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Toxicología

El espejo de lo que pudo ser

Tengo un paciente que dice tener la costumbre de salir por su barrio a mirar a las personas alcohólicas para contemplarse en el espejo…en el espejo de lo que pudo ser.

Dice un viejo adagio: “Nadie aprende por cabeza ajena”, como refiriéndose a que muchas de las situaciones de la vida deben experimentarse personalmente para poder lograr un aprendizaje que, tal vez, no podría alcanzarse de otra forma. El problema es que algunas de esas situaciones pueden ser determinantes en la vida de una persona y, de darse, generarían desenlaces de tal impacto que harían que ese aprendizaje no sirva ya para nada. Por fortuna, hay otra máxima que dice: “El que no conoce la historia está condenado a repetirla”. Y pues, para el propósito de esta entrada, es mejor basarse en ésta, ya que admite el mantener la esperanza de poder forjarse un futuro mejor, al ser posible aprender de la historia propia y también de la de los demás.

Una buena manera de aprender es abriendo los ojos y los oídos al entorno. Es sorprendente la cantidad de cosas que se pueden detectar si se mantienen atentos la visión, la audición y los demás sentidos a lo que nos rodea. No obstante, no es al azar lo que se puede lograr captar del ambiente, pues cada quien maneja sus propios intereses y es, basados en estos, que a una persona le llaman la atención unas cosas sobre otras. Desde luego, no todos percibimos de igual manera lo que a nuestro alrededor acontece. Pero si uno desarrolla la habilidad de afinar los sentidos, se pueden encontrar perspectivas diferentes para las preguntas que tenemos y así se pueden descubrir nuevas maneras de enfocarlas. A ello se refirió alguna vez Louis Pasteur, aquel microbiólogo francés que rebatió la teoría de la generación espontánea, cuando dijo que “la suerte tiende a favorecer a las mentes preparadas”.

Y es que la suerte de encontrar detalles trascendentales en la cotidianidad sólo la aprovechan quienes conocen lo que están viendo o percibiendo. Para los demás, esos detalles pasan desapercibidos y son, precisamente, cotidianidad. Un individuo alcoholizado que está durmiendo en una acera para muchos es un “vicioso” más, que infortunadamente se dejó llevar por las mieles de una droga. Para otros, es un ejemplo de vida (uno negativo, seguramente), y aquellos que así lo perciben, por una razón u otra, lo miran como un punto al que no quieren llegar o al que eventualmente pudieron haber llegado. Estas personas quizá tienen claro que para sus vidas es tan importante saber lo que quieren, como lo que no quieren. Como los demás no tienen esa misma pregunta, el borracho abandonado no significa nada en particular. Tendrán sus intereses puestos en otro lado y eso está bien.

Si bien cada problemática de consumo tiene particularidades de índole orgánico, mental y sociofamiliar, sí hay una secuencia de acontecimientos que podríamos llamar “el curso natural de la enfermedad”, que es un concepto que se maneja de manera transversal cuando se habla de cualquier condición de salud humana. Y ese “curso natural”, independientemente de los vaivenes que puedan darse en una situación particular, se puede decir que es común para una misma problemática de salud. Por ejemplo, en el paciente alcohólico se puede esperar que con el tiempo de consumo vayan dándose algunas alteraciones clínicas y comportamentales que lo llevarán a desenlaces comunes, como las enfermedades, la malnutrición, los accidentes, las problemáticas familiares, el abandono del trabajo o del estudio, y las dificultades económicas, entre otros.

No es descabellado entonces considerar que es posible vislumbrar un futuro propio a través de una “cabeza ajena”. Si el curso natural de una enfermedad es algo que de cierta manera puede establecerse, ¿qué resultado diferente podemos esperar? Siguiendo con el ejemplo del alcoholismo, si una persona empieza la carrera del consumo de licor, pues no sería extraño que llegue a situaciones adversas de salud, a problemáticas sociales y familiares, a dificultades económicas o incluso al abandono. El gran problema es que cada consumidor siempre piensa que tiene el control de su consumo y que eso nunca les va a pasar. Es hasta irónico para los demás que, sabiendo a lo que llevan los consumos de sustancias, igual haya tanta gente que “inocentemente” caiga. ¿Será simple ingenuidad? O hay otras variables que empiezan a intervenir para generar ese resultado. Seguro que sí.

Entonces, ¿se puede evitar ese destino? De pronto para poder salirse de ese juego de pérdidas habrá que hacer algo diferente. Como lo dijo alguna vez Albert Einstein, “no se puede esperar un resultado distinto, si siempre se hace lo mismo”. Existen entonces caminos que se pueden recorrer. Nadie dice que para todos debe ser el mismo, pero por alguno hay que empezar. Sí se puede “aprender por cabeza ajena”, o al menos, podemos mirar a donde lo pueden llevar a uno las decisiones que tome según lo que vea en los demás, y cualquiera puede ser un mentor como reflejo vida, aun sin siquiera proponérselo. Total, es el que mira quien le atribuye esa capacidad de ser mentor a aquel que algo me enseña simplemente por su condición, su estilo de vida o su comportamiento. Es quien mira, como Pasteur, el que aprende algo del otro, y eso se da porque existe una intención de entender algo que quizá su yo interior todavía no comprende, pues aún cae en los engaños del subconsciente que lo invitan a seguir en un consumo.

En este principio se basan los grupos de apoyo, aquella estrategia que complementa los tratamientos para salir adelante de la problemática por consumo de licor o de otras sustancias. Cada integrante es un espejo para el otro, tanto para lo bueno como para lo malo. Un paciente se puede ver reflejado en el testimonio de otra persona, ya sea como una muestra de su futuro o también de su pasado. Es por eso que es tan importante ese componente en un proceso terapéutico. Hablar de las vivencias y escucharlas también es algo terapéutico y fortalece. Después de cada reunión, los pacientes con sentidos abiertos saldrán con nuevas perspectivas de vida y dándose cuenta de cosas que quizá no habían considerado. A veces son detalles pequeños. Pero estos son semillas que luego germinan y cambian la manera de pensar. Así que estar en grupos de apoyo no solo es un sanador para un persona, sino también un acto terapéutico con los demás asistentes, sin olvidar que la continuidad de un proceso es responsabilidad de quien lo lleva. Es importante de todas maneras mantener una mente abierta y tener claro hacia dónde es que se quiere llegar con el asunto del consumo.

Como un espejo del destino son entonces aquellos testimonios de vida que pueden cambiar el futuro de aquel que decida verse reflejado en el mismo. Es ese que ayuda a entender situaciones propias del pasado para poder conocer quién se es el día de hoy, y aceptando lo duro que eso pueda resultar. Cualquiera puede sufrir un impacto destructivo cuando se percata de la realidad de lo que es y de lo que ha hecho. Pero es aquel que también muestra a dónde se puede llegar si se toman decisiones diferentes, asumiendo las responsabilidades que correspondan y enfrentando las consecuencias que haya que enfrentar, lo cual también es duro de asumir, pero con seguridad llevará por un camino de mayor sensatez, racionalidad y serenidad.

Sí que se puede entonces mirar hacia atrás y hacia adelante. Sólo hay que saber hacerlo y qué hacer con lo que se vea. Se pueden captar imágenes en el retrovisor de la vida, pero no para seguir sufriendo recuerdos, sino para resignificarlos y tenerlos como lo que no se quiere repetir. Se puede ver también lo que pudo ser en función las decisiones que se fueron tomando, malas o buenas. Y también se puede ver el cristal de lo que se espera del futuro, que podrá ser más promisorio si se asumen responsabilidades, se acepta el destino y se es constante en un proceso terapéutico en pro de evitar los desenlaces comunes de un historial de consumo .

Es entonces ese espejo de los otros el que permite “aprender por cabeza ajena” en donde sí podemos ver el reflejo de lo que fue, de lo que pudo ser y de lo que esperamos que sea, para no estar condenados a repetir una historia que de hecho ya se conoce.