
“Mal de muchos, consuelo de tontos”, refrán popular.
Si a uno le preguntaran ¿a quién admiras?, no sería raro pensar al instante en alguien famoso, a quien de pronto por sus cualidades físicas, artísticas, empresariales, intelectuales o deportivas, por mencionar algunas, cualquiera desearía parecerse pues quizá se añore tener algo similar que brinde poder, belleza o reconocimiento. Nadie niega que tal vez la vida así sería mucho más fácil y entretenida, libre de esfuerzos y de sacrificios, con las necesidades ya resueltas, sin tantos problemas ni afanes.
Si luego sugiera la pregunta ¿a quién sigues?, se podría indagar primero en qué sentido se hace la pregunta, si en sentido religioso, político, deportivo o si se indaga por quién se sigue en redes sociales, como Instagram, Tik Tok o X, entre otras. Tal vez uno siga personas, organizaciones, comunidades o entidades, ya sea por algún interés particular o solo lo hace por curiosidad.
Pero surge luego una pregunta un poco más íntima y específica, y es ¿con qué te conformas? Este planteamiento es, a su vez, mucho más desafiante, porque de entrada la palabra “conformarse” dicta una especie de sentencia definitiva pues sugiere que no hay nada más allá, y que ese conformismo se puede dar por desinterés o porque en realidad no es posible alcanzar algo más. No obstante, conformarse no es equivalente a estar tranquilo y en paz con lo que se tiene. Puede ser un reflejo de la mediocridad o un enmascaramiento de la incapacidad o desmotivación por luchar por algo mejor.

Las drogas y el conformismo
En materia de adicciones, no es complicado notar como a nivel mundial el panorama va siendo peor en la medida en que pasa el tiempo. Comparando con épocas pasadas, los jóvenes de ahora tienen un mayor conocimiento acerca de las drogas, pero no en sentido académico, sino más bien en cuanto a su diversidad, efectos y formas de uso, y también tienen un mejor acceso a las mismas, en términos de disponibilidad y costo. La globalización, en este sentido, juega en contra de la inocencia de la niñez y de la juventud, y ello complica aún más el desafío que genera el impacto social por el consumo de sustancias.
Lo más triste de todo esto, es que debido a la expansión del conocimiento y de la disponibilidad de las drogas, ciertas conductas y tendencias se van normalizando y así, se transforman en costumbres implícitamente aceptadas en la comunidad. Es por ello que para la gente es normal que se consuma en ciertas épocas o circunstancias específicas: es “normal”, por ejemplo, que la gente en diciembre consuma licor. Es “normal” que en las fiestas las personas se emborrachen o se droguen. Es “normal” que las personas que sufren de estrés fumen. Es “normal” que los estudiantes o los trabajadores usen estimulantes para poder rendir. Es “normal” que los deportistas se dopen para poder ganar. Es “normal” que en ciertos barrios se fume marihuana. Es “normal” tomar cerveza para soportar el calor y para quitarse la sed. Y así muchas situaciones relacionadas con sustancias se van normalizando, se acostumbran, se van volviendo paisaje. Eso hace que sea algo que todos hacen y, por ende, es aceptable.
Y viene nuevamente el cuestionamiento, ya en este sentido y más personalizado: ¿con qué te conformas? De pronto, con que sea “mal de muchos”, pues siendo así, algo tan común y nada raro, genera tranquilidad y calma la consciencia. Todos lo hacen y, por tanto, debe ser aceptado. Se vuelve, a través de una voltereta argumentativa, en algo natural. Automáticamente deja de ser un problema y con eso estamos bien. El complique es de los demás que lo critican porque no lo aceptan como algo normal: “son unos amargados”.
Pero llega el momento de la vida en que algunas personas se cuestionan si esa tendencia a normalizar estas conductas es algo aceptable. Se preguntan si en realidad eso es lo que quieren para su vida y para la de su familia. Y, una vez llega esta inquietud, no estarán tranquilos en medio de la multitud que no le ve problema a esos asuntos que realmente sí son problemáticos. Con seguridad esas personas se darán cuenta que salirse del molde no es tan fácil como parece. Es necesario renunciar a muchas cosas que se habían vuelto costumbre, tanto individual como popular, y ello incluye rutinas, lugares, entornos y hasta personas, que pueden llegar a ser amigos, familiares o incluso, la pareja.
Es por ello que son importantes esas preguntas que se hacían al inicio: ¿a quién admiramos y a quién seguimos? Porque eso sea tal vez una pequeña muestra de lo que queremos en la vida para nuestro futuro. ¿Quién es nuestro modelo a seguir? Y si para responder hay que levantar la mirada y ver a quienes están un poco más arriba, quizá esté bien. No se puede mirar para los lados, a los que están a nuestro mismo nivel y mucho menos hacia abajo, a aquellos que, por las razones que sea y sin el ánimo de generar juicios morales, no se han esforzado por subir o no han podido hacerlo.
Una analogía para entenderlo mejor
Haciendo el símil con una escalera que represente los avances en la vida, tendríamos personas paradas en diferentes niveles, unos arriba y otros abajo. Si esa escalera simboliza el trabajo necesario para subir en aras de lograr algo diferente y mejor, serviría entonces como representación de los referentes a emular de acuerdo al deseo que se tiene. Como se dijo, no sería bueno mirar a los que están en nuestro mismo nivel, pues significaría optar por seguir en las mismas, en aquella zona de confort en la que se asume que en donde estamos, estamos bien, tranquilos “porque hay otros que están peor”. Tampoco sería bueno mirar a los que están escalas abajo, pues sería aspirar por un retroceso y así dificultar aun más el llegar escalas arriba. Es mejor entonces mirar a aquellos que están más adelante, más arriba, pues estos demuestran que sí hay algo mejor a lo que ya tenemos.

Ahora bien, se debe tener claro que los avances se van dando paso a paso y por ello es mejor mirar a los más cercanos, que están solo un escalón arriba y que plantean una meta más factible, menos compleja, que requiere de compromiso mas no de una labor titánica. Seguramente hay otros mucho más arriba y si bien es un logro ideal, no se debe levantar demasiado la mirada para observarlos, porque llegar allá es difícil y puede ser frustrante pensar en el esfuerzo que habría que hacer si es que no se tiene en cuenta que en realidad ese logro es fruto de un trabajo acumulado. Es mejor pensar entonces que paso a paso se puede ir avanzando, incluso para llegar hasta la cima.
Volviendo a las adicciones, los que estén en el mismo escalón son los que sufren las mismas situaciones que la persona que los mira, con sus dificultades y problemáticas. Aquellos que no han decidido un cambio para mejorar y que creen que como están, están bien. Viven conformes con lo que tienen. Y qué decir de los que están más abajo, aquellos que miramos sobre los hombros. Nos hacen pensar que en realidad estamos muy bien, y por ello no deben ser una referencia. Nos genera una falsa tranquilidad saber que hay otros peores, y eso nos permite regodearnos en la cómoda mediocridad. Sin embargo, esto es una trampa, un espejismo. Infortunadamente esta situación se ve mucho en los grupos de apoyo, cuando una persona nueva llega y al enterarse de las circunstancias peores de otros, asumen que antes están muy bien y que pueden seguir tranquilamente como van.
Los que están un escalón arriba son aquellos que se han apropiado de la problemática y la han visto como tal. Han decidido empezar a hacer algo y así lleven muy poco, van avanzando. Cuando menos piensan, han logrado lo suficiente como para estar muy adelante. No se preguntan por los que siguen atrás, ni siquiera por los que están más arriba. Ya no les preocupan. Siguen adelante, convencidos de que han tomado una buena decisión.
Procurar por el buen ejemplo
La habilidad para detectar referentes apropiados viene de la mano de la autocrítica. En la medida en que seamos capaces de reconocer las propias falencias, podremos ver las fortalezas en los demás, ya que la introspección permite hacer lecturas adecuadas de lo bueno que acontece alrededor nuestro. No quiere decir tampoco que el buen ejemplo esté encarnado en un único individuo. Seguramente no vamos a encontrar a un nuevo mesías. El buen ejemplo en realidad está disperso en varias personas, de manera que cada uno de los que nos rodean puede aportar información útil de acuerdo a sus vivencias. Es uno, con los ojos y los oídos adecuados, el que puede detectar qué le sirve y qué no, según sus propias circunstancias y necesidades. Hay que dejarse permear por la realidad que nos rodea, dudar de nuestras propias convicciones, tener la capacidad de desaprender conductas y decidir no quedarse en la zona de confort.
¿Con qué te vas a conformar entonces? ¿Con empeorar? ¿con quedarte a la par de tus semejantes? Si este es el pensamiento, estarás estancado definitivamente en tu cómodo escalón, considerando ciegamente que como estás, estás bien, y entrando en conflicto con toda aquella persona que te lleve la contraria o que te confronte diciéndote que en realidad las cosas no van tan bien como crees. Por el contrario, si tus referentes son aquellos que van adelante, convencidos de su camino de recuperación, así sea que no lleven mucha ventaja, es mucho mejor. Tras sus pasos tendrás un avance firme y, sobre todo, inmune a las críticas implacables que lloverán de parte de quienes no estan tranquilos viendo a los que decidieron escalar. Esas personas, en el fondo, viven incómodos con los cuestionamientos silenciosos que les generan las personas que progresan sin dudar.

© Todos los textos de http://www.venenodelbueno.net son de la autoría de José Julián Aristizábal Hernández















