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Toxicología

Un niño malcriado

El cerebro del adicto es como un niño malcriado

al que sí o sí hay que complacer

Todos conocemos esa situación característica de aquellos que llaman “niños malcriados”. El contexto usual es el del niño que hace el “berrinche” o la “pataleta” porque no le dan gusto con algo que quiere. Es, al menos en principio, una reacción natural a un deseo irreductible que se tiene sobre un objeto que genera curiosidad o que augura entretenimiento o placer. La estrategia más básica y primaria para adquirir eso que tanto se quiere, pero que por los propios medios no se puede obtener, es lograrlo a través de otra persona que, ya sea por lástima o porque no le queda de otra, se lo otorgue. Entonces, si ese niño reconoce que la “pataleta” resulta ser una estrategia efectiva para este propósito, pues la aplicará cada vez que quiera conseguir su objeto deseado, que inicialmente serán juguetes o golosinas, y luego, con el tiempo, bienes más costosos u otros intangibles como permisos o libertades.

El “niño malcriado”, con el tiempo, se va volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, y ello significará un problema gradualmente más complejo para sus tutores. Los intentos de hacer que este niño entienda la situación, se modere y sea más racional y comprensivo, serán infructuosos cuando el asunto se ha dejado evolucionar más allá de un punto de no retorno. Y si se reta al “niño malcriado” con el incumplimiento de lo que desea, éste aplicará la estrategia que mejor conoce, inicialmente contra sus padres o acudientes y, más adelante en su vida, contra su pareja, amigos, compañeros de trabajo, jefes o incluso contra la sociedad en general.

En el caso de un consumidor de sustancias de abuso, el cerebro se le comporta a veces como ese “niño malcriado” que hay que satisfacer siempre, so pena de sufrir sus “berrinches” traducidos en cuadros de ansiedad y de abstinencia. Con el tiempo, al igual que pasa con el “niño malcriado”, su cerebro se irá volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, hasta llegar al punto de controlar casi por completo la voluntad de su dueño, ahora convertido en el esclavo que satisface sus propios deseos de consumo.

El cerebro es un órgano bastante complejo y mientras más evolucionado es, como en el caso del ser humano, más difícil es predecir las respuestas que desde allí se generan ante diferentes estímulos. Son tantas las variables que influyen en la manera en cómo se actúa en determinadas situaciones que ni siquiera su mismo dueño es capaz de saberlo con antelación. A veces los instintos de protección y de autoconservación son tan imponentes, que es común escuchar a las personas que estuvieron sometidas a una situación extrema, decir: “no sé por qué reaccioné así”. Sólo podemos decir, por ende, que hay unas conductas primitivas que en ocasiones dominan la voluntariedad de una persona y que la manera en que se manifiestan y se desarrollan son impredecibles para el mismo sujeto, incluso aunque haya vivido antes circunstancias similares. Sólo un entrenamiento adecuado puede frenar esos impulsos en situaciones específicas, y de esa forma, la persona podría actuar de una manera mucho más cautelosa y racional.

Volviendo a lo anterior, decíamos que el cerebro de un consumidor se comporta como un niño malcriado al que hay que darle gusto sí o sí, y la manera en que ese niño malcriado hace la “pataleta” es a través del llamado síndrome de abstinencia, que genera síntomas que pueden ir desde molestias muy sutiles, hasta situaciones más graves de salud física y mental que obligan, a quien lo sufre, a consultar a un servicio de urgencias.

En el día a día de un usuario de sustancias de abuso, la abstinencia hace parte normal de su rutina, tanto que ni siquiera la concibe como un problema de salud sino mas bien como el anuncio de necesidad de consumo. Lo que sucede es que cuando el efecto de una sustancia va disminuyendo por el curso normal de su metabolismo y eliminación del cuerpo, empiezan a aparecer los síntomas desagradables (la abstinencia “pataleta”), y, para compensar su ausencia, la persona vuelve a consumir para así mantener el efecto. La intensidad de la sensación de necesidad y la celeridad con la que esta se desarrolle dependerá de algunas variables como por ejemplo la sustancia misma, pues unas u otras tienen diferente capacidad de generar este fenómeno, y también la manera en que esta sea usada, sobre todo en términos de cantidad y de frecuencia. Mientras más se consuma una sustancia (en cantidad y frecuencia), más rápido va a aparecer la abstinencia y peor va a ser.

Así, la necesidad de consumo se va transformando con el tiempo en un asunto recurrente en la historia de un adicto. Es algo inherente a esa condición y, aunque es algo esperable, no necesariamente es evidente, pues ni el mismo consumidor se percata de que su propia vida se va adaptando a la necesidad de usar una sustancia con cierta regularidad. El fumador, por ejemplo, se despierta en la mañana y lo primero que hace es encender un cigarrillo y luego después de desayunar, de almorzar, de cenar, antes de dormir, y así según los vaivenes de su necesidad de consumo. El fumador de marihuana, por su parte, manifiesta que debe fumar para poder sentir apetito y sueño y que, si no lo hace, pues no le da hambre y no puede dormir, y por ello su consumo casi que es una necesidad. Parece que fuera lógico para este individuo el tener que fumar para poder satisfacer necesidades que de por sí son fisiológicas, como si su vida estuviera condicionada a ello desde el nacimiento, lo cual, por supuesto, no es cierto.

¿Qué pasa entonces si no hay consumo? Pues que se manifiesta la “pataleta” del cerebro (o la abstinencia), y ésta, como se dijo previamente, puede ser en principio muy sutil, con sensaciones vagas de malestar físico y emocional, pero si no se satisface a ese cerebro-niño-malcriado, su furia se va acrecentando en una efervescencia “berrinche”, “pataleta”, que no se contiene hasta que su deseo sea satisfecho: el de sentir el efecto de esa sustancia que por sus características farmacológicas y por su presencia constante, ha generado un fenómeno neuroadaptativo conocido técnicamente como dependencia.

¿Y cómo se puede controlar eso sin necesidad de consumo? una buena opción es lo que se hace en la atención de urgencias: tratar de “engañar” a ese cerebro malcriado con otra sustancia que sea similar a la que hace falta, pero ya en forma de medicamento y no de sustancia de abuso. Esta sustancia se suministra de manera controlada y programada en aras de “calmar” a ese niño malcriado, sin inducir el efecto placentero que generaría una droga. Luego, si hay una buena consciencia de la enfermedad por parte del adicto, se iniciará un proceso de manejo integral de esa problemática que apunte al cese del consumo y a la rehabilitación. Para ello, será de utilidad que el adicto entienda para qué le sirve saber eso de que su cerebro se comporta como un “niño malcriado”.

En el momento en que el adicto entiende por qué su cerebro lo controla de manera imperceptible, es cuando puede considerar que asumir conductas similares a las que se siguen con la educación de un niño “pataletoso” o “berrinchudo” puede ser una estrategia a considerar. Si bien, el ajuste de las conductas de un “niño malcriado” es un asunto bastante complejo para el cual no existe una única fórmula infalible que se pueda aplicar, sí podríamos tomar algunos elementos que podrían servirle al “papá” o a la “mamá” de ese cerebro “malcriado”. El propósito último es tan claro como llegar a no permitirle al cerebro que a punta de rabietas obtenga lo que quiere, y generar entonces conductas menos lesivas con las cuales se irá reemplazando el consumo de sustancias. Suena fácil, pero, de nuevo, hay cosas que es más fácil decirlas, que hacerlas.

El adicto puede empezar asumiendo que en realidad no necesita de esas sustancias, y de lograrlo, alcanzaría un hito fundamental de su rehabilitación ya que ello puede significar un quiebre en la manera en que asume su propio consumo. Entenderlo así, llevará a que las razones con las que usualmente se justifican los consumos dejen de ser argumentos válidos e irrefutables que transformaron el consumo en algo inevitable, para empezar a asumirlas como lo que son: simples excusas que buscan evitar las abstinencias y que se usan para justificar los esfuerzos que implica la búsqueda constante de las sustancias para obtener sus efectos y el tiempo que lleva consumirlas y recuperarse de sus efectos.

Una vez ello se logre, el consumidor puede empezar a ejercer el papel de tutor de su propio cerebro. Así como se evita darle gusto al niño pataletoso para que no siga aplicando esta estrategia, también se reeduca al cerebro para que no siga generando deseos automáticos cuando hay algún factor que estimula el consumo. Así como el cerebro alguna vez se acostumbró a que una sustancia le iba a seguir llegando periódicamente y, de acuerdo a algunos momentos o estímulos, también puede desacostumbrarse en la medida en que se le reeduque. Es por ello, por ejemplo, que a un fumador se le sugiere que en los momentos en que solía sentir el antojo por fumar, haga otra actividad, como por ejemplo escuchar música, leer una revista, salir a caminar, hablar con alguien o cualquier otra cosa que pueda reemplazar el momento de consumo. Su cerebro terminará por entender que el estímulo que esperaba ya no va a llegar, y en su lugar, llegará otra actividad que la reemplazará progresivamente.

Obviamente, para que esto funcione debe haber un interés firme en cesar el consumo de una sustancia y debe tenerse un propósito más grande a perseguir, que lo que le aportan las drogas a la vida del consumidor.  El proceso de reeducar al cerebro no es algo sencillo, pero es un paso fundamental en el abandono de alguna conducta que favorece el trastorno adictivo. La intención empieza a ser exitosa cuando hay una buena consciencia de enfermedad, lo cual es importante más no suficiente, porque dejar las adicciones, además de introspección, requiere de mucho esfuerzo y compromiso para sacar adelante el proceso de manera exitosa. Es claro que no es sencillo abandonar una conducta que se ha venido consolidando por años, y que crear hábitos que las sustituyan incluye un proceso que es doloroso y difícil.

Lo bueno del asunto, es que los esfuerzos que se hagan por algo mejor siempre van a valer la pena. Cuando esa persona mire hacia atrás, verá todo el camino que ha recorrido, que usualmente es cuesta arriba, y sabrá lo valioso de sus avances, pero también del peligro que implica perder la estabilidad y caer. Una caída desde esa altura seguramente generará un golpe bastante fuerte, del cual sería bien difícil recuperarse. Y si mejor en su lugar se sigue adelante, el terreno se va volviendo más llano y fácil de recorrer, lo que permite avanzar más, con mayor estabilidad y con toda la satisfacción que trae el progreso.

 

 

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Toxicología

El espejo de lo que pudo ser

Tengo un paciente que dice tener la costumbre de salir por su barrio a mirar a las personas alcohólicas para contemplarse en el espejo…en el espejo de lo que pudo ser.

Dice un viejo adagio: “Nadie aprende por cabeza ajena”, como refiriéndose a que muchas de las situaciones de la vida deben experimentarse personalmente para poder lograr un aprendizaje que, tal vez, no podría alcanzarse de otra forma. El problema es que algunas de esas situaciones pueden ser determinantes en la vida de una persona y, de darse, generarían desenlaces de tal impacto que harían que ese aprendizaje no sirva ya para nada. Por fortuna, hay otra máxima que dice: “El que no conoce la historia está condenado a repetirla”. Y pues, para el propósito de esta entrada, es mejor basarse en ésta, ya que admite el mantener la esperanza de poder forjarse un futuro mejor, al ser posible aprender de la historia propia y también de la de los demás.

Una buena manera de aprender es abriendo los ojos y los oídos al entorno. Es sorprendente la cantidad de cosas que se pueden detectar si se mantienen atentos la visión, la audición y los demás sentidos a lo que nos rodea. No obstante, no es al azar lo que se puede lograr captar del ambiente, pues cada quien maneja sus propios intereses y es, basados en estos, que a una persona le llaman la atención unas cosas sobre otras. Desde luego, no todos percibimos de igual manera lo que a nuestro alrededor acontece. Pero si uno desarrolla la habilidad de afinar los sentidos, se pueden encontrar perspectivas diferentes para las preguntas que tenemos y así se pueden descubrir nuevas maneras de enfocarlas. A ello se refirió alguna vez Louis Pasteur, aquel microbiólogo francés que rebatió la teoría de la generación espontánea, cuando dijo que “la suerte tiende a favorecer a las mentes preparadas”.

Y es que la suerte de encontrar detalles trascendentales en la cotidianidad sólo la aprovechan quienes conocen lo que están viendo o percibiendo. Para los demás, esos detalles pasan desapercibidos y son, precisamente, cotidianidad. Un individuo alcoholizado que está durmiendo en una acera para muchos es un “vicioso” más, que infortunadamente se dejó llevar por las mieles de una droga. Para otros, es un ejemplo de vida (uno negativo, seguramente), y aquellos que así lo perciben, por una razón u otra, lo miran como un punto al que no quieren llegar o al que eventualmente pudieron haber llegado. Estas personas quizá tienen claro que para sus vidas es tan importante saber lo que quieren, como lo que no quieren. Como los demás no tienen esa misma pregunta, el borracho abandonado no significa nada en particular. Tendrán sus intereses puestos en otro lado y eso está bien.

Si bien cada problemática de consumo tiene particularidades de índole orgánico, mental y sociofamiliar, sí hay una secuencia de acontecimientos que podríamos llamar “el curso natural de la enfermedad”, que es un concepto que se maneja de manera transversal cuando se habla de cualquier condición de salud humana. Y ese “curso natural”, independientemente de los vaivenes que puedan darse en una situación particular, se puede decir que es común para una misma problemática de salud. Por ejemplo, en el paciente alcohólico se puede esperar que con el tiempo de consumo vayan dándose algunas alteraciones clínicas y comportamentales que lo llevarán a desenlaces comunes, como las enfermedades, la malnutrición, los accidentes, las problemáticas familiares, el abandono del trabajo o del estudio, y las dificultades económicas, entre otros.

No es descabellado entonces considerar que es posible vislumbrar un futuro propio a través de una “cabeza ajena”. Si el curso natural de una enfermedad es algo que de cierta manera puede establecerse, ¿qué resultado diferente podemos esperar? Siguiendo con el ejemplo del alcoholismo, si una persona empieza la carrera del consumo de licor, pues no sería extraño que llegue a situaciones adversas de salud, a problemáticas sociales y familiares, a dificultades económicas o incluso al abandono. El gran problema es que cada consumidor siempre piensa que tiene el control de su consumo y que eso nunca les va a pasar. Es hasta irónico para los demás que, sabiendo a lo que llevan los consumos de sustancias, igual haya tanta gente que “inocentemente” caiga. ¿Será simple ingenuidad? O hay otras variables que empiezan a intervenir para generar ese resultado. Seguro que sí.

Entonces, ¿se puede evitar ese destino? De pronto para poder salirse de ese juego de pérdidas habrá que hacer algo diferente. Como lo dijo alguna vez Albert Einstein, “no se puede esperar un resultado distinto, si siempre se hace lo mismo”. Existen entonces caminos que se pueden recorrer. Nadie dice que para todos debe ser el mismo, pero por alguno hay que empezar. Sí se puede “aprender por cabeza ajena”, o al menos, podemos mirar a donde lo pueden llevar a uno las decisiones que tome según lo que vea en los demás, y cualquiera puede ser un mentor como reflejo vida, aun sin siquiera proponérselo. Total, es el que mira quien le atribuye esa capacidad de ser mentor a aquel que algo me enseña simplemente por su condición, su estilo de vida o su comportamiento. Es quien mira, como Pasteur, el que aprende algo del otro, y eso se da porque existe una intención de entender algo que quizá su yo interior todavía no comprende, pues aún cae en los engaños del subconsciente que lo invitan a seguir en un consumo.

En este principio se basan los grupos de apoyo, aquella estrategia que complementa los tratamientos para salir adelante de la problemática por consumo de licor o de otras sustancias. Cada integrante es un espejo para el otro, tanto para lo bueno como para lo malo. Un paciente se puede ver reflejado en el testimonio de otra persona, ya sea como una muestra de su futuro o también de su pasado. Es por eso que es tan importante ese componente en un proceso terapéutico. Hablar de las vivencias y escucharlas también es algo terapéutico y fortalece. Después de cada reunión, los pacientes con sentidos abiertos saldrán con nuevas perspectivas de vida y dándose cuenta de cosas que quizá no habían considerado. A veces son detalles pequeños. Pero estos son semillas que luego germinan y cambian la manera de pensar. Así que estar en grupos de apoyo no solo es un sanador para un persona, sino también un acto terapéutico con los demás asistentes, sin olvidar que la continuidad de un proceso es responsabilidad de quien lo lleva. Es importante de todas maneras mantener una mente abierta y tener claro hacia dónde es que se quiere llegar con el asunto del consumo.

Como un espejo del destino son entonces aquellos testimonios de vida que pueden cambiar el futuro de aquel que decida verse reflejado en el mismo. Es ese que ayuda a entender situaciones propias del pasado para poder conocer quién se es el día de hoy, y aceptando lo duro que eso pueda resultar. Cualquiera puede sufrir un impacto destructivo cuando se percata de la realidad de lo que es y de lo que ha hecho. Pero es aquel que también muestra a dónde se puede llegar si se toman decisiones diferentes, asumiendo las responsabilidades que correspondan y enfrentando las consecuencias que haya que enfrentar, lo cual también es duro de asumir, pero con seguridad llevará por un camino de mayor sensatez, racionalidad y serenidad.

Sí que se puede entonces mirar hacia atrás y hacia adelante. Sólo hay que saber hacerlo y qué hacer con lo que se vea. Se pueden captar imágenes en el retrovisor de la vida, pero no para seguir sufriendo recuerdos, sino para resignificarlos y tenerlos como lo que no se quiere repetir. Se puede ver también lo que pudo ser en función las decisiones que se fueron tomando, malas o buenas. Y también se puede ver el cristal de lo que se espera del futuro, que podrá ser más promisorio si se asumen responsabilidades, se acepta el destino y se es constante en un proceso terapéutico en pro de evitar los desenlaces comunes de un historial de consumo .

Es entonces ese espejo de los otros el que permite “aprender por cabeza ajena” en donde sí podemos ver el reflejo de lo que fue, de lo que pudo ser y de lo que esperamos que sea, para no estar condenados a repetir una historia que de hecho ya se conoce.

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Toxicología

El himno de los coadictos

Nota: recomiendo leer esta entrada escuchando esta canción de fondo.

«…y por más drogas que uses

y por más que nos abuses,

la familia y yo tenemos que atenderte.»

Rubén Blades, en Amor y control.

Dijo alguna vez el novelista francés André Maurois que «una familia feliz es una conversación que siempre parece demasiado corta», y tal vez así lo sea, pues pareciera que de las familias felices no hay nada que decir. Funcionan como todo el mundo y la sociedad espera que funcionen. Y quizá así deba ser.

Pero no todo es tan ideal. El mundo no siempre es así y la sociedad de vez en cuando nos golpea con sus realidades. Lo cierto es que las familias son a veces el germen de ciertas problemáticas y es la entereza de sus miembros la que puede ser la base sobre la cual se puede salir adelante en situaciones adversas. Pero la verdad es que eso es más fácil decirlo que hacerlo, como pasa con frecuencia.

La responsabilidad de la familia es más grande de lo que inicialmente se cree y, sin querer caer en tradicionalismos, pues no importa la manera en que esta esté conformada, es posible afirmar que la base de una buena sociedad es, precisamente, la familia. Personalmente considero que muchos de los problemas que vivimos hoy en día, incluyendo el del consumo de licor o drogas, surgen de la disfunción familiar.

A simple vista y de una manera muy romántica podemos decir y pensar que la familia tiene la responsabilidad de sustentar y acoger a sus miembros sin importar lo que estos hagan, lo que queda muy bonito para la canción de Blades. Pero, ¿qué tal si consideramos a la permisividad extrema también como un tipo de disfuncionalidad familiar? Ahí la cosa se va tornando un poco más compleja. Y pasa que el límite entre la condescendencia y un control adecuado es difícil de identificar y por ende, de establecer, por lo que revolotear entre un lado y otro de la frontera es muy fácil y usualmente pasa desapercibido.

A los ojos de los observadores externos la cosa es fácil de resolver, como pasa siempre con aquellos que, como dicen, “ven la corrida desde la barrera”, y sencillo es para estos espectadores emitir juicios de valor. Otra cosa se siente y se vive cuando se está inmerso en la rutina del día a día de un hogar que sufre las consecuencias del consumo de licor o de drogas de abuso, donde todo prospecto de vida tranquila se derrumba de manera repetitiva. Es un castillo de naipes al viento.

Se dice que las decisiones de un consumidor deben ser respetadas en aras de su autonomía. La pregunta entonces es, ¿queda por ello exonerado de las consecuencias de su consumo? Sobre todo de aquellas consecuencias que se dan en el seno de una familia, de una relación de pareja o en el entorno paterno filial. La mejor realidad a asumir es que la libertad del consumidor llega hasta donde empieza la del resto de su familia y que la autonomía que se defiende implica también asumir las consecuencias de las decisiones que este tome.

“Cuánto control y cuánto amor hay que tener en una casa”, dice la canción. Ese control se traduce en la normatividad que rige un hogar y que está determinada por sus miembros. La idea es que todos le sean leales a la misma, de manera que el que transgreda esas normas deba asumir ciertas consecuencias. Y no es que una familia deba funcionar entonces con un régimen militar, pero sí deben existir unos acuerdos que permitan una armonía y tranquilidad en aras del afrontamiento de los avatares de la vida con los recursos que una familia funcional permite.

De todas maneras no hay que negar que tomar una decisión con respecto a un miembro de la familia que transgrede las normas no es para nada fácil. Eso es cierto. Pero hacer respetar el seno del hogar sí es una buena manera de empezar a dejar en claro cuál es la línea que debe seguir cada miembro en pro de la armonía. Y es claro también que la situación de cada familia en particular tiene muchas aristas, y que las decisiones que se tomen también van a generar consecuencias. No es fácil entonces generalizar, pero por algún punto de partida se debe iniciar y la firmeza, el respeto y el interés por el bienestar del otro, son unas buenas maneras de empezar.

Cada quién debe entonces responder a la pregunta si acolitar el consumo en el seno de la familia es o no adecuado. Si poner límites va en contra del amor ciego que debe haber en un hogar o si en cambio, aquellos (los límites), son necesarios para que todo transcurra mejor. No hay que olvidar que el afecto y el respeto son recíprocos, deben ir en doble sentido, de acá para allá y de allá para acá, y, que como se dijo previamente, “mi libertad termina en donde empieza la del otro”.

Soportar el consumo de un miembro de una familia puede favorecer una conducta anormal en este sentido, la cual se conoce como coadicción.

La coadicción es esa situación en la que se es permisivo completamente con el consumidor, a tal punto de permitirle sin consecuencias los vejámenes que este ejerce contra la estabilidad de la familia. Va en línea con eso que se dice en la canción de que “aunque tú seas un ladrón y que no tienes razón, yo tengo la obligación de socorrerte”, y sigue diciendo “y por más drogas que uses y por más que nos abuses, la familia y yo tenemos que atenderte”…¿será que debe ser así?

O será que en este orden de ideas “amor y control” es entonces lo que podríamos llamar “el himno de los coadictos”. Tal vez si la escuchamos de forma acrítica y romantizamos el asunto del sufrimiento de una abnegada familia, entonces sí, es el “himno de los coadictos”. No obstante, “mi obligación de socorrerte” debe corresponderse con tu intención real de salir de una problemática, y en ese esfuerzo, ahí sí, “familia es familia y cariño y es cariño”.

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Cuestión de decisiones

“Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”

Refrán.

(foto original tomada en Salento, Quindío, Colombia)

Tengo un amigo que me contó la historia de su nombre. Llamémosle “Óscar”. Óscar me contó que su padre lo llamó Óscar porque él, su padre, también se llama Óscar, y así mismo su padre, o sea el abuelo de Óscar, y el padre de su padre, es decir, el bisabuelo de Óscar. A su vez, el padre de Óscar se había separado de la mamá de Óscar, y en otro matrimonio tuvo un hijo al cuál llamó también Óscar. Así que Óscar, mi amigo, tiene un hermano medio que también se llama como él, Óscar. Recientemente Óscar, mi amigo, tuvo un bebé, un niño. Y pues lógicamente su familia esperaba que siguiera la inercia de los nombres de los varones de esa línea. Era su ineludible destino. Ese bebé estaba condenado por los númenes a llamarse Óscar, pero Óscar, mi amigo, como un ser que puede tomar decisiones distintas, optó por un nombre diferente. Él y su esposa decidieron llamar a su hijo (digámosle) Juan Camilo. Y así, con Juan Camilo, acabó la dinastía de los Óscar y nadie pudo evitarlo. Y con ello y con su hijo Juan Camilo, Óscar y su esposa, están felices.

La base genética es importante en muchas enfermedades del ser humano. Incluso puede “destinarnos” a sufrir de alguna dolencia y por ello, si eso ya se sabe, es que las personas pueden establecer estrategias para tratar de evitar o retrasar la aparición de tales condiciones. Si yo tengo una base genética de diabetes, pues ajusto mi dieta y hago ejercicio. Si tengo herencia de cáncer, pues me hago los seguimientos periódicos necesarios y los exámenes que la evidencia científica actual sugiera. Es el destino, al parecer, de todo aquel que tenga familiares, sobre todo de primer grado, que hayan sufrido alguna enfermedad de base genética, y por ello los médicos al diligenciar la historia clínica preguntamos por los famosos “antecedentes familiares”.

Así como las vidas, los árboles también generan su reflejo (foto original tomada en el Jardín Japonés de Buenos Aires, Argentina).

Las adicciones a drogas, cigarrillo o alcohol no son ajenas a esta situación. Existen publicaciones que afirman que los factores genéticos pueden asociarse con el 40 a 60% del riesgo de desarrollar trastornos por uso de sustancias y también con la facilidad con la que una sustancia con potencial adictivo pueda generar efectos placenteros intensos en una persona, lo cual favorecerá el desarrollo de una adicción. En este orden de ideas, una persona que es hijo o hija de padre o madre con historia de consumo de sustancias de abuso, puede esperarse que tenga entonces genes que le favorezcan esta problemática, y aun más, si tiene hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, tíos o tías con esta condición. Y por ello, idealmente, esa persona debería evitar exponerse en la medida de sus posibilidades y deseos a esa sustancia a la cual puede adaptarse tan fácilmente.

No obstante, en el contexto de las adicciones, la genética no es un factor de riesgo único. Ni siquiera es el más preponderante, si es que hay alguno que lo sea. En la diversidad de historias de vida que involucran algún trastorno adictivo, se pueden encontrar aquellas familias funcionales y sin situaciones de consumos de sustancias, al menos problemáticos, en las que por alguna razón alguno de sus vástagos se convierte en el primer caso de la línea y desarrolla una adicción. El “hijo calavera” le llamarían algunos. Y también puede estar la persona que no tiene trastornos adictivos, y que de hecho les rehuye, que proviene de una familia en donde el consumo problemático de licor o drogas es una situación transversal en todos sus integrantes. ¿Qué hace entonces la diferencia?

Existen muchos otros factores que se relacionan con el riesgo de que una persona cualquiera desarrolle un consumo problemático de alguna sustancia. Algunos de ellos son factores de riesgo, es decir, que facilitan el desarrollo de la adicción o allanan el terreno para que ésta se presente. Y otros son factores protectores, que en otras palabras corresponden a aquellas circunstancias que fortalecen la capacidad del individuo para evitar esa problemática o incluso para salir de ella si es que resultó inmerso en algún momento de su vida. Estos factores, de riesgo o protectores, son de diferentes clases y provienen, ya sea del individuo, como su personalidad o su resiliencia, de su familia, o de la comunidad en la que se desenvuelven diferentes aspectos de su vida (relaciones interpersonales, estudio, trabajo, afectividad, hobbies, etc).

Los árboles, testigos silenciosos de episodios difíciles de olvidar (foto original tomada en el campo de concentración de Sachsenhausen, cerca de Berlín, Alemania)

Un niño o una niña pueden nacer, por los azares del destino, en una familia en donde el consumo de alguna sustancia (licor, cigarrillo o drogas), sea algo habitual y que se haya venido normalizando con el paso del tiempo. Incluso puede llegar a ser visto como algo “bueno”. Es “normal” que en épocas de fiesta, como por ejemplo diciembre, se tome licor; “es que el tío es un borracho y así es él”; “es que el primo tiene que fumar marihuana para dormir porque si no fuma no duerme en toda la noche”; “es que si la mamá no fuma, la matan el estrés o la ansiedad”. Y así, el asunto del consumo pasa a ser algo implícito en la historia de esa familia. Y ese niño o esa niña que crecen en ese hogar, van entrando en sintonía con esa forma acrítica de concebir el consumo de sustancias. Ello corresponde a un importante factor de riesgo para que desarrolle ese mismo consumo en el futuro, más si hay falta de un control parental efectivo.

A circunstancias similares se pueden ver enfrentados un niño o una niña en el barrio en el que crece y en el que consigue sus primeros amigos(as) o en el colegio en donde empieza a estudiar y forma vínculos estrechos con compañeros(as) de clase. Si en esos entornos el consumo es algo normal y que pobremente se vigila y se controla, también será visto por ese niño o esa niña, en la medida en que van creciendo, como una dinámica a la cual también se puede integrar sin mayor resistencia. Se mete entonces, a ciegas y sin pensarlo mucho, a ese carrusel que va girando constantemente, y que para todos los que lo o la rodean, es lo normal.

Ya en la adolescencia es cuando un joven o una joven son el blanco de la presión social, y aquí es cuando son más vulnerables al consumo. Es por eso que cuando se habla de factores de riesgo para el desarrollo de un trastorno por uso de sustancias, esta población es usualmente la más mencionada. Dependerá de los recursos psicológicos que el adolescente tenga para contener la presión de sus pares, la cual será más intensa si el círculo del que se rodea es de consumo de sustancias. Así mismo, si el o la adolescente se encuentra en un entorno de fácil accesibilidad y de pobre control, y a ello se suma el poco respaldo de la familia desde lo educativo, seguramente la resultante de ese juego de factores es que este joven o esta joven terminará permitiéndose el experimentar la sustancia ofrecida.

De la corteza del árbol pueden surgir nuevas historias (foto original tomada en el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice, Croacia)

Sin embargo, el hecho de que se cumplan algunas de esas variables, no es una sentencia a la adicción, aun si la genética no juega a favor. Existen también factores protectores, como lo son el control parental, las políticas de prevención al consumo de drogas en la escuela y en la comunidad, la educación, y la capacidad que tengan los y las jóvenes de responder a la presión social y al matoneo que provenga de sus pares. Esta capacidad, que es muy importante, estará fundamentada, al menos en lo que tiene que ver con el consumo de sustancias, en la información de base que ese joven traiga de respaldo, y que haya sido brindada por sus padres o por sus tutores. También se respalda de la prospección que el adolescente tenga en su vida, lo cual irá muy en línea con la diversidad de actividades curriculares y extracurriculares que realice, y el avance que tenga en las mismas. Una mente ocupada y que tenga proyectos es más difícil que se deje permear por estos impulsos. Los propósitos de vida tienden a seguir su curso y evitan todo aquello que los entorpezca, sobre todo si son exitosos.

Pero digamos que una persona X o Y expuesta factores de riesgo y a pesar de los factores protectores, termina cediendo al consumo de sustancias y ello, con el paso del tiempo y ya en la adultez, se le va volviendo un problema en su vida. A los ojos de la lógica, mientras más tiempo pase en el consumo y en la medida en que diferentes aspectos de su vida se vayan deteriorando, será más difícil que se recupere y tome la decisión de dejar el consumo, más si el consumo se inició desde la niñez o la adolescencia. La familia y la comunidad que rodean a esta persona a manera de sentencia dirá que ya su rehabilitación es imposible, porque “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”, como dice el viejo adagio.

¿Esta persona entonces de acuerdo a ese refrán está condenada al abismo de las adicciones? Quizá la sabiduría popular nos lo afirma y muchos dirán que así es. No obstante, es una mirada que niega de tajo la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su futuro. Independientemente de los avatares entre los factores de riesgo y protectores, una persona puede tomar la decisión de hacer algo por resolver aquello que considere un problema y un escollo para su vida. Parte esa posibilidad de ahí, precisamente, de considerar esto un problema, porque nadie buscará una solución a algo que no considera problemático. Una vez se cumpla ello, y si la persona así lo desea y lo decide, puede iniciar un camino de regreso a la superficie, desde el fondo, y quizá en ese retorno se de cuenta que necesita ayuda y que individualmente, no podrá hacerlo.

Es bueno creer entonces en la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su vida. Tal vez, nunca es tarde para volver a empezar. El árbol que nació torcido puede también elevar sus ramas hacia el cielo. En cualquier momento una persona puede tomar la decisión de dejarse de llamar Óscar.

…elevar las ramas hacia el cielo (foto original tomada en el Parque de los Salados, en El Retiro, Antioquia, Colombia).
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Un placer real. Una condena incomprendida.

No se deje engañar por lo que aparezca en la superficie.

En las profundidades es donde todo se vuelve ley

Rainer María Rilke
Altar a San Antonio en el barrio Alfama de Lisboa
Altar a San Antonio en el barrio Alfama de Lisboa, Portugal.

El café activa a una persona que está trabajando y hasta le ayuda a hacer digestión si acaba de almorzar. Algo similar le puede ofrecer a un estudiante el cigarrillo o el vaping. El licor le abre la posibilidad al tímido de bailar, de hablar y hasta de coquetear. La cocaína le ayuda a los que toman licor a superar la borrachera y les induce una activación energética que los despierta y los pone en acción. La marihuana relaja a la persona que va camino a su trabajo o, en la noche, le ayuda a conciliar un sueño agradable. La heroína induce una sensación de euforia que otro estímulo difícilmente podría igualar… y así sucesivamente. Esto es sólo una muestra de efectos que a las personas les pueden resultar útiles o agradables de las drogas o el alcohol. No sabemos si esto es bueno o malo, adecuado o inadecuado, aceptable o inaceptable, moral o inmoral. Solo saberlo podemos considerarlo, por ahora, un primer paso para alcanzar un mejor entendimiento de la realidad del consumo de sustancias. Pero, a decir verdad, el asunto es más complejo de lo que parece.

Un placer real

El alcohol y las drogas inducen en las personas un placer que se puede demostrar científicamente desde la neurobiología del cerebro. Es innegable y es mejor reconocerlo como tal, que tratar de ocultarlo debajo de justificaciones artificiosas. Si los usuarios de sustancias están considerando la posibilidad de dejar el consumo, deberían empezar por desenmascarar este hecho: admitir que encuentran un placer en la sustancia y que les gusta sentirlo. Por otro lado, las personas que no consumen pueden también partir desde ese punto de vista para entender en principio a quienes sí consumen, lo cual no significa validar su uso. Entender no significa ser permisivo. Comprender no es acolitar.

Fisiológicamente hablando, los seres humanos tenemos la capacidad de sentir placer cuando llevamos a cabo alguna actividad de nuestro gusto, como puede ser comer, practicar deporte, escuchar música, ver películas, conversar con un amigo, hacer el amor, bailar, viajar, producir arte, dormir, etc. Al sentir placer queremos repetir eso que nos gusta. Hacemos reiteradamente aquello que produce satisfacción para tener esa sensación cuantas veces que sea posible. A esa sensación agradable se le llama recompensa. Y para la naturaleza humana, las recompensas son normales. No tienen nada de malo. Pueden hacer que la vida sea más llevadera y bonita. Son aquello que balancea la obligación que se tiene de hacer otras actividades que quizá sean obligadas y no tan placenteras. En ese orden de ideas incluso las recompensas son útiles evolutivamente hablando pues permiten el progreso del ser humano en la realización de diferentes actividades. Según el individuo, una cosa le puede generar más recompensa que otra. A una persona le puede gustar más hacer deporte y bailar que a otra, y a esa otra le puede gustar más leer y ver cine, que la actividad física. Y esa diferencia está bien, es natural, ¿qué tal que a todos nos gustara lo mismo?

Vista de Lisboa desde el Miradouro do recolhimento (Lisboa, Portugal)

Pero pasa que algunas sustancias también tienen ese potencial, y mucho, de inducir efectos placenteros y recreativos. El alcohol y las drogas son compuestos que en el individuo generan recompensas extrafisiológicas que son bastante intensas, no equiparables a aquellas que llamamos naturales. En ocasiones las personas las usan para reforzar el placer sentido en otras actividades, como por ejemplo tomar y bailar, fumar y leer, drogarse y tener actividad sexual, no obstante, el consumo va desplazando paulatinamente las cosas que no tienen la capacidad de inducir una recompensa tan intensa.

Y es que el alcohol y las drogas producen placeres que al ser tan intensos superan las recompensas de las actividades que no involucran el consumo de sustancias, y por ende lo demás, como se dice coloquialmente, “pierde la gracia”. No será lo mismo pasear que consumir. No valen la pena las salidas, las amistades, los vínculos familiares o de pareja, el deporte o hasta el sexo, si hay otra fuente artificial e inmediata de un placer mucho más potente y efectivo. ¿Para qué salir con la familia si eso no me genera la satisfacción que espero? ¿Qué sentido tiene esforzarme estudiando o trabajando si los réditos no son instantáneos? ¿El sexo? antes era agradable pero ya hay algo mejor, podría decir alguien.

Una condena incomprendida.

Los que rodean al consumidor no lo entienden. Si la persona antes gustaba de hacer deporte, leer, ver películas, etc. ¿por qué ya no lo disfruta? Pareciera que sólo le interesa consumir. La triste realidad es que así es. Su cerebro ahora no genera las mismas recompensas con actividades que no tienen el potencial de inducirlas con tal intensidad. Para esa persona ya esas salidas, esos juegos, esos encuentros que otrora disfrutaba, ya no valen la pena, lo cual es muy triste porque impacta negativamente una relación filial o de pareja. De ahí parte de los conflictos familiares que surgen en aquellos hogares en los que hay un consumidor. Empieza un tira y afloje, una tensión que resulta entre el deseo de la familia de que la persona vuelva a ser la misma de antes y la preferencia de aquel que quiere es estar consumiendo, pues si deja de hacerlo, empezará a sentirse mal.

Vista del Ponte 25 de Abril desde el malecón del río Tajo, en Lisboa, Portugal.

Ese “empezar a sentirse mal” es otro aspecto que es necesario entender. El alcohol y las drogas tienen el potencial de inducir cambios cerebrales y orgánicos como adaptaciones al efecto constante de una sustancia que modifica la bioquímica de las neuronas y otras células. El cerebro trata de conservar su estabilidad y funcionalidad aun en la presencia de ese (o esos) nuevo(s) invitado(s). Después de un tiempo de consumo repetitivo, es decir, cuando ello se va volviendo un hábito, el cerebro finalmente logra tolerar la presencia de ese extraño compuesto en un fenómeno que precísamente se conoce como tolerancia, y ahí es cuando el individuo deja de percibir la sensación que busca con la cantidad que corrientemente usaba de la sustancia. Como esa dosis ya no le induce lo que espera, procede entonces a progresivamente ir incrementando el consumo, ya sea en términos de tamaño de la dosis o de su frecuencia…¡o de ambos!

Lo contradictorio del asunto es que aunque el cerebro y el cuerpo tienen que acomodarse a la presencia de este nuevo invitado molecular, ya no pueden vivir sin la presencia del mismo. Una literal relación tóxica. Por ello si el individuo por algún razón no consume, desarrollará una enfermedad que se conoce como síndrome de abstinencia, que a veces puede ser tan severo que obliga al afectado a tener que consultar al médico o incluso llegar a requerir tratamientos hospitalarios. En ese orden de ideas el adicto “debe” consumir para poder sentirse bien, lo cual es bueno que la familia sepa en aras de comprender el por qué el consumidor no puede simplemente dejar de consumir y ya, que sería lo más lógico y esperable que haga cuando asegura que va a dejar de hacerlo. El asunto no es tan fácil. No es sólo cuestión de “fuerza de voluntad”. Si el adicto no consume se va a sentir enfermo de la abstinencia, la cual, mientras mas tiempo tenga de progresar, más grande, más problemática y más insoportable se va haciendo. Y, parafraseando la popular máxima, “quien lo vive es quien lo sufre”.

Padrão dos descobrimentos (Lisboa, Portugal).

Ir más allá en un esfuerzo para entender.

En definitiva, las personas que no consumen sustancias pueden aprender de todo lo relacionado con los trastornos adictivos, y a través de ese ejercicio pueden entender a aquel que padece esa condición. Deben saber que las drogas generan un placer que supera los placeres naturalmente inducidos, y que no es tan fácil para aquel que lo experimenta, renunciar al mismo u olvidarlo definitivamente. Deben entender que el consumo habitual va induciendo cambios en la bioquímica del cerebro y de otros órganos de manera en que éstos se ven obligados a adaptarse a la presencia constante de la sustancia, y que si por alguna razón la misma deja de llegar, aparecerá el síndrome de abstinencia con todos sus síntomas desagradables y eventualmente, peligrosos. Por ello, al consumidor con tolerancia inducida se le dificulta dejar de consumir, así lo esté considerando. No es cuestión de que no tenga fuerza de voluntad.

Saber todo ello es necesario para entender y comprender las situaciones derivadas del consumo de sustancias, sin caer en juicios de valor. Y si se teme llegar a la condescendencia, ya se dijo previamente que entender no significa ser permisivo y comprender no es acolitar. Saber esto es un buen principio para reconocer al consumidor como un enfermo, y no como un “vicioso”. Es sólo un principio. Trascender al juicio moral para entender desde el conocimiento: esa es una mejor actitud. Un buen punto de partida.

Arte en azulejos en el barrio Alfaba de Lisboa, Portugal.
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Toxicología

Toxicología para no toxicólogos

Este texto está dirigido para los que no son médicos. Pero también para los que lo son, porque dicen, así como con respecto a otras especialidades, que la toxicología es una «ciencia oculta». Valga entonces empezar desde lo básico, usando un lenguaje igualmente básico. Llamémoslo entonces también: Toxicología para dummies, usufructuando el nombre de esa popular serie de libros.

Una intoxicación es la condición en salud que se genera como consecuencia del contacto agudo o crónico con una o varias sustancias, que según la dosis o su peligrosidad, pueden inducir alteraciones orgánicas o psíquicas como consecuencia directa del efecto de las mismas sobre los procesos moleculares normales del organismo o sobre la integridad celular. Estas alteraciones pueden darse a corto, mediano o largo plazo, según las características toxicodinámicas de la o las sustancias y según el tipo de contacto que tenga la persona a las mismas. El contacto con animales venenosos no se considera una intoxicación y por ello el problema de salud consecuencia de picaduras, mordeduras o contacto con los mismos se denomina mejor envenenamiento

Intoxicaciones según el contexto

En la atención general existen diferentes pacientes propios de la toxicología clínica, a los cuales puede verse enfrentado el personal de la salud. Al servicio de urgencias pueden llegar pacientes con intoxicaciones voluntarias (intentos suicidas o sobredosis de drogas), involuntarias (intoxicaciones accidentales, víctimas de intoxicaciones delincuenciales y envenenamientos por plantas o animales), y finalmente, los síndromes de abstinencia, como causa primaria de ingreso a urgencias. En servicios ambulatorios, es decir, en consulta externa, pueden verse pacientes con exposiciones ocupacionales a tóxicos, con efectos crónicos y tardíos de sustancias o medicamentos, multimedicados, con uso prolongado de medicamentos y pacientes con adicción a sustancias de abuso.  En el contexto hospitalario se pueden encontrar pacientes con problemas relacionados con medicamentos (reacciones adversas, interacciones medicamentosas y errores en la administración de medicamentos), aquellos con antecedentes de consumos y que durante una estancia hospitalaria desarrollan síndromes de abstinencias. 

Intoxicaciones según el grupo de edad

Si bien los eventos toxicológicos pueden darse a cualquier edad, sí hay algunos grupos de edad que son más propensos a sufrir algunos tipos de intoxicaciones, lo cual no significa que éstas sean exclusivas de esos grupos, o viceversa. Si hablamos, por ejemplo, de intoxicaciones accidentales, pues son los niños en los que primero pensamos, pues por su actitud exploratoria y su tendencia de llevarse objetos a la boca, son un grupo especialmente susceptible a este tipo de contactos. No obstante, los ancianos también pueden serlo en situaciones como por ejemplo errores en la medicación, como serían por tomar medicamentos en la oscuridad, que es un riesgo para tomar un fármaco en lugar de otro, o por olvido de la dosis de un medicamento el cual ya el paciente tomó, entre otros eventos propios de este grupo.

Si nos referimos a las adicciones y a los intentos suicidas, pensaremos más en los adolescentes y adultos jóvenes, que probablemente serán la población más numerosa afectada por este tipo de eventos.