.

Se dice que las decisiones de un consumidor deben ser respetadas en aras de su autonomía. La pregunta entonces es, ¿queda por ello exonerado de las consecuencias de su consumo? Sobre todo de aquellas consecuencias que se dan en el seno de una familia, de una relación de pareja o en el entorno paterno filial. La mejor realidad a asumir es que la libertad del consumidor llega hasta donde empieza la del resto de su familia y que la autonomía que se defiende implica también asumir las consecuencias de las decisiones que este tome.

“Cuánto control y cuánto amor hay que tener en una casa”, dice la canción. Ese control se traduce en la normatividad que rige un hogar y que está determinada por sus miembros. La idea es que todos le sean leales a la misma, de manera que el que transgreda esas normas deba asumir ciertas consecuencias. Y no es que una familia deba funcionar entonces con un régimen militar, pero sí deben existir unos acuerdos que permitan una armonía y tranquilidad en aras del afrontamiento de los avatares de la vida con los recursos que una familia funcional permite.

De todas maneras no hay que negar que tomar una decisión con respecto a un miembro de la familia que transgrede las normas no es para nada fácil. Eso es cierto. Pero hacer respetar el seno del hogar sí es una buena manera de empezar a dejar en claro cuál es la línea que debe seguir cada miembro en pro de la armonía. Y es claro también que la situación de cada familia en particular tiene muchas aristas, y que las decisiones que se tomen también van a generar consecuencias. No es fácil entonces generalizar, pero por algún punto de partida se debe iniciar y la firmeza, el respeto y el interés por el bienestar del otro, son unas buenas maneras de empezar.

Cada quién debe entonces responder a la pregunta si acolitar el consumo en el seno de la familia es o no adecuado. Si poner límites va en contra del amor ciego que debe haber en un hogar o si en cambio, aquellos (los límites), son necesarios para que todo transcurra mejor. No hay que olvidar que el afecto y el respeto son recíprocos, deben ir en doble sentido, de acá para allá y de allá para acá, y, que como se dijo previamente, “mi libertad termina en donde empieza la del otro”.

Soportar el consumo de un miembro de una familia puede favorecer una conducta anormal en este sentido, la cual se conoce como coadicción.

La coadicción es esa situación en la que se es permisivo completamente con el consumidor, a tal punto de permitirle sin consecuencias los vejámenes que este ejerce contra la estabilidad de la familia. Va en línea con eso que se dice en la canción de que “aunque tú seas un ladrón y que no tienes razón, yo tengo la obligación de socorrerte”, y sigue diciendo “y por más drogas que uses y por más que nos abuses, la familia y yo tenemos que atenderte”…¿será que debe ser así?

O será que en este orden de ideas “amor y control” es entonces lo que podríamos llamar “el himno de los coadictos”. Tal vez si la escuchamos de forma acrítica y romantizamos el asunto del sufrimiento de una abnegada familia, entonces sí, es el “himno de los coadictos”. No obstante, “mi obligación de socorrerte” debe corresponderse con tu intención real de salir de una problemática, y en ese esfuerzo, ahí sí, “familia es familia y cariño y es cariño”.

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Cuestión de decisiones

“Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”

Refrán.

(foto original tomada en Salento, Quindío, Colombia)

Tengo un amigo que me contó la historia de su nombre. Llamémosle “Óscar”. Óscar me contó que su padre lo llamó Óscar porque él, su padre, también se llama Óscar, y así mismo su padre, o sea el abuelo de Óscar, y el padre de su padre, es decir, el bisabuelo de Óscar. A su vez, el padre de Óscar se había separado de la mamá de Óscar, y en otro matrimonio tuvo un hijo al cuál llamó también Óscar. Así que Óscar, mi amigo, tiene un hermano medio que también se llama como él, Óscar. Recientemente Óscar, mi amigo, tuvo un bebé, un niño. Y pues lógicamente su familia esperaba que siguiera la inercia de los nombres de los varones de esa línea. Era su ineludible destino. Ese bebé estaba condenado por los númenes a llamarse Óscar, pero Óscar, mi amigo, como un ser que puede tomar decisiones distintas, optó por un nombre diferente. Él y su esposa decidieron llamar a su hijo (digámosle) Juan Camilo. Y así, con Juan Camilo, acabó la dinastía de los Óscar y nadie pudo evitarlo. Y con ello y con su hijo Juan Camilo, Óscar y su esposa, están felices.

La base genética es importante en muchas enfermedades del ser humano. Incluso puede “destinarnos” a sufrir de alguna dolencia y por ello, si eso ya se sabe, es que las personas pueden establecer estrategias para tratar de evitar o retrasar la aparición de tales condiciones. Si yo tengo una base genética de diabetes, pues ajusto mi dieta y hago ejercicio. Si tengo herencia de cáncer, pues me hago los seguimientos periódicos necesarios y los exámenes que la evidencia científica actual sugiera. Es el destino, al parecer, de todo aquel que tenga familiares, sobre todo de primer grado, que hayan sufrido alguna enfermedad de base genética, y por ello los médicos al diligenciar la historia clínica preguntamos por los famosos “antecedentes familiares”.

Así como las vidas, los árboles también generan su reflejo (foto original tomada en el Jardín Japonés de Buenos Aires, Argentina).

Las adicciones a drogas, cigarrillo o alcohol no son ajenas a esta situación. Existen publicaciones que afirman que los factores genéticos pueden asociarse con el 40 a 60% del riesgo de desarrollar trastornos por uso de sustancias y también con la facilidad con la que una sustancia con potencial adictivo pueda generar efectos placenteros intensos en una persona, lo cual favorecerá el desarrollo de una adicción. En este orden de ideas, una persona que es hijo o hija de padre o madre con historia de consumo de sustancias de abuso, puede esperarse que tenga entonces genes que le favorezcan esta problemática, y aun más, si tiene hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, tíos o tías con esta condición. Y por ello, idealmente, esa persona debería evitar exponerse en la medida de sus posibilidades y deseos a esa sustancia a la cual puede adaptarse tan fácilmente.

No obstante, en el contexto de las adicciones, la genética no es un factor de riesgo único. Ni siquiera es el más preponderante, si es que hay alguno que lo sea. En la diversidad de historias de vida que involucran algún trastorno adictivo, se pueden encontrar aquellas familias funcionales y sin situaciones de consumos de sustancias, al menos problemáticos, en las que por alguna razón alguno de sus vástagos se convierte en el primer caso de la línea y desarrolla una adicción. El “hijo calavera” le llamarían algunos. Y también puede estar la persona que no tiene trastornos adictivos, y que de hecho les rehuye, que proviene de una familia en donde el consumo problemático de licor o drogas es una situación transversal en todos sus integrantes. ¿Qué hace entonces la diferencia?

Existen muchos otros factores que se relacionan con el riesgo de que una persona cualquiera desarrolle un consumo problemático de alguna sustancia. Algunos de ellos son factores de riesgo, es decir, que facilitan el desarrollo de la adicción o allanan el terreno para que ésta se presente. Y otros son factores protectores, que en otras palabras corresponden a aquellas circunstancias que fortalecen la capacidad del individuo para evitar esa problemática o incluso para salir de ella si es que resultó inmerso en algún momento de su vida. Estos factores, de riesgo o protectores, son de diferentes clases y provienen, ya sea del individuo, como su personalidad o su resiliencia, de su familia, o de la comunidad en la que se desenvuelven diferentes aspectos de su vida (relaciones interpersonales, estudio, trabajo, afectividad, hobbies, etc).

Los árboles, testigos silenciosos de episodios difíciles de olvidar (foto original tomada en el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín, Alemania)

Un niño o una niña pueden nacer, por los azares del destino, en una familia en donde el consumo de alguna sustancia (licor, cigarrillo o drogas), sea algo habitual y que se haya venido normalizando con el paso del tiempo. Incluso puede llegar a ser visto como algo “bueno”. Es “normal” que en épocas de fiesta, como por ejemplo diciembre, se tome licor; “es que el tío es un borracho y así es él”; “es que el primo tiene que fumar marihuana para dormir porque si no fuma no duerme en toda la noche”; “es que si la mamá no fuma, la matan el estrés o la ansiedad”. Y así, el asunto del consumo pasa a ser algo implícito en la historia de esa familia. Y ese niño o esa niña que crecen en ese hogar, van entrando en sintonía con esa forma acrítica de concebir el consumo de sustancias. Ello corresponde a un importante factor de riesgo para que desarrolle ese mismo consumo en el futuro, más si hay falta de un control parental efectivo.

A circunstancias similares se pueden ver enfrentados un niño o una niña en el barrio en el que crece y en el que consigue sus primeros amigos(as) o en el colegio en donde empieza a estudiar y forma vínculos estrechos con compañeros(as) de clase. Si en esos entornos el consumo es algo normal y que pobremente se vigila y se controla, también será visto por ese niño o esa niña, en la medida en que van creciendo, como una dinámica a la cual también se puede integrar sin mayor resistencia. Se mete entonces, a ciegas y sin pensarlo mucho, a ese carrusel que va girando constantemente, y que para todos los que lo o la rodean, es lo normal.

Ya en la adolescencia es cuando un joven o una joven son el blanco de la presión social, y aquí es cuando son más vulnerables al consumo. Es por eso que cuando se habla de factores de riesgo para el desarrollo de un trastorno por uso de sustancias, esta población es usualmente la más mencionada. Dependerá de los recursos psicológicos que el adolescente tenga para contener la presión de sus pares, la cual será más intensa si el círculo del que se rodea es de consumo de sustancias. Así mismo, si el o la adolescente se encuentra en un entorno de fácil accesibilidad y de pobre control, y a ello se suma el poco respaldo de la familia desde lo educativo, seguramente la resultante de ese juego de factores es que este joven o esta joven terminará permitiéndose el experimentar la sustancia ofrecida.

De la corteza del árbol pueden surgir nuevas historias (foto original tomada en el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice, Croacia)

Sin embargo, el hecho de que se cumplan algunas de esas variables, no es una sentencia a la adicción, aun si la genética no juega a favor. Existen también factores protectores, como lo son el control parental, las políticas de prevención al consumo de drogas en la escuela y en la comunidad, la educación, y la capacidad que tengan los y las jóvenes de responder a la presión social y al matoneo que provenga de sus pares. Esta capacidad, que es muy importante, estará fundamentada, al menos en lo que tiene que ver con el consumo de sustancias, en la información de base que ese joven traiga de respaldo, y que haya sido brindada por sus padres o por sus tutores. También se respalda de la prospección que el adolescente tenga en su vida, lo cual irá muy en línea con la diversidad de actividades curriculares y extracurriculares que realice, y el avance que tenga en las mismas. Una mente ocupada y que tenga proyectos es más difícil que se deje permear por estos impulsos. Los propósitos de vida tienden a seguir su curso y evitan todo aquello que los entorpezca, sobre todo si son exitosos.

Pero digamos que una persona X o Y expuesta factores de riesgo y a pesar de los factores protectores, termina cediendo al consumo de sustancias y ello, con el paso del tiempo y ya en la adultez, se le va volviendo un problema en su vida. A los ojos de la lógica, mientras más tiempo pase en el consumo y en la medida en que diferentes aspectos de su vida se vayan deteriorando, será más difícil que se recupere y tome la decisión de dejar el consumo, más si el consumo se inició desde la niñez o la adolescencia. La familia y la comunidad que rodean a esta persona a manera de sentencia dirá que ya su rehabilitación es imposible, porque “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”, como dice el viejo adagio.

¿Esta persona entonces de acuerdo a ese refrán está condenada al abismo de las adicciones? Quizá la sabiduría popular nos lo afirma y muchos dirán que así es. No obstante, es una mirada que niega de tajo la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su futuro. Independientemente de los avatares entre los factores de riesgo y protectores, una persona puede tomar la decisión de hacer algo por resolver aquello que considere un problema y un escollo para su vida. Parte esa posibilidad de ahí, precisamente, de considerar esto un problema, porque nadie buscará una solución a algo que no considera problemático. Una vez se cumpla ello, y si la persona así lo desea y lo decide, puede iniciar un camino de regreso a la superficie, desde el fondo, y quizá en ese retorno se de cuenta que necesita ayuda y que individualmente, no podrá hacerlo.

Es bueno creer entonces en la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su vida. Tal vez, nunca es tarde para volver a empezar. El árbol que nació torcido puede también elevar sus ramas hacia el cielo. En cualquier momento una persona puede tomar la decisión de dejarse de llamar Óscar.

…elevar las ramas hacia el cielo (foto original tomada en el Parque de los Salados, en El Retiro, Antioquia, Colombia).
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Toxicología

Un placer real. Una condena incomprendida.

No se deje engañar por lo que aparezca en la superficie.

En las profundidades es donde todo se vuelve ley

Rainer María Rilke
Altar a San Antonio en el barrio Alfama de Lisboa
Altar a San Antonio en el barrio Alfama de Lisboa, Portugal.

El café activa a una persona que está trabajando y hasta le ayuda a hacer digestión si acaba de almorzar. Algo similar le puede ofrecer a un estudiante el cigarrillo o el vaping. El licor le abre la posibilidad al tímido de bailar, de hablar y hasta de coquetear. La cocaína le ayuda a los que toman licor a superar la borrachera y les induce una activación energética que los despierta y los pone en acción. La marihuana relaja a la persona que va camino a su trabajo o, en la noche, le ayuda a conciliar un sueño agradable. La heroína induce una sensación de euforia que otro estímulo difícilmente podría igualar… y así sucesivamente. Esto es sólo una muestra de efectos que a las personas les pueden resultar útiles o agradables de las drogas o el alcohol. No sabemos si esto es bueno o malo, adecuado o inadecuado, aceptable o inaceptable, moral o inmoral. Solo saberlo podemos considerarlo, por ahora, un primer paso para alcanzar un mejor entendimiento de la realidad del consumo de sustancias. Pero, a decir verdad, el asunto es más complejo de lo que parece.

Un placer real

El alcohol y las drogas inducen en las personas un placer que se puede demostrar científicamente desde la neurobiología del cerebro. Es innegable y es mejor reconocerlo como tal, que tratar de ocultarlo debajo de justificaciones artificiosas. Si los usuarios de sustancias están considerando la posibilidad de dejar el consumo, deberían empezar por desenmascarar este hecho: admitir que encuentran un placer en la sustancia y que les gusta sentirlo. Por otro lado, las personas que no consumen pueden también partir desde ese punto de vista para entender en principio a quienes sí consumen, lo cual no significa validar su uso. Entender no significa ser permisivo. Comprender no es acolitar.

Fisiológicamente hablando, los seres humanos tenemos la capacidad de sentir placer cuando llevamos a cabo alguna actividad de nuestro gusto, como puede ser comer, practicar deporte, escuchar música, ver películas, conversar con un amigo, hacer el amor, bailar, viajar, producir arte, dormir, etc. Al sentir placer queremos repetir eso que nos gusta. Hacemos reiteradamente aquello que produce satisfacción para tener esa sensación cuantas veces que sea posible. A esa sensación agradable se le llama recompensa. Y para la naturaleza humana, las recompensas son normales. No tienen nada de malo. Pueden hacer que la vida sea más llevadera y bonita. Son aquello que balancea la obligación que se tiene de hacer otras actividades que quizá sean obligadas y no tan placenteras. En ese orden de ideas incluso las recompensas son útiles evolutivamente hablando pues permiten el progreso del ser humano en la realización de diferentes actividades. Según el individuo, una cosa le puede generar más recompensa que otra. A una persona le puede gustar más hacer deporte y bailar que a otra, y a esa otra le puede gustar más leer y ver cine, que la actividad física. Y esa diferencia está bien, es natural, ¿qué tal que a todos nos gustara lo mismo?

Vista de Lisboa desde el Miradouro do recolhimento (Lisboa, Portugal)

Pero pasa que algunas sustancias también tienen ese potencial, y mucho, de inducir efectos placenteros y recreativos. El alcohol y las drogas son compuestos que en el individuo generan recompensas extrafisiológicas que son bastante intensas, no equiparables a aquellas que llamamos naturales. En ocasiones las personas las usan para reforzar el placer sentido en otras actividades, como por ejemplo tomar y bailar, fumar y leer, drogarse y tener actividad sexual, no obstante, el consumo va desplazando paulatinamente las cosas que no tienen la capacidad de inducir una recompensa tan intensa.

Y es que el alcohol y las drogas producen placeres que al ser tan intensos superan las recompensas de las actividades que no involucran el consumo de sustancias, y por ende lo demás, como se dice coloquialmente, “pierde la gracia”. No será lo mismo pasear que consumir. No valen la pena las salidas, las amistades, los vínculos familiares o de pareja, el deporte o hasta el sexo, si hay otra fuente artificial e inmediata de un placer mucho más potente y efectivo. ¿Para qué salir con la familia si eso no me genera la satisfacción que espero? ¿Qué sentido tiene esforzarme estudiando o trabajando si los réditos no son instantáneos? ¿El sexo? antes era agradable pero ya hay algo mejor, podría decir alguien.

Una condena incomprendida.

Los que rodean al consumidor no lo entienden. Si la persona antes gustaba de hacer deporte, leer, ver películas, etc. ¿por qué ya no lo disfruta? Pareciera que sólo le interesa consumir. La triste realidad es que así es. Su cerebro ahora no genera las mismas recompensas con actividades que no tienen el potencial de inducirlas con tal intensidad. Para esa persona ya esas salidas, esos juegos, esos encuentros que otrora disfrutaba, ya no valen la pena, lo cual es muy triste porque impacta negativamente una relación filial o de pareja. De ahí parte de los conflictos familiares que surgen en aquellos hogares en los que hay un consumidor. Empieza un tira y afloje, una tensión que resulta entre el deseo de la familia de que la persona vuelva a ser la misma de antes y la preferencia de aquel que quiere es estar consumiendo, pues si deja de hacerlo, empezará a sentirse mal.

Vista del Ponte 25 de Abril desde el malecón del río Tajo, en Lisboa, Portugal.

Ese “empezar a sentirse mal” es otro aspecto que es necesario entender. El alcohol y las drogas tienen el potencial de inducir cambios cerebrales y orgánicos como adaptaciones al efecto constante de una sustancia que modifica la bioquímica de las neuronas y otras células. El cerebro trata de conservar su estabilidad y funcionalidad aun en la presencia de ese (o esos) nuevo(s) invitado(s). Después de un tiempo de consumo repetitivo, es decir, cuando ello se va volviendo un hábito, el cerebro finalmente logra tolerar la presencia de ese extraño compuesto en un fenómeno que precísamente se conoce como tolerancia, y ahí es cuando el individuo deja de percibir la sensación que busca con la cantidad que corrientemente usaba de la sustancia. Como esa dosis ya no le induce lo que espera, procede entonces a progresivamente ir incrementando el consumo, ya sea en términos de tamaño de la dosis o de su frecuencia…¡o de ambos!

Lo contradictorio del asunto es que aunque el cerebro y el cuerpo tienen que acomodarse a la presencia de este nuevo invitado molecular, ya no pueden vivir sin la presencia del mismo. Una literal relación tóxica. Por ello si el individuo por algún razón no consume, desarrollará una enfermedad que se conoce como síndrome de abstinencia, que a veces puede ser tan severo que obliga al afectado a tener que consultar al médico o incluso llegar a requerir tratamientos hospitalarios. En ese orden de ideas el adicto “debe” consumir para poder sentirse bien, lo cual es bueno que la familia sepa en aras de comprender el por qué el consumidor no puede simplemente dejar de consumir y ya, que sería lo más lógico y esperable que haga cuando asegura que va a dejar de hacerlo. El asunto no es tan fácil. No es sólo cuestión de “fuerza de voluntad”. Si el adicto no consume se va a sentir enfermo de la abstinencia, la cual, mientras mas tiempo tenga de progresar, más grande, más problemática y más insoportable se va haciendo. Y, parafraseando la popular máxima, “quien lo vive es quien lo sufre”.

Padrão dos descobrimentos (Lisboa, Portugal).

Ir más allá en un esfuerzo para entender.

En definitiva, las personas que no consumen sustancias pueden aprender de todo lo relacionado con los trastornos adictivos, y a través de ese ejercicio pueden entender a aquel que padece esa condición. Deben saber que las drogas generan un placer que supera los placeres naturalmente inducidos, y que no es tan fácil para aquel que lo experimenta, renunciar al mismo u olvidarlo definitivamente. Deben entender que el consumo habitual va induciendo cambios en la bioquímica del cerebro y de otros órganos de manera en que éstos se ven obligados a adaptarse a la presencia constante de la sustancia, y que si por alguna razón la misma deja de llegar, aparecerá el síndrome de abstinencia con todos sus síntomas desagradables y eventualmente, peligrosos. Por ello, al consumidor con tolerancia inducida se le dificulta dejar de consumir, así lo esté considerando. No es cuestión de que no tenga fuerza de voluntad.

Saber todo ello es necesario para entender y comprender las situaciones derivadas del consumo de sustancias, sin caer en juicios de valor. Y si se teme llegar a la condescendencia, ya se dijo previamente que entender no significa ser permisivo y comprender no es acolitar. Saber esto es un buen principio para reconocer al consumidor como un enfermo, y no como un “vicioso”. Es sólo un principio. Trascender al juicio moral para entender desde el conocimiento: esa es una mejor actitud. Un buen punto de partida.

Arte en azulejos en el barrio Alfaba de Lisboa, Portugal.