De como a veces las banalidades trascienden y se pueden tomarse nuestro destino.

Cuando tenía trece o catorce años de edad, vivía con los amigos del barrio la fiebre del fútbol y, por supuesto, acompañaba con mi aliento al equipo local, el más ganador de la época.
Carlos, no recuerdo su apellido y tampoco viene al caso, era el portero de la urbanización en donde yo vivía, y como todo portero de unidad residencial (o conjunto, como dicen en otras partes de Colombia), era bien conocido por todos y con todos se relacionaba.
Pues un día, en medio de conversaciones de fútbol con mis amigos, le pregunté al portero: “Carlos, ¿y tú de cuál equipo eres hincha?” Y él, con mucha serenidad y tal vez con mucha sabiduría me contestó: “del primer equipo que me lleve el mercado a la casa”. No recuerdo mi sensación o reacción en ese preciso momento, pero lo que sí sé es que esa respuesta que me quedó fija hasta el presente. Y también sé que más tarde, ese mismo día, le conté a mi hermano mayor acerca de mi conversación con Carlos, y creo que algo me dijo acerca de lo razonable que fue. A decir verdad, tengo en mi memoria más lo que me dijo Carlos y el sentimiento que me quedó, que lo que me explicó mi hermano acerca de ello.
No sé si alguna vez volví a hablar de ese tema con Carlos, probablemente no, considerando la volatilidad de los pensamientos de un preadolescente. Luego pasó el tiempo, yo crecí y mi mente fue cambiando, y Carlos finalmente se fue de la unidad y no volví a saber nada más de él.
Ahora pienso en esa historia porque me recuerda que las banalidades de la vida a veces se apoderan de nuestro pensamiento, ocupan nuestro tiempo, gastan nuestras energías o incluso generan conflictos. Todo ello a pesar de que sabemos que son sólo eso, banalidades. Y es que ciertas conductas y costumbres nos sobrepasan, no podemos dejar de hacerlas a pesar de que en el fondo nosotros mismos sabemos que no valen la pena, pero ahí estamos, fieles a esos comportamientos que incluso pueden llegar a ser autodestructivos. La pregunta es, ¿cuál es la motivación para persistir en algo que sabemos que sería mejor no hacer? Difícil saberlo.
La realidad es que para muchos resulta difícil dejar de hacer algunas cosas a pesar de las problemáticas potenciales o reales que esto les genere, lo cual no es fácil de explicar, pero ciertamente los humanos somos seres de hábitos, de rutinas o incluso de compulsiones, lo que hasta cierto punto da un entendimiento del asunto. En el caso de las actividades que nos generan un placer, pero que acarrean riesgos o daños, siempre está la creencia de que en algún momento se pueden controlar para que no lleguen hasta ese desenlace indeseado. Se hacen todo tipo de esfuerzos para moderar o incluso para contenerse, pero el resultado siempre es el mismo. Y si en algún momento algo funciona, se cree que aplicando esa estrategia se podrá hacer eso que tanto gusta sin que haga daño. Pero luego viene el fracaso, otra vez.
Ahora, aprovechando la historia de Carlos, hago la analogía con el fútbol, que pareciera ser algo trivial, y de hecho puede llegar a serlo en una historia tan inocente como la que conté al principio. Pero no olvidemos que existen personas que ponen toda su pasión en un equipo, que gastan su tiempo, energía, atención e incluso dinero en este deporte y todo lo que le rodea, y hasta pueden llegar a pelearse con desconocidos por ello o, incluso, entrar en discusiones con amigos y familiares. Y algo similar pasa con otras actividades humanas que generan radicalismos como la política o la religión. ¿Vale la pena todo esto? Viéndolo así, probablemente no. Pero no llegamos hasta aquí para hablar de fútbol, ni tampoco de política o de religión.

Las sustancias, las apuestas y otros comportamientos, como banalidades destructivas
El consumo de sustancias, e incluso otras conductas como por ejemplo el juego o las apuestas (agrupadas en el concepto de ludopatía), son condiciones que cumplen con esa característica de ser comportamientos autodestructivos, pero que por su naturaleza a las personas les cuesta abandonar, incluso aún conociendo sus riesgos o habiendo experimentado ya sus consecuencias negativas a nivel personal, familiar, parental, de pareja o en cualquiera de las dimensiones de la vida humana.
Para el observador externo es fácil llegar a la conclusión de que al ser algo tan negativo, simplemente hay que dejar de hacerlo. Es muy lógico, y hasta cierto punto ese observador tiene razón. Pero la realidad es que es muy fácil visualizar el punto final ignorando el recorrido que hay que hacer para alcanzarlo, lo cual es lo más complejo del proceso.
Un consumidor o un ludópata no llegan a serlo sólo por inercia o por capricho. Si bien las sustancias y ciertas conductas generan recompensas, es decir, sensaciones placenteras difíciles de comparar con otras actividades recreativas, hay en la historia de cada persona factores que favorecen el desarrollo de los impulsos de consumo o de juego compulsivo, incontrolable y reiterativo. Retomar esa historia para tener un punto de partida que dé inicio al camino que lleve a corregir comportamientos actuales, no es tan sencillo como parece. A veces son problemáticas enquistadas en la profundidad de un individuo, y esas mismas han ido estructurando su personalidad a lo largo de su vida. Y mientras más tiempo pase, más complicado es recomponerla.
Tampoco se trata entonces de que ante la dificultad es mejor dejar el asunto así y simplemente entender, aceptar y por ende renunciar a los esfuerzos para ayudar a una persona, porque de pronto ya no vale la pena. Claro que no. Pero sí hay que reenfocar el asunto y visualizar todo el contexto para armar un plan que logre abarcar todas las aristas del problema, y ello sería una estrategia mucho más apropiada. Pero viene el punto que define el éxito final del proceso y es, en contraposición, lo que está al inicio: la voluntariedad de la persona de hacer algo por su problema.

Los propósitos como punto clave para no perder el control de nuestro destino
Carlos, el portero, de acuerdo con su promesa, será hincha del equipo que le empiece a llevar el mercado a la casa. Eso justificará la banalidad del fútbol en su vida. Igual, en el fondo, Carlos sabe que eso no va a pasar, pero eso no lo trasnocha. Sólo es una respuesta que indica que para él hay algo más importante para su vida y es el poder alimentar mes tras mes a su familia, que a juzgar por sus palabras, son su prioridad. Y ya que ningún equipo de fútbol le llevará el mercado a la casa, en su lugar debe trabajar para lograr ese propósito y en favor de ello sus beneficios no solo serán el mercado, sino también el poder satisfacer otras necesidades de su familia, y por qué no, algunos momentos de diversión con sus hijos.
Son entonces los propósitos los que justifican un esfuerzo que en otras circunstancias tal vez, como Bartleby, “preferiría(mos) no hacerlo”. Pero la idea es que esos propósitos sean algo más grande, más productivo y más satisfactorio que el consumo mismo. Que no signifiquen un esfuerzo indeseable, lo cual, por supuesto, es más fácil decirlo que hacerlo, pero vale la pena. Lograrlo implica un trabajo constante e intenso que se impulsa a sí mismo por los resultados que se van obteniendo. Son los pequeños avances lo que va justificando la tarea de ir fomentándolos día a día. La verdad es que no hay ningún proceso de rehabilitación que sea exitoso si no conlleva a que la persona utilice su tiempo en lograr metas que lo satisfagan y que lo metan de nuevo en una dinámica personal y socio familiar productiva.

Trabajar por los propósitos
Cuando se habla de estos propósitos y sus logros, no necesariamente es referirse a las cosas grandes o metas admirables que de pronto se nos presentan en redes sociales o en los manuales de autoayuda. Las grandes metas no son fáciles de alcanzar, y así debe ser. Pero si un día se alcanza algo grandioso, pues qué bueno. Y si no se da, tampoco debe ser una fuente de frustración existencial . Más bien esto debe ser un motivo para seguir avanzando.
Lo cierto es que, en el fondo, los propósitos y logros son algo más terrenal, más cercano a la realidad, pequeños pero constantes, que se alcanzan paso a paso, como ladrillos que sumados van conformando una pared, que luego hará parte de una casa. La idea es que esos avances conformen una vida que muestre la integralidad de los propósitos, pues los logros a los cuales nos referimos son amplios y abarcan diversos aspectos de la vida de una persona. Se pueden poner ladrillos que evidencien progresos en la salud física, espiritual, académica, laboral, económica, familiar, parental y de pareja, entre otros. Es importante entender que ese tiempo, esa energía, ese dinero y ese impulso que se dilapidaban en los consumos, se inviertan ahora en el crecimiento personal en todos esos aspectos mencionados. Y, como se dijo previamente, la satisfacción de sentir el progreso impulsa el esfuerzo requerido para llegar más adelante.
En conclusión, es bueno entender que las banalidades son precisamente eso, banalidades. Pueden llegar a ser simples divertimentos que no superan esa condición y como tales llegan solo a distraer y a ser el ocio que drena el estrés de la rutina. Nunca se convierten en lo prioritario ni en lo que comanda la vida de una persona, ni tampoco son fuente de problemas que incluso llegarían a ser peores que los del día a día. Claro que la posibilidad de que una banalidad conserve esas características, dependerá de la naturaleza de la misma y también está la estructura del individuo que permite que una banalidad se vuelva algo destructivo.
¿Y qué habrá sido entonces de Carlos? Como ya lo dije previamente, no lo sé. Seguramente siguió adelante afrontando sus propias problemáticas. Ya sabemos que la vida tiene vaivenes para todos, pero nada nos impide imaginar para él lo mejor, y dar por hecho que algún equipo de fútbol escuchó su llamado silencioso y que haya empezado a enviarle el mercado a su casa. Así, con absoluta certeza, habrán sumado un fiel seguidor más a su hinchada.

Declaración de uso de IA: sólo para las imágenes usé herramientas de IA, todo el texto es creación original .
© Todos los textos de http://www.venenodelbueno.net son de la autoría de José Julián Aristizábal Hernández



















