“Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”
Refrán.

Tengo un amigo que me contó la historia de su nombre. Llamémosle “Óscar”. Óscar me contó que su padre lo llamó Óscar porque él, su padre, también se llama Óscar, y así mismo su padre, o sea el abuelo de Óscar, y el padre de su padre, es decir, el bisabuelo de Óscar. A su vez, el padre de Óscar se había separado de la mamá de Óscar, y en otro matrimonio tuvo un hijo al cuál llamó también Óscar. Así que Óscar, mi amigo, tiene un hermano medio que también se llama como él, Óscar. Recientemente Óscar, mi amigo, tuvo un bebé, un niño. Y pues lógicamente su familia esperaba que siguiera la inercia de los nombres de los varones de esa línea. Era su ineludible destino. Ese bebé estaba condenado por los númenes a llamarse Óscar, pero Óscar, mi amigo, como un ser que puede tomar decisiones distintas, optó por un nombre diferente. Él y su esposa decidieron llamar a su hijo (digámosle) Juan Camilo. Y así, con Juan Camilo, acabó la dinastía de los Óscar y nadie pudo evitarlo. Y con ello y con su hijo Juan Camilo, Óscar y su esposa, están felices.
La base genética es importante en muchas enfermedades del ser humano. Incluso puede “destinarnos” a sufrir de alguna dolencia y por ello, si eso ya se sabe, es que las personas pueden establecer estrategias para tratar de evitar o retrasar la aparición de tales condiciones. Si yo tengo una base genética de diabetes, pues ajusto mi dieta y hago ejercicio. Si tengo herencia de cáncer, pues me hago los seguimientos periódicos necesarios y los exámenes que la evidencia científica actual sugiera. Es el destino, al parecer, de todo aquel que tenga familiares, sobre todo de primer grado, que hayan sufrido alguna enfermedad de base genética, y por ello los médicos al diligenciar la historia clínica preguntamos por los famosos “antecedentes familiares”.

Las adicciones a drogas, cigarrillo o alcohol no son ajenas a esta situación. Existen publicaciones que afirman que los factores genéticos pueden asociarse con el 40 a 60% del riesgo de desarrollar trastornos por uso de sustancias y también con la facilidad con la que una sustancia con potencial adictivo pueda generar efectos placenteros intensos en una persona, lo cual favorecerá el desarrollo de una adicción. En este orden de ideas, una persona que es hijo o hija de padre o madre con historia de consumo de sustancias de abuso, puede esperarse que tenga entonces genes que le favorezcan esta problemática, y aun más, si tiene hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, tíos o tías con esta condición. Y por ello, idealmente, esa persona debería evitar exponerse en la medida de sus posibilidades y deseos a esa sustancia a la cual puede adaptarse tan fácilmente.
No obstante, en el contexto de las adicciones, la genética no es un factor de riesgo único. Ni siquiera es el más preponderante, si es que hay alguno que lo sea. En la diversidad de historias de vida que involucran algún trastorno adictivo, se pueden encontrar aquellas familias funcionales y sin situaciones de consumos de sustancias, al menos problemáticos, en las que por alguna razón alguno de sus vástagos se convierte en el primer caso de la línea y desarrolla una adicción. El “hijo calavera” le llamarían algunos. Y también puede estar la persona que no tiene trastornos adictivos, y que de hecho les rehuye, que proviene de una familia en donde el consumo problemático de licor o drogas es una situación transversal en todos sus integrantes. ¿Qué hace entonces la diferencia?
Existen muchos otros factores que se relacionan con el riesgo de que una persona cualquiera desarrolle un consumo problemático de alguna sustancia. Algunos de ellos son factores de riesgo, es decir, que facilitan el desarrollo de la adicción o allanan el terreno para que ésta se presente. Y otros son factores protectores, que en otras palabras corresponden a aquellas circunstancias que fortalecen la capacidad del individuo para evitar esa problemática o incluso para salir de ella si es que resultó inmerso en algún momento de su vida. Estos factores, de riesgo o protectores, son de diferentes clases y provienen, ya sea del individuo, como su personalidad o su resiliencia, de su familia, o de la comunidad en la que se desenvuelven diferentes aspectos de su vida (relaciones interpersonales, estudio, trabajo, afectividad, hobbies, etc).

Un niño o una niña pueden nacer, por los azares del destino, en una familia en donde el consumo de alguna sustancia (licor, cigarrillo o drogas), sea algo habitual y que se haya venido normalizando con el paso del tiempo. Incluso puede llegar a ser visto como algo “bueno”. Es “normal” que en épocas de fiesta, como por ejemplo diciembre, se tome licor; “es que el tío es un borracho y así es él”; “es que el primo tiene que fumar marihuana para dormir porque si no fuma no duerme en toda la noche”; “es que si la mamá no fuma, la matan el estrés o la ansiedad”. Y así, el asunto del consumo pasa a ser algo implícito en la historia de esa familia. Y ese niño o esa niña que crecen en ese hogar, van entrando en sintonía con esa forma acrítica de concebir el consumo de sustancias. Ello corresponde a un importante factor de riesgo para que desarrolle ese mismo consumo en el futuro, más si hay falta de un control parental efectivo.
A circunstancias similares se pueden ver enfrentados un niño o una niña en el barrio en el que crece y en el que consigue sus primeros amigos(as) o en el colegio en donde empieza a estudiar y forma vínculos estrechos con compañeros(as) de clase. Si en esos entornos el consumo es algo normal y que pobremente se vigila y se controla, también será visto por ese niño o esa niña, en la medida en que van creciendo, como una dinámica a la cual también se puede integrar sin mayor resistencia. Se mete entonces, a ciegas y sin pensarlo mucho, a ese carrusel que va girando constantemente, y que para todos los que lo o la rodean, es lo normal.
Ya en la adolescencia es cuando un joven o una joven son el blanco de la presión social, y aquí es cuando son más vulnerables al consumo. Es por eso que cuando se habla de factores de riesgo para el desarrollo de un trastorno por uso de sustancias, esta población es usualmente la más mencionada. Dependerá de los recursos psicológicos que el adolescente tenga para contener la presión de sus pares, la cual será más intensa si el círculo del que se rodea es de consumo de sustancias. Así mismo, si el o la adolescente se encuentra en un entorno de fácil accesibilidad y de pobre control, y a ello se suma el poco respaldo de la familia desde lo educativo, seguramente la resultante de ese juego de factores es que este joven o esta joven terminará permitiéndose el experimentar la sustancia ofrecida.

Sin embargo, el hecho de que se cumplan algunas de esas variables, no es una sentencia a la adicción, aun si la genética no juega a favor. Existen también factores protectores, como lo son el control parental, las políticas de prevención al consumo de drogas en la escuela y en la comunidad, la educación, y la capacidad que tengan los y las jóvenes de responder a la presión social y al matoneo que provenga de sus pares. Esta capacidad, que es muy importante, estará fundamentada, al menos en lo que tiene que ver con el consumo de sustancias, en la información de base que ese joven traiga de respaldo, y que haya sido brindada por sus padres o por sus tutores. También se respalda de la prospección que el adolescente tenga en su vida, lo cual irá muy en línea con la diversidad de actividades curriculares y extracurriculares que realice, y el avance que tenga en las mismas. Una mente ocupada y que tenga proyectos es más difícil que se deje permear por estos impulsos. Los propósitos de vida tienden a seguir su curso y evitan todo aquello que los entorpezca, sobre todo si son exitosos.
Pero digamos que una persona X o Y expuesta factores de riesgo y a pesar de los factores protectores, termina cediendo al consumo de sustancias y ello, con el paso del tiempo y ya en la adultez, se le va volviendo un problema en su vida. A los ojos de la lógica, mientras más tiempo pase en el consumo y en la medida en que diferentes aspectos de su vida se vayan deteriorando, será más difícil que se recupere y tome la decisión de dejar el consumo, más si el consumo se inició desde la niñez o la adolescencia. La familia y la comunidad que rodean a esta persona a manera de sentencia dirá que ya su rehabilitación es imposible, porque “árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza”, como dice el viejo adagio.
¿Esta persona entonces de acuerdo a ese refrán está condenada al abismo de las adicciones? Quizá la sabiduría popular nos lo afirma y muchos dirán que así es. No obstante, es una mirada que niega de tajo la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su futuro. Independientemente de los avatares entre los factores de riesgo y protectores, una persona puede tomar la decisión de hacer algo por resolver aquello que considere un problema y un escollo para su vida. Parte esa posibilidad de ahí, precisamente, de considerar esto un problema, porque nadie buscará una solución a algo que no considera problemático. Una vez se cumpla ello, y si la persona así lo desea y lo decide, puede iniciar un camino de regreso a la superficie, desde el fondo, y quizá en ese retorno se de cuenta que necesita ayuda y que individualmente, no podrá hacerlo.
Es bueno creer entonces en la capacidad del ser humano de tomar decisiones diferentes para su vida. Tal vez, nunca es tarde para volver a empezar. El árbol que nació torcido puede también elevar sus ramas hacia el cielo. En cualquier momento una persona puede tomar la decisión de dejarse de llamar Óscar.

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5 replies on “Cuestión de decisiones”
si, solamente la decisión asertiva la tiene cada persona individualmente y solamente uno puede pero solo no puede necesita de la ayuda externa y de profesionales que han profundizado el tema de las adicciones y sí reconozco que hay que tener mucha madurez, decisión,sabiduría y constancia permanente para controlar y superar esa enfermedad adquirida y tan crónica que es el alcoholismo, la drogadicción y demas manías que tanto nos perjudican a los seres humanos y demas sonrientes…gracias…muy interesante el artículo doctor Julián.
Fernando
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Tema del que hay que hablar y seguir hablando , analizar, generar ideas y reflexiones como lo hace el dr.
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Me parece que se ofrece una perspectiva valiosa sobre cómo nuestras elecciones pueden romper ciclos familiares, especialmente en relación con la adicción. La historia de «Óscar» ilustra la importancia de la individualidad y cómo las decisiones pueden marcar un cambio significativo en la vida de una persona, a pesar de los patrones heredados. Es un recordatorio poderoso de que siempre tenemos la capacidad de decidir nuestro camino.
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TODOS ESTOS VIDEOS Y EXPERIENCIAS SON BUENOS ESPERO ME AYUDEN
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Así será. Puedes avanzar tanto como quieras. Puedes llegar tan lejos como lo desees. ¡Saludos!
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