“No se deje engañar por lo que aparezca en la superficie.
En las profundidades es donde todo se vuelve ley”
Rainer María Rilke

El café activa a una persona que está trabajando y hasta le ayuda a hacer digestión si acaba de almorzar. Algo similar le puede ofrecer a un estudiante el cigarrillo o el vaping. El licor le abre la posibilidad al tímido de bailar, de hablar y hasta de coquetear. La cocaína le ayuda a los que toman licor a superar la borrachera y les induce una activación energética que los despierta y los pone en acción. La marihuana relaja a la persona que va camino a su trabajo o, en la noche, le ayuda a conciliar un sueño agradable. La heroína induce una sensación de euforia que otro estímulo difícilmente podría igualar… y así sucesivamente. Esto es sólo una muestra de efectos que a las personas les pueden resultar útiles o agradables de las drogas o el alcohol. No sabemos si esto es bueno o malo, adecuado o inadecuado, aceptable o inaceptable, moral o inmoral. Solo saberlo podemos considerarlo, por ahora, un primer paso para alcanzar un mejor entendimiento de la realidad del consumo de sustancias. Pero, a decir verdad, el asunto es más complejo de lo que parece.
Un placer real
El alcohol y las drogas inducen en las personas un placer que se puede demostrar científicamente desde la neurobiología del cerebro. Es innegable y es mejor reconocerlo como tal, que tratar de ocultarlo debajo de justificaciones artificiosas. Si los usuarios de sustancias están considerando la posibilidad de dejar el consumo, deberían empezar por desenmascarar este hecho: admitir que encuentran un placer en la sustancia y que les gusta sentirlo. Por otro lado, las personas que no consumen pueden también partir desde ese punto de vista para entender en principio a quienes sí consumen, lo cual no significa validar su uso. Entender no significa ser permisivo. Comprender no es acolitar.
Fisiológicamente hablando, los seres humanos tenemos la capacidad de sentir placer cuando llevamos a cabo alguna actividad de nuestro gusto, como puede ser comer, practicar deporte, escuchar música, ver películas, conversar con un amigo, hacer el amor, bailar, viajar, producir arte, dormir, etc. Al sentir placer queremos repetir eso que nos gusta. Hacemos reiteradamente aquello que produce satisfacción para tener esa sensación cuantas veces que sea posible. A esa sensación agradable se le llama recompensa. Y para la naturaleza humana, las recompensas son normales. No tienen nada de malo. Pueden hacer que la vida sea más llevadera y bonita. Son aquello que balancea la obligación que se tiene de hacer otras actividades que quizá sean obligadas y no tan placenteras. En ese orden de ideas incluso las recompensas son útiles evolutivamente hablando pues permiten el progreso del ser humano en la realización de diferentes actividades. Según el individuo, una cosa le puede generar más recompensa que otra. A una persona le puede gustar más hacer deporte y bailar que a otra, y a esa otra le puede gustar más leer y ver cine, que la actividad física. Y esa diferencia está bien, es natural, ¿qué tal que a todos nos gustara lo mismo?

Pero pasa que algunas sustancias también tienen ese potencial, y mucho, de inducir efectos placenteros y recreativos. El alcohol y las drogas son compuestos que en el individuo generan recompensas extrafisiológicas que son bastante intensas, no equiparables a aquellas que llamamos naturales. En ocasiones las personas las usan para reforzar el placer sentido en otras actividades, como por ejemplo tomar y bailar, fumar y leer, drogarse y tener actividad sexual, no obstante, el consumo va desplazando paulatinamente las cosas que no tienen la capacidad de inducir una recompensa tan intensa.
Y es que el alcohol y las drogas producen placeres que al ser tan intensos superan las recompensas de las actividades que no involucran el consumo de sustancias, y por ende lo demás, como se dice coloquialmente, “pierde la gracia”. No será lo mismo pasear que consumir. No valen la pena las salidas, las amistades, los vínculos familiares o de pareja, el deporte o hasta el sexo, si hay otra fuente artificial e inmediata de un placer mucho más potente y efectivo. ¿Para qué salir con la familia si eso no me genera la satisfacción que espero? ¿Qué sentido tiene esforzarme estudiando o trabajando si los réditos no son instantáneos? ¿El sexo? antes era agradable pero ya hay algo mejor, podría decir alguien.
Una condena incomprendida.
Los que rodean al consumidor no lo entienden. Si la persona antes gustaba de hacer deporte, leer, ver películas, etc. ¿por qué ya no lo disfruta? Pareciera que sólo le interesa consumir. La triste realidad es que así es. Su cerebro ahora no genera las mismas recompensas con actividades que no tienen el potencial de inducirlas con tal intensidad. Para esa persona ya esas salidas, esos juegos, esos encuentros que otrora disfrutaba, ya no valen la pena, lo cual es muy triste porque impacta negativamente una relación filial o de pareja. De ahí parte de los conflictos familiares que surgen en aquellos hogares en los que hay un consumidor. Empieza un tira y afloje, una tensión que resulta entre el deseo de la familia de que la persona vuelva a ser la misma de antes y la preferencia de aquel que quiere es estar consumiendo, pues si deja de hacerlo, empezará a sentirse mal.

Ese “empezar a sentirse mal” es otro aspecto que es necesario entender. El alcohol y las drogas tienen el potencial de inducir cambios cerebrales y orgánicos como adaptaciones al efecto constante de una sustancia que modifica la bioquímica de las neuronas y otras células. El cerebro trata de conservar su estabilidad y funcionalidad aun en la presencia de ese (o esos) nuevo(s) invitado(s). Después de un tiempo de consumo repetitivo, es decir, cuando ello se va volviendo un hábito, el cerebro finalmente logra tolerar la presencia de ese extraño compuesto en un fenómeno que precísamente se conoce como tolerancia, y ahí es cuando el individuo deja de percibir la sensación que busca con la cantidad que corrientemente usaba de la sustancia. Como esa dosis ya no le induce lo que espera, procede entonces a progresivamente ir incrementando el consumo, ya sea en términos de tamaño de la dosis o de su frecuencia…¡o de ambos!
Lo contradictorio del asunto es que aunque el cerebro y el cuerpo tienen que acomodarse a la presencia de este nuevo invitado molecular, ya no pueden vivir sin la presencia del mismo. Una literal relación tóxica. Por ello si el individuo por algún razón no consume, desarrollará una enfermedad que se conoce como síndrome de abstinencia, que a veces puede ser tan severo que obliga al afectado a tener que consultar al médico o incluso llegar a requerir tratamientos hospitalarios. En ese orden de ideas el adicto “debe” consumir para poder sentirse bien, lo cual es bueno que la familia sepa en aras de comprender el por qué el consumidor no puede simplemente dejar de consumir y ya, que sería lo más lógico y esperable que haga cuando asegura que va a dejar de hacerlo. El asunto no es tan fácil. No es sólo cuestión de “fuerza de voluntad”. Si el adicto no consume se va a sentir enfermo de la abstinencia, la cual, mientras mas tiempo tenga de progresar, más grande, más problemática y más insoportable se va haciendo. Y, parafraseando la popular máxima, “quien lo vive es quien lo sufre”.

Ir más allá en un esfuerzo para entender.
En definitiva, las personas que no consumen sustancias pueden aprender de todo lo relacionado con los trastornos adictivos, y a través de ese ejercicio pueden entender a aquel que padece esa condición. Deben saber que las drogas generan un placer que supera los placeres naturalmente inducidos, y que no es tan fácil para aquel que lo experimenta, renunciar al mismo u olvidarlo definitivamente. Deben entender que el consumo habitual va induciendo cambios en la bioquímica del cerebro y de otros órganos de manera en que éstos se ven obligados a adaptarse a la presencia constante de la sustancia, y que si por alguna razón la misma deja de llegar, aparecerá el síndrome de abstinencia con todos sus síntomas desagradables y eventualmente, peligrosos. Por ello, al consumidor con tolerancia inducida se le dificulta dejar de consumir, así lo esté considerando. No es cuestión de que no tenga fuerza de voluntad.
Saber todo ello es necesario para entender y comprender las situaciones derivadas del consumo de sustancias, sin caer en juicios de valor. Y si se teme llegar a la condescendencia, ya se dijo previamente que entender no significa ser permisivo y comprender no es acolitar. Saber esto es un buen principio para reconocer al consumidor como un enfermo, y no como un “vicioso”. Es sólo un principio. Trascender al juicio moral para entender desde el conocimiento: esa es una mejor actitud. Un buen punto de partida.

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4 replies on “Un placer real. Una condena incomprendida.”
Excelente escrito y fundamental para acercarse a una problemática cada vez más incidente en la sociedad y las familias como lo es la drogadicción. Comprender los distintos aspectos sociales y fisiológicos que rodean este fenómeno es la mejor manear de encontrar salidas ¡Felicitaciones!
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excelente lectura 🙏🙏🙏
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Me parece que el artículo «Un placer real, una condena incomprendida» aborda de manera muy efectiva la complejidad de la drogadicción, destacando tanto sus implicaciones sociales como fisiológicas. La forma en que se presenta el tema fomenta la empatía y una mejor comprensión de las personas afectadas, lo cual es crucial para buscar soluciones. Es un aporte valioso a una conversación tan necesaria. ¡Muy bien escrito!
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¡Excelente! muy enriquecedor.
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