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Toxicología

Un niño malcriado

El cerebro del adicto es como un niño malcriado

al que sí o sí hay que complacer

Todos conocemos esa situación característica de aquellos que llaman “niños malcriados”. El contexto usual es el del niño que hace el “berrinche” o la “pataleta” porque no le dan gusto con algo que quiere. Es, al menos en principio, una reacción natural a un deseo irreductible que se tiene sobre un objeto que genera curiosidad o que augura entretenimiento o placer. La estrategia más básica y primaria para adquirir eso que tanto se quiere, pero que por los propios medios no se puede obtener, es lograrlo a través de otra persona que, ya sea por lástima o porque no le queda de otra, se lo otorgue. Entonces, si ese niño reconoce que la “pataleta” resulta ser una estrategia efectiva para este propósito, pues la aplicará cada vez que quiera conseguir su objeto deseado, que inicialmente serán juguetes o golosinas, y luego, con el tiempo, bienes más costosos u otros intangibles como permisos o libertades.

El “niño malcriado”, con el tiempo, se va volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, y ello significará un problema gradualmente más complejo para sus tutores. Los intentos de hacer que este niño entienda la situación, se modere y sea más racional y comprensivo, serán infructuosos cuando el asunto se ha dejado evolucionar más allá de un punto de no retorno. Y si se reta al “niño malcriado” con el incumplimiento de lo que desea, éste aplicará la estrategia que mejor conoce, inicialmente contra sus padres o acudientes y, más adelante en su vida, contra su pareja, amigos, compañeros de trabajo, jefes o incluso contra la sociedad en general.

En el caso de un consumidor de sustancias de abuso, el cerebro se le comporta a veces como ese “niño malcriado” que hay que satisfacer siempre, so pena de sufrir sus “berrinches” traducidos en cuadros de ansiedad y de abstinencia. Con el tiempo, al igual que pasa con el “niño malcriado”, su cerebro se irá volviendo cada vez más exigente y difícil de complacer, hasta llegar al punto de controlar casi por completo la voluntad de su dueño, ahora convertido en el esclavo que satisface sus propios deseos de consumo.

El cerebro es un órgano bastante complejo y mientras más evolucionado es, como en el caso del ser humano, más difícil es predecir las respuestas que desde allí se generan ante diferentes estímulos. Son tantas las variables que influyen en la manera en cómo se actúa en determinadas situaciones que ni siquiera su mismo dueño es capaz de saberlo con antelación. A veces los instintos de protección y de autoconservación son tan imponentes, que es común escuchar a las personas que estuvieron sometidas a una situación extrema, decir: “no sé por qué reaccioné así”. Sólo podemos decir, por ende, que hay unas conductas primitivas que en ocasiones dominan la voluntariedad de una persona y que la manera en que se manifiestan y se desarrollan son impredecibles para el mismo sujeto, incluso aunque haya vivido antes circunstancias similares. Sólo un entrenamiento adecuado puede frenar esos impulsos en situaciones específicas, y de esa forma, la persona podría actuar de una manera mucho más cautelosa y racional.

Volviendo a lo anterior, decíamos que el cerebro de un consumidor se comporta como un niño malcriado al que hay que darle gusto sí o sí, y la manera en que ese niño malcriado hace la “pataleta” es a través del llamado síndrome de abstinencia, que genera síntomas que pueden ir desde molestias muy sutiles, hasta situaciones más graves de salud física y mental que obligan, a quien lo sufre, a consultar a un servicio de urgencias.

En el día a día de un usuario de sustancias de abuso, la abstinencia hace parte normal de su rutina, tanto que ni siquiera la concibe como un problema de salud sino mas bien como el anuncio de necesidad de consumo. Lo que sucede es que cuando el efecto de una sustancia va disminuyendo por el curso normal de su metabolismo y eliminación del cuerpo, empiezan a aparecer los síntomas desagradables (la abstinencia “pataleta”), y, para compensar su ausencia, la persona vuelve a consumir para así mantener el efecto. La intensidad de la sensación de necesidad y la celeridad con la que esta se desarrolle dependerá de algunas variables como por ejemplo la sustancia misma, pues unas u otras tienen diferente capacidad de generar este fenómeno, y también la manera en que esta sea usada, sobre todo en términos de cantidad y de frecuencia. Mientras más se consuma una sustancia (en cantidad y frecuencia), más rápido va a aparecer la abstinencia y peor va a ser.

Así, la necesidad de consumo se va transformando con el tiempo en un asunto recurrente en la historia de un adicto. Es algo inherente a esa condición y, aunque es algo esperable, no necesariamente es evidente, pues ni el mismo consumidor se percata de que su propia vida se va adaptando a la necesidad de usar una sustancia con cierta regularidad. El fumador, por ejemplo, se despierta en la mañana y lo primero que hace es encender un cigarrillo y luego después de desayunar, de almorzar, de cenar, antes de dormir, y así según los vaivenes de su necesidad de consumo. El fumador de marihuana, por su parte, manifiesta que debe fumar para poder sentir apetito y sueño y que, si no lo hace, pues no le da hambre y no puede dormir, y por ello su consumo casi que es una necesidad. Parece que fuera lógico para este individuo el tener que fumar para poder satisfacer necesidades que de por sí son fisiológicas, como si su vida estuviera condicionada a ello desde el nacimiento, lo cual, por supuesto, no es cierto.

¿Qué pasa entonces si no hay consumo? Pues que se manifiesta la “pataleta” del cerebro (o la abstinencia), y ésta, como se dijo previamente, puede ser en principio muy sutil, con sensaciones vagas de malestar físico y emocional, pero si no se satisface a ese cerebro-niño-malcriado, su furia se va acrecentando en una efervescencia “berrinche”, “pataleta”, que no se contiene hasta que su deseo sea satisfecho: el de sentir el efecto de esa sustancia que por sus características farmacológicas y por su presencia constante, ha generado un fenómeno neuroadaptativo conocido técnicamente como dependencia.

¿Y cómo se puede controlar eso sin necesidad de consumo? una buena opción es lo que se hace en la atención de urgencias: tratar de “engañar” a ese cerebro malcriado con otra sustancia que sea similar a la que hace falta, pero ya en forma de medicamento y no de sustancia de abuso. Esta sustancia se suministra de manera controlada y programada en aras de “calmar” a ese niño malcriado, sin inducir el efecto placentero que generaría una droga. Luego, si hay una buena consciencia de la enfermedad por parte del adicto, se iniciará un proceso de manejo integral de esa problemática que apunte al cese del consumo y a la rehabilitación. Para ello, será de utilidad que el adicto entienda para qué le sirve saber eso de que su cerebro se comporta como un “niño malcriado”.

En el momento en que el adicto entiende por qué su cerebro lo controla de manera imperceptible, es cuando puede considerar que asumir conductas similares a las que se siguen con la educación de un niño “pataletoso” o “berrinchudo” puede ser una estrategia a considerar. Si bien, el ajuste de las conductas de un “niño malcriado” es un asunto bastante complejo para el cual no existe una única fórmula infalible que se pueda aplicar, sí podríamos tomar algunos elementos que podrían servirle al “papá” o a la “mamá” de ese cerebro “malcriado”. El propósito último es tan claro como llegar a no permitirle al cerebro que a punta de rabietas obtenga lo que quiere, y generar entonces conductas menos lesivas con las cuales se irá reemplazando el consumo de sustancias. Suena fácil, pero, de nuevo, hay cosas que es más fácil decirlas, que hacerlas.

El adicto puede empezar asumiendo que en realidad no necesita de esas sustancias, y de lograrlo, alcanzaría un hito fundamental de su rehabilitación ya que ello puede significar un quiebre en la manera en que asume su propio consumo. Entenderlo así, llevará a que las razones con las que usualmente se justifican los consumos dejen de ser argumentos válidos e irrefutables que transformaron el consumo en algo inevitable, para empezar a asumirlas como lo que son: simples excusas que buscan evitar las abstinencias y que se usan para justificar los esfuerzos que implica la búsqueda constante de las sustancias para obtener sus efectos y el tiempo que lleva consumirlas y recuperarse de sus efectos.

Una vez ello se logre, el consumidor puede empezar a ejercer el papel de tutor de su propio cerebro. Así como se evita darle gusto al niño pataletoso para que no siga aplicando esta estrategia, también se reeduca al cerebro para que no siga generando deseos automáticos cuando hay algún factor que estimula el consumo. Así como el cerebro alguna vez se acostumbró a que una sustancia le iba a seguir llegando periódicamente y, de acuerdo a algunos momentos o estímulos, también puede desacostumbrarse en la medida en que se le reeduque. Es por ello, por ejemplo, que a un fumador se le sugiere que en los momentos en que solía sentir el antojo por fumar, haga otra actividad, como por ejemplo escuchar música, leer una revista, salir a caminar, hablar con alguien o cualquier otra cosa que pueda reemplazar el momento de consumo. Su cerebro terminará por entender que el estímulo que esperaba ya no va a llegar, y en su lugar, llegará otra actividad que la reemplazará progresivamente.

Obviamente, para que esto funcione debe haber un interés firme en cesar el consumo de una sustancia y debe tenerse un propósito más grande a perseguir, que lo que le aportan las drogas a la vida del consumidor.  El proceso de reeducar al cerebro no es algo sencillo, pero es un paso fundamental en el abandono de alguna conducta que favorece el trastorno adictivo. La intención empieza a ser exitosa cuando hay una buena consciencia de enfermedad, lo cual es importante más no suficiente, porque dejar las adicciones, además de introspección, requiere de mucho esfuerzo y compromiso para sacar adelante el proceso de manera exitosa. Es claro que no es sencillo abandonar una conducta que se ha venido consolidando por años, y que crear hábitos que las sustituyan incluye un proceso que es doloroso y difícil.

Lo bueno del asunto, es que los esfuerzos que se hagan por algo mejor siempre van a valer la pena. Cuando esa persona mire hacia atrás, verá todo el camino que ha recorrido, que usualmente es cuesta arriba, y sabrá lo valioso de sus avances, pero también del peligro que implica perder la estabilidad y caer. Una caída desde esa altura seguramente generará un golpe bastante fuerte, del cual sería bien difícil recuperarse. Y si mejor en su lugar se sigue adelante, el terreno se va volviendo más llano y fácil de recorrer, lo que permite avanzar más, con mayor estabilidad y con toda la satisfacción que trae el progreso.

 

 

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El espejo de lo que pudo ser

Tengo un paciente que dice tener la costumbre de salir por su barrio a mirar a las personas alcohólicas para contemplarse en el espejo…en el espejo de lo que pudo ser.

Dice un viejo adagio: “Nadie aprende por cabeza ajena”, como refiriéndose a que muchas de las situaciones de la vida deben experimentarse personalmente para poder lograr un aprendizaje que, tal vez, no podría alcanzarse de otra forma. El problema es que algunas de esas situaciones pueden ser determinantes en la vida de una persona y, de darse, generarían desenlaces de tal impacto que harían que ese aprendizaje no sirva ya para nada. Por fortuna, hay otra máxima que dice: “El que no conoce la historia está condenado a repetirla”. Y pues, para el propósito de esta entrada, es mejor basarse en ésta, ya que admite el mantener la esperanza de poder forjarse un futuro mejor, al ser posible aprender de la historia propia y también de la de los demás.

Una buena manera de aprender es abriendo los ojos y los oídos al entorno. Es sorprendente la cantidad de cosas que se pueden detectar si se mantienen atentos la visión, la audición y los demás sentidos a lo que nos rodea. No obstante, no es al azar lo que se puede lograr captar del ambiente, pues cada quien maneja sus propios intereses y es, basados en estos, que a una persona le llaman la atención unas cosas sobre otras. Desde luego, no todos percibimos de igual manera lo que a nuestro alrededor acontece. Pero si uno desarrolla la habilidad de afinar los sentidos, se pueden encontrar perspectivas diferentes para las preguntas que tenemos y así se pueden descubrir nuevas maneras de enfocarlas. A ello se refirió alguna vez Louis Pasteur, aquel microbiólogo francés que rebatió la teoría de la generación espontánea, cuando dijo que “la suerte tiende a favorecer a las mentes preparadas”.

Y es que la suerte de encontrar detalles trascendentales en la cotidianidad sólo la aprovechan quienes conocen lo que están viendo o percibiendo. Para los demás, esos detalles pasan desapercibidos y son, precisamente, cotidianidad. Un individuo alcoholizado que está durmiendo en una acera para muchos es un “vicioso” más, que infortunadamente se dejó llevar por las mieles de una droga. Para otros, es un ejemplo de vida (uno negativo, seguramente), y aquellos que así lo perciben, por una razón u otra, lo miran como un punto al que no quieren llegar o al que eventualmente pudieron haber llegado. Estas personas quizá tienen claro que para sus vidas es tan importante saber lo que quieren, como lo que no quieren. Como los demás no tienen esa misma pregunta, el borracho abandonado no significa nada en particular. Tendrán sus intereses puestos en otro lado y eso está bien.

Si bien cada problemática de consumo tiene particularidades de índole orgánico, mental y sociofamiliar, sí hay una secuencia de acontecimientos que podríamos llamar “el curso natural de la enfermedad”, que es un concepto que se maneja de manera transversal cuando se habla de cualquier condición de salud humana. Y ese “curso natural”, independientemente de los vaivenes que puedan darse en una situación particular, se puede decir que es común para una misma problemática de salud. Por ejemplo, en el paciente alcohólico se puede esperar que con el tiempo de consumo vayan dándose algunas alteraciones clínicas y comportamentales que lo llevarán a desenlaces comunes, como las enfermedades, la malnutrición, los accidentes, las problemáticas familiares, el abandono del trabajo o del estudio, y las dificultades económicas, entre otros.

No es descabellado entonces considerar que es posible vislumbrar un futuro propio a través de una “cabeza ajena”. Si el curso natural de una enfermedad es algo que de cierta manera puede establecerse, ¿qué resultado diferente podemos esperar? Siguiendo con el ejemplo del alcoholismo, si una persona empieza la carrera del consumo de licor, pues no sería extraño que llegue a situaciones adversas de salud, a problemáticas sociales y familiares, a dificultades económicas o incluso al abandono. El gran problema es que cada consumidor siempre piensa que tiene el control de su consumo y que eso nunca les va a pasar. Es hasta irónico para los demás que, sabiendo a lo que llevan los consumos de sustancias, igual haya tanta gente que “inocentemente” caiga. ¿Será simple ingenuidad? O hay otras variables que empiezan a intervenir para generar ese resultado. Seguro que sí.

Entonces, ¿se puede evitar ese destino? De pronto para poder salirse de ese juego de pérdidas habrá que hacer algo diferente. Como lo dijo alguna vez Albert Einstein, “no se puede esperar un resultado distinto, si siempre se hace lo mismo”. Existen entonces caminos que se pueden recorrer. Nadie dice que para todos debe ser el mismo, pero por alguno hay que empezar. Sí se puede “aprender por cabeza ajena”, o al menos, podemos mirar a donde lo pueden llevar a uno las decisiones que tome según lo que vea en los demás, y cualquiera puede ser un mentor como reflejo vida, aun sin siquiera proponérselo. Total, es el que mira quien le atribuye esa capacidad de ser mentor a aquel que algo me enseña simplemente por su condición, su estilo de vida o su comportamiento. Es quien mira, como Pasteur, el que aprende algo del otro, y eso se da porque existe una intención de entender algo que quizá su yo interior todavía no comprende, pues aún cae en los engaños del subconsciente que lo invitan a seguir en un consumo.

En este principio se basan los grupos de apoyo, aquella estrategia que complementa los tratamientos para salir adelante de la problemática por consumo de licor o de otras sustancias. Cada integrante es un espejo para el otro, tanto para lo bueno como para lo malo. Un paciente se puede ver reflejado en el testimonio de otra persona, ya sea como una muestra de su futuro o también de su pasado. Es por eso que es tan importante ese componente en un proceso terapéutico. Hablar de las vivencias y escucharlas también es algo terapéutico y fortalece. Después de cada reunión, los pacientes con sentidos abiertos saldrán con nuevas perspectivas de vida y dándose cuenta de cosas que quizá no habían considerado. A veces son detalles pequeños. Pero estos son semillas que luego germinan y cambian la manera de pensar. Así que estar en grupos de apoyo no solo es un sanador para un persona, sino también un acto terapéutico con los demás asistentes, sin olvidar que la continuidad de un proceso es responsabilidad de quien lo lleva. Es importante de todas maneras mantener una mente abierta y tener claro hacia dónde es que se quiere llegar con el asunto del consumo.

Como un espejo del destino son entonces aquellos testimonios de vida que pueden cambiar el futuro de aquel que decida verse reflejado en el mismo. Es ese que ayuda a entender situaciones propias del pasado para poder conocer quién se es el día de hoy, y aceptando lo duro que eso pueda resultar. Cualquiera puede sufrir un impacto destructivo cuando se percata de la realidad de lo que es y de lo que ha hecho. Pero es aquel que también muestra a dónde se puede llegar si se toman decisiones diferentes, asumiendo las responsabilidades que correspondan y enfrentando las consecuencias que haya que enfrentar, lo cual también es duro de asumir, pero con seguridad llevará por un camino de mayor sensatez, racionalidad y serenidad.

Sí que se puede entonces mirar hacia atrás y hacia adelante. Sólo hay que saber hacerlo y qué hacer con lo que se vea. Se pueden captar imágenes en el retrovisor de la vida, pero no para seguir sufriendo recuerdos, sino para resignificarlos y tenerlos como lo que no se quiere repetir. Se puede ver también lo que pudo ser en función las decisiones que se fueron tomando, malas o buenas. Y también se puede ver el cristal de lo que se espera del futuro, que podrá ser más promisorio si se asumen responsabilidades, se acepta el destino y se es constante en un proceso terapéutico en pro de evitar los desenlaces comunes de un historial de consumo .

Es entonces ese espejo de los otros el que permite “aprender por cabeza ajena” en donde sí podemos ver el reflejo de lo que fue, de lo que pudo ser y de lo que esperamos que sea, para no estar condenados a repetir una historia que de hecho ya se conoce.